Crónicas

Perros, los mejores amigos del hombre

Por Martín Caparrós 

El País (Es)

Camino por Cali, la ciudad más bonita de Colombia, la más violenta; hay sol y árboles como sueños y trópico en el aire y un gran cartel municipal que dice que somos solidarios y muestra, para demostrarlo, a un chico alimentando a un perro. Unos metros más allá dos negros descalzos revuelven la basura; nadie los mira. El chico, el perro: somos solidarios.

En unos siglos los ¿libros? dirán que esa gente de principios del milenio era muy rara: miraba tanto unas pantallas planas, se envenenaba con hierbas encendidas y convivía con perros. Y se preguntarán, supongo, sorprendidos, cómo era eso de vivir con animales.

Alguien, quizá, todavía pueda explicarles. Durante toda su historia los hombres cohabitaron con bestias —otras que ellos mismos. Las vacas y cerdos y gallinas que los nutrían, los caballos y burros y camellos que los cargaban, las ovejas y cabras y zorros que los vestían, los perros y gansos que los custodiaban y vigilaban sus otros animales, tantos más. Hasta que, décadas atrás, se acabó: la mayoría de la humanidad, urbana, mecanizada, se separó de ellos. Fue entonces cuando se disparó la tendencia a la mascota: ya no eran una necesidad, se volvieron un capricho —pero seguimos viviendo entre animales. Sólo que ahora no hay trabajo o producción que los justifique: son puro despilfarro, puro lujo. O, quizás, una medida de muchas soledades: los perros sirven, sobre todo, como receptores de ese amor que tantos no saben a quién dar.

Tratándose de amor, el negocio es seguro. Stanley Coren, afamado perrista americano, calcula que nos acompañan unos 600 millones de perros. Sólo en Estados Unidos hay uno cada cuatro habitantes; en Europa hay uno cada diez, igual que en China. Cada año los ingleses, por ejemplo, compran un millón de perros nuevos —y se indignan porque muchos son contrabandeados desde criaderos en Europa Oriental que, dicen, no cumplen con las reglas mínimas de sanidad y humanidad. En un mundo asustado ante la amenaza ecológica, los perros producen unas 300.000 toneladas de mierda cada día. Y comen, comen, gastan, comen.

Los Mejores Amigos del Hombre son un grupo anónimo e hispanohablante que, desde rincones confusos de la Red, lanza arengas, invectivas y planes contra perros. Proclaman que los mejores amigos del hombre son los hombres, pero que tantos hombres no lo saben o no quieren saberlo, y que deben entenderlo de una vez por todas.

Que no podemos seguir con esta bacanal canina, dicen, tajantes: que no podemos seguir gastando sólo en comida de perros el dinero —50.000 millones de euros al año— que alcanzaría para acabar con el hambre en el mundo; que no puede ser, gritan, bruscos, que haya casi tantos perros satisfechos como humanos famélicos y que esos animales se coman la comida que les falta a esas mujeres y niños y hombres. “La única acción coherente”, dice uno de sus manifiestos, “sería prohibir la manutención canina mientras quede un solo ser humano hambriento en el planeta”. Prefieren no decir, en cambio, cómo se llevaría adelante esa política.

Que tiene pocas chances. Los perros ganan cada vez más espacio. Orgullosos, inseguros, parece como si no supiéramos vivir sin esos testimonios de nuestra superioridad: animales que dependen de nosotros, nos obedecen, nos quieren: esclavos cariñosos. Ayer unos amigos me contaron que acababan de gastarse 2.500 euros para que un contrabandista llevara su perra salchicha desde Vietnam, donde vivían, hasta Indonesia, adonde se mudaron. El fulano no quiso detallar cómo lo hacía; ellos no quisieron preguntarle. Pero ahora están muertos de miedo: Windy todavía no llegó —y ellos sin Windy, dicen, no son nada.