Revista Pijao
Colorear a Luisa Carnés
Colorear a Luisa Carnés

Por Ana Campoy

Jotdown (Es)

Para él, Luisa Carnés va más allá del personaje, del símbolo en el que se ha convertido en los últimos tiempos. De ese icono que gracias a su novela Tea rooms —publicada por primera vez en 1934 y rescatada ahora por la editorial Hoja de Lata— ha supuesto una revolución en el mundo de la cultura, del feminismo y de la reivindicación de las voces de antes de la guerra, sobre todo, de las de ellas.

Podríamos utilizar muchas etiquetas para hablar de Luisa Carnés. Serían muchos modos posibles de describirla que no harían otra cosa sino limitarla. Luisa era escritora, pero también era obrera, como fue periodista, sombrerera, feminista, exiliada, camarera… un abanico de dedicaciones de las que recogió la realidad que necesitaba para volcarla después en sus artículos, sus cuentos y sus novelas.

Su libro más famoso, Tea rooms, enfoca el ambiente de uno de esos cafés elegantes del Madrid de principios de los treinta, en los albores de la Segunda República. Su narrador resulta tan moderno como veraz y muestra a un grupo de camareras —Luisa fue una de ellas— que tras los mostradores de cafés y pasteles ven entrelazados sus destinos. Que sobreviven mientras los sirven.

«El libro es muy atractivo, sobre todo teniendo en cuenta su subtítulo “Mujeres obreras”», explica Laura Sandoval, editora de Hoja de Lata, responsable de la reedición. Ella utilizó un subtítulo más: «novela-reportaje». «Creo que es muy potente. Pero es que la novela, además, enamora».

La publicación del libro surgió como una carambola. Durante la presentación de uno de sus títulos, Laura Sandoval y Daniel Álvarez —la otra mitad de Hoja de Lata— coincidieron con David Becerra, doctor especialista en la literatura de este periodo. Becerra les habló de Luisa y de Tea Rooms. El libro había salido en 2014 en una versión facsímil realizada por la Asociación de Libreros de Lance de Madrid, una edición conmemorativa de su ochenta aniversario. «La leímos y nos encantó —cuenta Sandoval—. No éramos conscientes de que paralelamente estaba gestándose el fenómeno de las Sinsombrero. Conseguimos editarlo para la Feria del Libro de Madrid de 2016 y empezó a venderse poco a poco».

Laura Sandoval está de acuerdo en que el de Tea rooms es uno de esos casos en los que el libro se ha defendido por sí mismo, sin una campaña de marketing potente que lo respaldara. Luisa se ha abierto camino ella sola, escudada por su texto. Y lo más sorprendente es que no lo ha hecho una, sino dos veces. La primera en los años treinta y la segunda, ahora, ochenta años más tarde. Una con veinte años de vida y otra a los cuarenta de fallecer.

«Antes, hacías una búsqueda en Google y no salía nada —explica su nieto, Juan Ramón Puyol, portavoz de la familia y obsesivo acopiador de datos sobre su abuela—. Ahora, en cambio, hay cientos de referencias. En solo un año».

¿Pero quién era Luisa Carnés? ¿De dónde salió esta escritora ahora redescubierta? Es fundamental poner todo en contexto, pues el suyo, sin duda, es imprescindible para entender su rescate. Luisa había nacido en 1905, en el madrileño barrio de las Huertas. Una época de estreno de siglo, de condiciones duras para las familias humildes como la suya, que mandó a trabajar a su primogénita con apenas once años y muy pocos de escuela. A pesar de ello, Luisa devoraba libros por las noches. Hacía suyos los descansos. No había tregua para esa mente inquieta que se desvivía por adquirir cultura.

«Las penurias eran tremendas —explica Juan Ramón—. Ella empieza a trabajar porque lo necesitan. Era la mayor, la que estaba obligada. Los sueldos eran miserables, sobre todo si se trataba de mujeres y niños. Además, si trabajabas, en casa se quitaban una boca para desayunar. En Tea Rooms lo cuenta, el momento de llegar a casa y ver lo que queda: absolutamente nada».

