Crónicas

La noche de la tragedia de Armero

Por Juan Antonio Gaitán* Foto Archivo Semana/Carlos Linares Pinzón.

Revista Arcadia

"Mi nombre es Juan Antonio Gaitán.

Me fui de Armero en el año 81 a especializarme en cirugía en Alemania, en la ciudad de Dresde. En ese entonces, mi papá era una persona ya de edad y por eso yo tenía muchas dudas de irme. Siempre me acuerdo de que me dijo: “Mire, nunca amarre su vida a la de nadie: no amarre su vida que está comenzando a la mía que está terminando. Solo le digo una cosa: cuando acabe, venga y me trae el diploma, porque yo quiero colgarlo en mi estudio”.

En Alemania decidí que tenía que acabar mi especialización rápido, y por eso jamás tomé vacaciones. Quería cumplirle la palabra al viejo, así que lo que había que hacer en cinco años lo hice en cuatro. En ese tiempo me casé con una enfermera e instrumentadora alemana llamada Marion Kemper. Ella era de Alemania Democrática, así que para poder casarnos y venir a Colombia, cuando yo ya había terminado, hubo que pedir permisos al gobierno, y en el año 85, en octubre, salieron. Ella estaba en el octavo mes de embarazo. La idea era venir a tener el bebé aquí en Colombia y después devolvernos a Alemania a vivir. Cuadré todo muy rápido, dejé mi residencia lista y mi idea era traerle al viejo el diploma y presentarle al nieto. Queríamos pasear un poco, quedarnos tres meses y luego regresar. Teníamos pasaje para el 28 de noviembre. El problema es que para ese día era probable que el bebé ya hubiera nacido y se nos trastocaban los planes. Así que me fui a la embajada, donde estaba la pianista Teresita Gómez de agregada cultural, para ver si había alguien que quisiera cambiarme los pasajes para el 28 de octubre. Teresa, casualmente, tenía pasajes para ese día, y decidió cambiármelos sin problema.

Llegamos a Bogotá ese día, fuimos al médico y nuestro plan era pasar una semana más viendo a los amigos y a la familia. Cuando me fui de Colombia, no habían terminado de construir el Palacio de Justicia. El 6 de noviembre quedé en encontrarme con una buena amiga, Mónica Zárate, también de Armero, que en ese entonces era la secretaria privada del alcalde Rafael de Zubiría, en el centro. Sin embargo, llegué más temprano de lo previsto, como a las 10:00, y decidí entrar a conocer el Palacio. Como a las 11:05 estaba yo mirando el lobby y comencé a escuchar balazos. De inmediato salí corriendo y alcancé a salir justo cuando estaban cerrando las puertas. Corrí y fui a parar a la décima. Obviamente no llegué a la cita. Me fui hasta la Universidad Javeriana, donde otro amigo ortopedista y le conté. Él prendió el televisor y me dijo: “Pues mire de la que se salvó”. Mi papá me llamó esa misma tarde, preocupado, y me pidió que me fuera para Armero, porque la situación se iba a poner fea y con mi esposa embarazada, no era el mejor lugar para estar. Decidí irme.

El 6 y el 7 nos enteramos de todo y decidimos que nos íbamos a quedar en Armero tranquilos. Fueron días familiares. De paseos. Yo tenía que estar otra vez en Bogotá el 14, madrugado para el chequeo de Marion. Pero estábamos tan contentos que llamé al ginecólogo y le pregunté si había algún problema en que nos viéramos el lunes 18, para poder pasar el fin de semana con la familia. Me dijo que todavía nos faltaban como dos semanas para el parto, así que no me preocupara, que me quedara tranquilo. Mi hermano, que vivía en Bogotá junto a su esposa, que acababa de salir de un cáncer de útero, decidió entonces ir a hasta Armero el 13 por la mañana para que celebráramos que estábamos juntos otra vez desde hacía mucho tiempo.

