Crónicas

Retorno electrónico al mundo del arte

Por Carolina Reymúndez  Foto Martín Bonetto

Revista Ñ (Ar)

La mujer está parada frente a La Noche Estrellada, de Van Gogh, en el quinto piso del MoMA, en Nueva York. Frente al cuadro es una forma de decir, porque adelante hay un cerco de personas. Debe esperar que circulen para estar realmente frente a la obra. Antes de ver la noche radiante que pintó Vincent desde su cuarto en el sanatorio de Saint Rémy de Provence, ella ve la imagen del cuadro en el celular de otra mujer que le tapa el original. Antes de ver los árboles doblados y las olas en el cielo se da vuelta porque otro visitante le pide si puede simular que saca una foto. A ella no le cuesta nada porque tiene su celular en la mano. Levanta el brazo y enfoca. En la foto que saca el visitante aparece el Van Gogh en las pantallas de tres celulares alineados y, al fondo, el original colgado en la pared, algo tapado por un joven que se saca una selfie.

Visitar los grandes museos fundamentales, esos que suelen estar desbordados de turistas –MoMA, Met, British, Hermitage, Louvre, Capilla Sixtina, El Prado, Reina Sofía, Galerías Uffizi– es una experiencia que no parece completa sin el celular. La mayoría de los visitantes lo tiene en la mano. Muchas veces, incluso antes de ver la obra, se saca una foto. La primera mirada es a través de la pantalla. También se tuitea, instagramea o whatsappea antes. Primero, las redes. Después, con cierta sensación de alivio, la obra de arte. Rápido, como se mira una vidriera. Pocos segundos para seguir a la próxima y al otro piso y después a ver vidrieras.

“Ver es en sí mismo una operación creativa que requiere esfuerzo”, afirmó Henri Matisse. Sin embargo, la apreciación del arte se ha convertido en una tarea ardua. ¿Cómo abstraerse del espectáculo que significa visitar grandes museos? ¿Es posible bajarle el volumen al alboroto? ¿Dónde refugiarse de los palos de selfie? ¿Y de las selfies? ¿Se puede distinguir el aura de la obra de arte? Cuando la mujer llega a primera fila, frente a la obra de Van Gogh, mira hacia abajo: su celular vibra.

“Así como los museos se vieron obligados a permitir el ingreso de la gente sin saco ni corbata, o con pantalones cortos y sandalias en el verano, los teléfonos son ya una extensión que se apropió de los sujetos. Bien usados pueden agregar información con inmediatez o archivarla para consultarla luego”, sostiene Américo Castilla, director de la Fundación Typa (Teoría y Práctica de las Artes). En 2015 se realizó en Buenos Aires El Museo Reimaginado, un encuentro de profesionales de museos de América (la segunda edición será en noviembre, en Medellín) y además de las charlas, proyectos y discusiones hubo un debate público con juicio incluido (“Yo acuso”) sobre un tema candente: los dispositivos electrónicos en los museos, sí o no. Castilla fue el juez y dio el veredicto: no culpable.

Seb Chan, jefe de Experiencia del Centro Australiano de la Imagen en Movimiento y consultor en museos, también estuvo en ese encuentro y se manifestó a favor del celular y lo volvería a hacer. Para él, la apreciación del arte cambió desde que los museos son más populares. “Más gente –quizás gente que antes no iba– ahora siente que los museos son espacios que les pertenecen”, dice y cita a Nina Simon, directora del Museo de Arte e Historia de Santa Cruz, en California, que se refiere a su museo como la plaza principal de un pueblo. En ese contexto, el ruido es intercambio y suma.

“Desde que se volvieron más populares, los museos necesitan emplear más diseñadores de experiencia y pensar en cómo los visitantes usan los edificios y, donde sea posible, comenzar a rediseñarlos. Esto no significa grandes cambios arquitectónicos, sino más bien, a través de la observación seguir tratando de optimizar el plano para que opere de una forma más cívica. Lo que sucede es que los equipos comerciales de los museos son los primeros que piensan en ‘como los visitantes usan el edificio’ y por eso se ven tantos museos optimizados para el comercio primero, y los equipos curatoriales y educativos llegan más tarde”, señala Seb Chan desde California.

