Crónicas

Una fiesta para Rodrigo Silva

Carlos Pardo Viña*

Fotografía: Juan Carlos Escobar. Del álbum fotográfico 007 Con licencia para informar.

 

Rodrigo Silva apura un trago de aguardiente, sonríe y enciende uno de sus cigarrillos. Acaba de cantar una de Pedro Infante y los aplausos aún retumban en la sala. —Echémonos un bambuco —dice, mientras suelta su copa, deja el pucho y comienza a rasgar la guitarra que descansa sobre sus piernas. Todos escuchamos, en silencio, abrigados por su vitalidad desbocada y su voz acariciante. Rodrigo teje la noche con un punto de trago, dos cruzados de canciones, tres punteos de guitarra y una vuelta al ruedo de los amigos. Y entonces el cuento. Deja escapar una historia con la misma facilidad con la que ilumina una canción o una sonrisa. A su alrededor, todos parecemos niños asistiendo a un acto de magia en el que la palabra cantada y contada aparece como conejo emergiendo del fondo de su sombrero de trovador, desde el fondo del corazón que desde hace mucho tiempo ingresó en los terrenos de la leyenda.

Sus ojos pequeños brillan. Su boca sonriente, casi abierta, enmarcada por su bigote cortado al estilo de los charros mejicanos, parece carcajear con cada historia mientras los que rodeamos la fiesta no paramos de reír. Acaba de llegar de Neiva. No recuerdo si había viajado con la disculpa de otro de los miles de homenajes que le hacen por estos días o si había decidido recorrer los pasos de su infancia, volviendo a la calle y a la casa que lo vieron nacer hace casi 70 años. No había tenido dificultades para encontrar su viejo barrio. Caminó los 36 pasos que separaban la esquina de su casa y por unos segundos quedó absorto viendo la placa que habían puesto al lado derecho de la puerta. Una placa que le recordó lo fugaz de la existencia, incluso para él, un hombre que ha estirado cada uno de los minutos de su vida adobándolos con aguardiente, amigos, bambucos y rancheras. 

Y ahí estaba él. El gran cantor de la música andina colombiana, con sesenta y pico años a cuestas, diez discos de oro, cinco de platinos y centenares de homenajes en todo el mundo, frente a una placa metálica que alguien puso en la casa donde había nacido. Se forran hebillas y botones, decía. Sonrío, miró los niños que jugaban a la pelota y a las tres señoras que hacían corrillo sin notar siquiera su presencia. Caminó los 36 pasos de vuelta a la esquina, volvió su mirada una vez más y de allí al hotel para preparar su regreso a Ibagué con la idea de no regresar nunca más. Los pasos estaban recogidos. No había nostalgia ni tristeza. Para un hombre que ha coleccionado durante 40 años aplausos y besos y abrazos y el cariño de todos los colombianos de aquí o del exterior, la placa era perfecta para su repertorio inagotable de cuentos. Porque además de compositor y músico y embajador de la cultura colombiana, Rodrigo es un contador de historias, un hombre que le ha ganado mil veces la guerra a la muerte y que exprime cada día hasta sacarle la última gota de bienaventuranza. 

Otro brindis. El aguardiente pasa. Otro cigarrillo. —El bucanero, el bucanero — grita la audiencia. Algunos aplauden con el solo anuncio. Esta es la historia de un viejo capitán que un día zarpó… hacia las playas de un lejano puerto. Sin rubores, todos nos atrevemos a entonar el coro. Nadie quiere que las horas pasen pero la luz de la madrugada se acerca inexorable. —Que se detenga la noche— grita uno de los poetas. Todos ríen. Incluso Rodrigo que ya alista su frase de cierre: “Dichosos ustedes que se van … y a mí que me toca quedarme tirando”.

La guitarra vuelve, triste, al estuche y todos caminamos hacia la salida embriagados de amor, rancheras, poemas, bambucos y aguardiente. Al fondo, Silva nos mira con una sonrisa mientras enciende el último de sus cigarrillos. Ungido de leyenda y abrazado hasta el cansancio, Rodrigo se queda en silencio. No piensa en sus días de concierto alrededor del mundo cuando en todas partes se rendían ante sus canciones. No piensa en las entrevistas, en las fotos, en los hoteles ni los viajes. Su gloria no depende de sus recuerdos, sino de su corazón. En realidad, Silva se queda pensando en escribir otra canción, otra que todos entonemos en esas noches de tertulia que lo llenan todo. Otra canción para que lo quieran más sus amigos. No sabe que lo queremos cantando o en silencio. Que no hay mayor alegría que sabernos cerca de su alma tan real y tan maravillosa y que jamás dejaremos de intentar detener la noche porque tenemos la certeza de que con él, la vida jamás acaba.

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* Escritor y periodista