El 13 fue un día normal. Por la tarde comenzó a caer ceniza. Yo me encontraba con los amigos en la calle y preguntaba: “Bueno, ¿y esta vaina qué es, de qué se trata?”, pero todos, desde mi papá, decían que era el viento que estaba trayendo la ceniza del volcán. Él llevaba viviendo en Armero desde 1928, así que no había razón para dudar. La gente comenzó a hacer chistes, que al otro día tocaba lavar los carros, y nadie se imaginaba que un volcán tan lejano podía afectar al pueblo. Cuando anocheció, me acuerdo de que había un partido de fútbol. Lo vimos y me acosté a dormir normal. Yo había traído un perro de cacería de Alemania para regalárselo a mi hermano. El perro se acostó a mi lado, tranquilo, normal, sin presentir nada. A eso de las 11:05 me levantó mi hermano. “Juan, Juan, levántese que esto está como raro. Está cayendo mucha ceniza”. Le dije: “Bueno, voy a preguntarle a mi papá a ver qué es lo que pasa”. Me levanté y busqué a mi papá. “Papi, ¿qué está pasando? Esto es muy raro, no para de llover y además hay mucha ceniza”. Él me pidió que alcanzara la linterna, porque justo cuando él se levantaba, se fue la luz. Salimos a la calle y todos los vecinos estaban allí. Me encontré con la vecina del frente, Mercedes Ramírez, y le dije, “Merceditas, ¿qué es lo que está pasando?”. Yo en ese momento era completamente ignorante de lo que podía estar ocurriendo: no oí nada de que saliéramos, ni nada de advertencias. Si alguien dijo algo, le doy gracias a Dios de no haberlo oído. Hoy me hubiera pesado mucho y aún estaría preguntándome por qué no hice algo. De repente, de vuelta a la calle, miré al asfalto y vi agua negra corriendo, agua como petróleo, no como cuando llueve y se ve agua café; no, agua negra, oscura. En ese momento empezó a sonar todo como si estuviera temblando: pum, pum, pum. Durísimo. ¿Y está vaina?, pensé. Hoy analizo: si ve que un perro viene, usted corre porque lo va a morder; si viene un toro, lo va a embestir, o un tipo furioso con un machete, lo va a atacar; pero cuando usted no sabe qué es lo que pasa, lo que viene, no hay susto; hay una incertidumbre tremenda. Me volteé y mi papá me dijo: “Juancho, ¿se acuerda que le conté lo de la inundación en el año 51? Eso es lo que va a pasar. Camine pa’ la casa”. Miré hacia arriba y sí vi algo como negro. Seguí pensando “pero esta vaina como tan rara”. Todos los vecinos se entraron a las casas pensando que se venía la inundación. Mi papá me pidió que lo ayudara a recoger una alfombra que cuidaba mucho mi mamá porque se podía mojar. El ruido se hizo más intenso. Era como estar dentro de una turbina de avión. Con mi papá empezamos a hablarnos a los gritos. Entonces sentí el bombazo. Un estallido tremendo. En ese momento yo no era consciente de dónde estaba mi mamá ni mi esposa ni la empleada del servicio. Mi papá, que ya tenía ochenta y pico, estaba a mi lado. De repente, algo nos tumbó al suelo y nos empujó hacia el fondo de la casa y por un corredor hacia el cuarto. Nos empezó a meter y comenzó a subir de nivel. En Armero, los techos eran muchísimo más altos que las puertas, en ese momento sentí que algo pasó por el techo y mi papá dijo: “Uy, carajo”. Ahí me di cuenta de que me había quedado con su brazo en la mano. Se desprendió del cuerpo. Ese algo me estampó contra el techo. Como yo tenía la idea de que la puerta estaba por debajo, y de que eso era agua, intenté consumirme y salir por el dintel de la puerta. Sin embargo, comencé a sentir una presión tremenda y luego ¡bum! salí y pude respirar. Oí a mi mamá buscándome: “Juancho, Juancho”, y yo:

— ¿Qué pasó, mami?

— ¿Y su papá?

—Yo creo que murió.

—Juancho, tranquilo, valor, que de esta salimos.

No me pidió ayuda, solo me dijo eso. Pensé: “Esta vieja verraca, en las que estamos y me dice valor, Dios mío”. Empecé a sentir que ese algo en el que yo estaba se empezó a mover. No supe muy bien qué fue lo que le pasó a mi mamá después de esa conversación. Hoy lo sé porque la empleada del servicio estaba con ella, y está viva y trabaja conmigo en la clínica. Ella me dice que las dos iban abrazadas y que mi mamá de pronto se le soltó. Ella quedó a una cuadra de la casa. Yo quedé a dos. Me dijo: “Don Juan, cuando eso entró, atrás de ustedes estábamos su esposa, su mamá, el perro y yo”. El perro también se salvó.