Luisa escribe por las noches y trabaja por el día. A pesar de su escasa formación consigue publicar sus primeros cuentos y terminar un primer libro, Peregrinos de calvario, que sale a la venta en 1928. La crítica se vuelca con ella. Ha nacido una nueva novelista. «No entendemos de dónde sacaba el valor para atreverse —añade Juan Ramón—. Ella era tímida, introvertida, recatada, pero publica su primer cuento con dieciocho o veinte años. La descubren y saca el valor para ir a los periódicos a ofrecer su trabajo. De hecho, no le costó mucho empezar a publicar».

Finalmente, la letra se abre camino. Luisa cambia el taller de confección de sombreros por un puesto de administrativa en la CIAP —la Compañía Iberoamericana de Publicaciones, uno de los mayores grupos editoriales de la época—. Comienza a redactar material para sinopsis y solapas. Mientras tanto, continúa creando en casa y sumando alguna colaboración en prensa hasta que, poco después, publica su siguiente novela, Natacha, esta vez editada por la CIAP. Allí también es donde conoce a Ramón Puyol, su primer marido, que elabora material gráfico para la editorial. Puyol era un hombre muy comprometido políticamente. Sus obras de cartelería, como el famoso diseño del «No pasarán», marcarán la historia cuando acabe la guerra. Pero eso ocurrirá más tarde. En 1931 la CIAP quiebra y deja a todo el mundo en la calle. Luisa, sin empleo, no tiene otra que marcharse a Algeciras, donde se encuentra la familia Puyol, acompañada de su marido y su hijo pequeño. Pronto descubre que la vida de ama de casa no está hecha para ella. Añora el ajetreo de Madrid y su rol activo como periodista. «En ese momento hay un pensamiento dominante de izquierdas comprometido con las causas que parecen evidentes —explica Juan Ramón—. No se puede permitir la injusticia, las desigualdades. Eso era algo de cajón. La gente tenía esa visión moderna que incluía la pareja, el amor. Pensaban que podían relacionarse de una manera más libre y abierta»

Tras un año en Algeciras, Luisa decide hacer su propia vida. Se separa de Ramón y regresa a la capital acompañada de su hijo. Publica artículos, escribe cuentos, pero como el dinero no le llega, acepta un empleo como camarera en un salón de té. Será el origen de Tea Rooms, su novela más conocida.

«El libro es muy vanguardista —explica Luci Romero, propietaria de la librería Bartleby de Valencia y testigo del resurgir de la autora—. La forma de narrar de Tea Rooms y su estilo se adelantan a su época. Si a cualquiera le ocultaran que Luisa Carnés lo escribió en el año en el que lo hizo, se creería perfectamente que es más reciente. Las cosas que cuenta, las situaciones que ella describe, por desgracia, no cambian. Sobre todo en el mundo laboral. Para la mujer aún no han cambiado».

La obra supone una reflexión sobre la realidad social femenina, los bajos salarios, las jornadas extenuantes y la realidad del acoso. Además, apuesta por una mujer nueva, que pueda emanciparse gracias al valor de su propio trabajo. Un compromiso político anticipador de los valores republicanos que se percibe al leer el resto de textos de Luisa Carnés. Desde su trabajo como articulista, que a veces firma con el seudónimo Clarita Montes, hasta la vertebración de sus ficciones. Todo está impregnado de esa lucha por la igualdad femenina que tanto promueve su coetánea, Clara Campoamor. «Hay una teoría en la familia —explica Juan Ramón Puyol— y es el motivo por el que ella firma con ese seudónimo de Clarita Montes. Cuando se hace un acto de apoyo para ayudar a Clara Campoamor, la última firma de la convocatoria de los actos es la de Luisa Carnés. Eso nos lleva a comprobar su admiración y a pensar que una de las promotoras fuera ella, de ahí que firme la última, por una cuestión de elegancia. Creemos que Luisa elige su seudónimo en un homenaje a Clara. Pero es una teoría. Ella no lo dejó explicado y tampoco sabemos si ambas mantuvieron una relación epistolar cuando Campoamor abandona España en el 36. Es otro de los puntos que hay que investigar».