Chan suele viajar por el mundo para conocer museos y analizar y mejorar formas de trabajo. Recientemente visitó el City Museum en St. Louis, en EE.UU., y cuenta que el lugar estaba repleto de adolescentes y no vio que ninguno sacara su celular del bolsillo. Estaban demasiado ocupados explorando el edificio laberíntico, lleno de túneles, hasta con toboganes y zonas donde había que trepar. También estuvo en el Museo de Arte y Ciencia de Singapur, donde todo el espacio es interactivo y el visitante está tan ocupado con la muestra que no le queda tiempo para tomar un par de fotos rápidas. El MoMA de San Francisco diseñó experiencias con celulares que cambian la forma en la que los visitantes se comprometen con las obras de arte y entre ellos, ya que las audioguías se pueden activar en sincronicidad con otros visitantes. En el Museo de Diseño Cooper Hewitt, en Nueva York, se les ocurrió crear un objeto que los visitantes pudieran tener en la mano mientras recorrían el espacio (“algo mejor que el smartphone”) y diseñaron una lapicera-puntero (The Pen) que sirve para interactuar con la colección del museo (guarda información, dibuja las paredes, diseña).

En el otro extremo, ciertos museos de Japón volvieron a prohibir la fotografía, no tanto por copyright o razones legales, sino porque quieren enfatizar la importancia del “encuentro temporario y efímero con las obras de arte”. Museos sin celulares, no suena nada mal. Como en los famosos fiestones del narco mexicano Chapo Guzmán: cuentan que la condición para entrar era dejar los celulares en custodia. Lo que pasaba adentro era privado. En los últimos años se extraña lo privado en los museos. El goce íntimo de la forma y el color. El silencio. Estar a solas con Matisse, acercarse a los cielos ansiosos de Van Gogh, dejar que estallen en la cabeza las bombas cubistas de Picasso. Como escribe John Berger, el lenguaje de las imágenes “nos rodea y domina”. Hoy la mayoría de las imágenes que vemos llega por dispositivos electrónicos. Quizás por eso, aún estando en el museo y parados frente al original, necesitamos ver la obra en la pantalla del celular.

En 1936 el filósofo alemán Walter Benjamin introdujo el concepto de aura, el aquí y ahora de la obra original, “su existencia irrepetible en el lugar en el que se encuentra”. En el momento histórico en el que las obras de arte comenzaban a reproducirse gracias a los avances técnicos, Benjamin rescató un tiempo único de pura autenticidad, que conecta al hombre con lo espiritual a través de la apreciación de la obra de arte. ¿Es posible lograr esa conexión con la obra de arte entre tanta interferencia? Para el sociólogo y ensayista Christian Ferrer, lo que se exhiba –si tiene aura o no–, no importa tanto. “Hace ya muchas décadas que se decretó ‘la muerte del arte’, lo que es decir que la idea de ‘superioridad’ de las obras ‘estéticas’ por sobre otras manifestaciones ‘creativas’ –una convicción que perduró por apenas un par de siglos– ya no tiene vigencia. Si alguien está todavía interesado en ‘contemplar’ obras de arte clásicas o renombradas, lo puede hacer en sitios específicos de Internet, que las muestran y descomponen hasta en los más mínimos detalles”, analiza.

Por ahora los celulares mantienen un rol protagónico en los grandes museos. Sin embargo, ya se registran voces de la resistencia. El MoMA lanzó hace unos meses “Quiet Mornings (Mañanas tranquilas)”, los primeros miércoles de mes, entre las 7.30 y las 9.30. En ese horario, se alienta a mirar despacio, aclarar la mente, silenciar los teléfonos y tomar inspiración para la semana.