Empecé a bajar, con la cabeza por fuera del barro y, cuando la agachaba, veía luces pasando por debajo. Eran los carros que venían bajando con la avalancha. Eso no se puede comparar con nada. Nada que uno haya visto se parece. En un momento vi a mi derecha la torre de la iglesia, al lado de mi cabeza. ¿A qué altura venía yo? Solo pensaba ¿y esta vaina qué es? De un momento a otro comencé a caer, una ola me botó lejos. Algo me alumbró, vi una pared y me estrellé. La pared me cayó encima. Quedé espichado. Todo se tapó. Todo se hizo oscuro. Comencé a sentir que se me acababa el aire. En ese momento pensé: “Dios mío, hágase tu voluntad”. Sentí un pitido. No debió haber sido mucho porque al rato ya estaba otra vez respirando, como cuando uno sale de haber aguantado mucho aire bajo el agua. Comencé a respirar. Uno, dos, uno, dos. Ahí, ya solo me importó mantenerme a flote respirando. No me acordaba de nada ni de nadie. De pronto sentí algo que me cortaba en el muslo. Pensé “uy, me quedé de tío”. Me fui de frente contra algo. Y, suaz, un quemonazo y seguí bajando. Sonaba durísimo, como una turbina de un avión. Y en esas, todo se quedó quieto, quieto. Estamos hablando de que no habían pasado más de cinco o diez minutos. Lo que hice fue mirar para arriba. ¿Con qué comparo esto?, pensaba. Yo seguía con la idea de la inundación, quizá por lo que había dicho mi papá minutos antes. ¿Y esto como por qué o qué?, me decía a mí mismo. Quieto, quieto y, de pronto, el río se fue apaciguando, y del ruido estruendoso al silencio absoluto no pasaron más que segundos. Sentí barro en los ojos. Por allá alguien gritó:

—Aquí estoy yo, ¿quién quedó por ahí?

Grité:

—Yo.

— ¿Usted dónde está?

Moví la mano.

—Aquí, aquí, aquí.

—Ahí va un palo pa’ que lo coja, pa’ jalarlo —me dijo.

—Listo. Pum, me lo clavó en la cabeza.

—Pare, pare —le grité—. Pare que me lo clavó en la cabeza, pare, pare —le insistí.

Y el señor respondió.

—Listo, listo. Me jaló y me sacó a un sitio.

A gatas pude sentarme sobre algo. Cuando me toqué el abdomen me sentí un palo. Lo tenía clavado; me atravesaba por la tetilla y me salía por la espalda. El quemonazo que había sentido, pensé. En ese susto tan macho, no tuve tiempo de pensar lo que había sido. Tenía el reloj puesto. Vi la hora. 11:29. No había pasado nada de tiempo. El tipo se me acercó:

— ¿Usted cómo se llama?

—Juan Gaitán.

— ¿Y usted?

—Alfonso.

En ese momento volví a tocarme el palo. Ay, jueputa, esta vaina me atravesó. Miré que el palo no tocara el tórax. Ay, Dios mío, ¿qué fue lo que me pasó?, dije. Ahí me acordé de que yo era médico. Me toqué el pulso. Lo sentí normal. No había lesión en la arteria. Me entró el pánico más tenaz, me entró culillo. Sabía a qué me estaba exponiendo. Sentía algo caliente bajándome por la barriga. Me toqué y probé. Todo me sabía a barro.

—Venga, chino, sáqueme este palo —le dije a Alfonso.

—No sea güevón.

— ¿Y cómo me lo voy a dejar ahí? —le contesté pensando en que si me lo sacaba podía desangrarme, o infectarme peor. Pero le insistí—: No, chino, sáqueme ese palo de ahí.

—No, no, no, eso déjeselo quieto que mañana vienen y nos rescatan y le sacan esa vaina.

—No, yo no espero hasta mañana. Mire que es medianoche, está todavía muy oscuro. Deme un chiro o algo que yo me voy a sacar ese palo, y tengo que meter presión en esa vaina.