Todo se quiebra con la guerra. Cuando esta llega, Luisa ya ha conocido al poeta Juan Rejano, su gran amor y compañero el resto de su vida. Ambos se implican en apoyar de distintas maneras al bando republicano. A los artículos de las revistas Estampa y Ahora se suman los de Mundo Obrero, publicación auspiciada por el PCE. Luisa acompaña a la redacción de Frente Rojo, uno de los periódicos más importantes en la propaganda republicana y marchará junto con el Gobierno a Valencia y luego a Barcelona, la cual abandona apresuradamente con la llegada de la Quinta Columna. Después, marcha hacia el exilio. Lo hace a bordo del buque holandés Veendam, que la lleva hasta Estados Unidos, para después trasladarse a México, lugar donde finalmente se instala acompañada por su hijo y Juan Rejano.

«De los veinte mil exiliados que parten en distintas etapas a México, acogidos por Lázaro Cárdenas, había un cogollo de intelectuales muy importante —explica Juan Ramón Puyol—. Los mejores médicos, escritores, poetas, pintores… esos son de los que nosotros oíamos hablar cuando éramos pequeños. El abuelo —Juan Rejano, pareja de Carnés— decía “tengo que ir a ver a un amigo mío” y pasábamos a visitar a León Felipe. Recientemente, buscando la revista Romance que dirigía mi abuelo, miré el staff y se me cayeron los palos del sombrajo. Hay media docena de premios Nobel, como Octavio Paz. Todos estaban ahí. Eran como de andar por casa, y nosotros creíamos que todo el mundo era así. Ahora me doy cuenta de que fue un lujo crecer entre toda esa gente. Te pones a investigar, vas uniendo nombres, tiras del hilo y no acabas jamás».

Juan Ramón, nacido ya en México, pudo conocer muy poco a Luisa. Contaba con apenas dos años cuando ella falleció y no conserva recuerdos de ella. Sí guarda, en cambio, mucha documentación, artículos y fotos que va recuperando, como la que ilustra la portada del segundo libro que la editorial Hoja de Lata ha puesto en circulación, una recopilación de trece cuentos representativos de toda la producción de la autora.

«La foto de Luisa Carnés es muy especial, transmite mucho —cuenta Laura Sandoval, su editora—. Pensando en la portada del segundo libro, el de sus cuentos, dimos con una autora rusa que coloreaba fotos antiguas en blanco y negro. Le comentamos la posibilidad de trabajar en la que teníamos de Luisa. Pedimos indicaciones a la familia como el color de ojos, el tono de piel… pero sin decirles demasiado. Fue una sorpresa».

Juan Ramón, casualmente fotógrafo de profesión, explica por qué para ellos fue tan especial ver la foto coloreada: «La fotografía en blanco y negro tiene la virtud de presentar la información de manera evidente. Es como una radiografía, la realidad sin tapujos. Lo que aporta el color es la emoción. Tanto la tristeza como la alegría se expresa en color, no en blanco y negro. Lo que ha ocurrido con esa foto de Luisa es que, de tener el dato crudo del blanco y negro, al pasar a colorearlo la han devuelto a la vida. A mi padre, cuando la vio por primera vez, se le saltaron las lágrimas. Fue muy emocionante. “¡La estoy viendo viva! ¡La estoy viendo viva otra vez!”, nos decía».

Puede que la metáfora de la búsqueda de Juan Ramón sea esa obsesión por revivir a su abuela, por devolverle de nuevo el color. Juanra recuerda con especial emoción el momento en el que, una vez identificada, pudo visitar la casa donde Luisa nació, en la calle Lope de Vega. «Está perfectamente descrita en uno de sus cuentos —explica, aún conmovido—. Nos abrieron la puerta de la buhardilla donde vivía y yo decía “estoy entrando en casa”. Los ventanucos estaban ahí. Solo faltaban las macetas de sándalo y hierbabuena. Pero ahí también estaban las tejas con sus hierbecitas. Todo lo que ella había dejado escrito».

Si algo vence el olvido es porque es especial. No se recuerda lo banal, sino lo anecdótico. La mayoría de los que investigan en profundidad a Luisa Carnés coinciden en que la suya es una de esas existencias de novela. De detalles espectaculares. A pesar de ello, Juan Ramón se conforma con cualquier dato. Como descubrir que Luisa acompañaba a su madre a lavar la ropa del Convento de las Trinitarias —el lugar donde reposa Cervantes— o que es fácil que coincidiera con escritores coetáneos muy similares a ella, como Arturo Barea: «Eran compañeros de “guardilla”, como solía escribir Luisa. Los dos fueron niños en el mismo barrio y en la misma época. Compartían el mismo universo. Y luego, teniendo en cuenta los puestos que cada uno ocupaba en la guerra, quiero pensar que es fácil que coincidieran».

Pero todo son suposiciones, teorías. Aún queda mucho por catalogar y comprobar. Al tener una abuela con una actividad tan intensa, la tarea es descomunal. Juan Ramón recorre el barrio de Huertas una y otra vez acompañando a cualquier periodista interesado por ella. Suele quedar en La Dolores, la taberna de la esquina de su calle Lope de Vega, lugar que le gusta calificar como «la oficina de Luisa»: «Huertas era el extrarradio en aquellos tiempos. Lugar de familias humildes, aunque también uno de los escenarios que más aporta a su producción literaria. Al principio estábamos convencidos de que su casa de infancia era la misma que la de la taberna, pero luego descubrimos que era un poco más arriba. Los números bailan en los padrones. Dentro de poco el Ayuntamiento le pondrá una placa».

La grandeza de la literatura reside en su capacidad de traspasar tiempo y espacio. Los escritores universales lo son porque tocan algo común en el ser humano. Por eso es curioso que, a modo de mensaje en una botella, las mujeres de esta década se sientan identificadas por lo que Luisa Carnés tenía que decir. Como una cápsula del tiempo que partió en los años treinta hasta llegar a nuestros días. Juan Ramón se confiesa emocionado por el boom que ha supuesto la recuperación: «Nos ha impresionado mucho cómo ha prendido en las mujeres jóvenes de esta época. Creo que tiene que ver con que hay una masa crítica de mujeres formadas con aspiraciones. Todas comprueban de dónde viene todo lo que sienten, lo que cuesta salir adelante como mujer y se lo encuentran reflejado en alguien como Luisa».

Todo forma parte de una labor de rescate que se ha puesto en marcha, quizá desde la brecha que ha abierto Las Sinsombrero, el documental —y posteriormente libro— impulsado por Tania Ballò. Luci Romero, poeta además de librera, apoya esta idea. Opina que el éxito de Luisa Carnés es una mezcla de muchos factores: «Ha sido un cúmulo de situaciones: la puesta en valor de escritoras desparecidas, cuestiones de feminismo, la temática de su obra, que es muy actual. A partir de Las Sinsombrero hay un interés por recuperar a esas mujeres. Es paralelo. A mucha gente nos hace un clic en la cabeza y necesitamos saber más de figuras femeninas tanto en el campo de la literatura como del arte en general. Hay un empeño mucho más fuerte por recuperar, por leer, por indagar y conocer a autoras que hasta ahora se nos habían negado. Es algo que a mí no me gustaría ver como una moda, sino como lo que debería haber sido siempre. Porque las modas se acaban y esto debe continuar».

¿Podríamos considerar a Luisa, por tanto, parte de esa generación del 27? ¿Podría tratarse de una más de las Sinsombrero? «Pues no lo sé —argumenta Juan Ramón Puyol—. Luisa es obrera, no burguesa. Los del 27 hacen poesía, mientras que Luisa hace novela social. Ellos quieren embellecer y ella quiere arreglar problemas. Aunque sí coinciden en inquietudes, en la liberación femenina, en ese acto de Maruja Mallo de quitarse el sombrero porque les oprime las ideas. Aunque es muy irónico que esos sombreros que las Sinsombrero llevaban los fabricara Luisa, ya a partir de 1916, con su tía Petra Caballero».

Son muchos los motivos que silencian la voz de Luisa Carnés. Sucede por todos los frentes. Juan Ramón Puyol opina que los propios compañeros del 27 colaboraron también en este hecho: «Ha habido varias maneras de enterrar a la gente. Si te vas a la hemeroteca y buscas la primera gran oleada de llegadas, ves el regreso de Alberti y los demás en Barajas, te das cuenta de que eran verdaderas manifestaciones. Había muchas entrevistas y publicaciones. Todo el mundo estaba interesado. Pero la mujer que estaba en segunda fila no existía. Ahora ha llegado una segunda oleada, tras cuarenta años, que son las Sinsombrero. ¿Qué fue de esas mujeres?».

Además de los motivos comunes por su condición de republicana y de mujer, en el caso de Carnés se añade uno personal, y es el de su muerte temprana. Luisa fallece en 1964 en un accidente de coche mientras regresa de celebrar el 8 de marzo en una fiesta campestre. Eso supone un duro golpe para la familia, sobre todo para su hijo. Un trauma familiar que se prolonga durante demasiados años.

«Hay un valedor de todo esto, una figura indispensable que es Antonio Plaza —confiesa Juan Ramón—. Él se puso en contacto con mi padre en los noventa. Decidió recuperar a Luisa. Era consciente de quién era ella cuando realmente ni los nietos nos lo planteábamos. Yo sabía que había tenido una abuela escritora y que había libros antiguos editados, pero ninguno de los nietos le dábamos el valor que tenía. Fuimos conscientes gracias a Antonio. Nunca le estaremos suficientemente agradecidos».

Tal y como apunta Juan Ramón, Antonio Plaza Plaza, historiador y especialista en la cultura de la Segunda República y el exilio, fue el primero en decidirse a recoger los guijarros. Luisa Carnés estaba escondida y fue él quien comenzó a devolverle el color. Recuperó algunos de sus escritos, los prologó y los llevó a la editorial Renacimiento, que aún los conserva en su catálogo. Pero no solo eso. También despertó el interés en su propia familia, tanto que el propio Juan Ramón decidió ponerse al frente para rescatarla. Lleva tiempo volcado en esta labor titánica de hilvanar los restos que su abuela le ha ido dejando. Bien en sus textos, en los testimonios que le han llegado a través de su padre y demás familiares o en las investigaciones que otros han hecho sobre ella, va desempolvando cualquier dato que pueda acercarle un poco más a su abuela. Recogiendo las miguitas de pan por las calles del barrio de Huertas.

Juan Ramón se emociona cada vez que halla una esquirla. Se conforma con cualquier detalle. Confiesa que fue en la presentación de 13 cuentos, el segundo libro publicado por Hoja de Lata, cuando Laura Freixas expuso la posibilidad de que este conjunto de mujeres pudiera denominarse como grupo del 26 —fecha de inauguración del Lyceum Club Femenino— más que del 27, totalmente masculino. Una propuesta a la que parecen sumarse otras muchas voces actuales. Juan Ramón no descarta esta catalogación y se confiesa obsesionado por su búsqueda incesante: «Estoy leyendo, indagando, hallando las pistas… intentando encontrar restos. En aquel acto le pregunté a Laura Freixas: “¿Tú crees que alguna vez conseguiré tener alguna vivencia más cercana, algo que se parezca a lo real?”. Y ella me contestó: “Tienes demasiada confianza en la literatura”. Sin embargo yo empiezo a sospechar que a lo mejor no estoy tan desacertado. A lo mejor… quién sabe».

Quién sabe. A veces la vida sorprende. A veces los mensajes de la botella llegan a la orilla. A veces los guijarros brillan en la oscuridad y conducen al claro del bosque. Al igual que los rumores apuntan a la existencia de una posible grabación sonora de Lorca en Argentina, es posible, y puede que sea factible, que en algún archivo de México Juan Ramón pueda encontrar la voz delicada de Luisa. «Estoy en ello —confiesa—. Uno de los trabajos que Luisa hizo en México fue una historieta comercial en la radio. Eso tiene que estar en algún lado. Tengo que ir allí a buscarlo».

Puede que no tenga que confiar en la literatura. Tal vez solo le baste hacerlo en las obsesiones. Puede que, al fin y al cabo, tan solo les separe una cuestión de arqueología.


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