—No, no tengo sino el pantalón —me respondió.

—Pues quíteselo.

—Me da pena.

—Cuál pena, gran pendejo, mire donde estamos, cuál pena le va a dar. Quítese ese pantalón, hombre, deme ese pantalón.

— ¿Qué va a hacer con él?

—Hacerme compresión ahí cuando me saque el palo.

—No, no, no, no, no.

— ¡Que se lo quite, pendejo!

—Bueno, bueno, bueno, pero voltéese pa’l otro lado.

—No me joda. Entonces me saqué el palo.

Ay, jueputa, el ardor. Cogí el bluyín de Alfonso, me lo metí entre el tórax y el brazo y me hice compresión. Comencé a poner cuidado a ver si seguía saliendo algo caliente y nada. En ese momento comenzaron a arderme los ojos. Comenzó a llover y me puse a mirar hacia arriba para que el agua me los lavara. Pensaba: esto es el Apocalipsis, esto es el fin del mundo.

Después de eso empezamos a ver un montón de luces que se prendían, gente que gritaba, aullidos, alaridos todos espeluznantes; una señora no paraba de decir: “¡Auxilio, socorro, tengo una teja metida entre el estómago, se me está saliendo todo!”.

Al otro día la encontré muerta con todo el contenido intestinal por fuera.

Empezamos a ver una cantidad de luces que se prendían.

—Alfonso, ¿y esta vaina?

—Doctor, eso fue el volcán.

—No jodás.

—Mire, doctor, mire esas luces.

Cuando él me dijo volcán, yo me imaginé lava.

—No, hijuemadre, aquí sí quedamos como salchichas fritas en un sartén en donde se venga esa lava.

Y ahí comenzaron a explotar cosas y a verse llamaradas. Entonces me di cuenta de que eran los tanques de gasolina. Era horroroso. Cada vez que estallaba algo, había gritos de gente quemándose. No se veía nada. Solo la llamarada y el grito.

—Bueno, Alfonso, ¿pa’ dónde cogemos?

—No, doctor, no hay pa’dónde.

Alcé la cabeza y vi luces de carro arriba en la carretera.

—Alfonso, esto no es el apocalipsis, solo fue aquí en Armero. Mire que allá se ven carros.

Frente a mí, una señora comenzó a quejarse. Estaba muy cerca de nosotros. Toqué en lo que estaba sentado y me di cuenta de que eran las tejas de una letrina porque justo debajo pude palpar un rollo de papel higiénico.

—Doctor, doctor, ayúdeme, no siento las piernas.

—Ay, pero yo cómo, si estoy más jodido que usted.

—No puedo mover las piernas —insistió—. No me duele nada pero no siento del ombligo para abajo.

Al otro día supe que tenía una fractura abierta de columna con exposición de la médula. Nada qué hacer.

Y empezaron los gritos otra vez. Era como la 1:00 de la mañana. ¿Y ahora qué hago?, pensé. Pude hacer una cosa que jamás he podido volver a hacer y fue dejar la mente completamente en blanco. No dormí. Puse la mente en blanco. Dejé de escuchar y de sentir. Me senté y sin cerrar los ojos me alejé de todo.

Cuando comenzó a amanecer comencé a ver que no había otro color distinto al gris.

—Alfonso, Alfonso, mire, hay un poco de gente —le dije.

—Quihubo, ¿ya se despertó, mi doc?

—No, si no estaba dormido. Estaba callado.

—Ah, cómo no me contestaba.

Gente por todas partes. Por las montañas. Me comenzó otra vez el pánico. ¿Qué era lo que iba a ver ahora?, pensé. Lo primero que vi fue a Alfonso:

—Ah, qué hubo, chino, gracias por el palazo que me dio —me reí.

La señora, con la columna destrozada. Pobrecita. Por todos lados barro. Me vi. Me quedaban el reloj, la argolla de matrimonio y una cadena que mi mamá me había regalado. Alcé la mirada y me di cuenta de que la montaña que iba para el Líbano estaba intacta, verde.

—Alfonso, mire, mire.

—Uy, ya sé, doctor.

—Ya sé ¿qué?

De pronto nos callamos. Vimos a la señora que había gritado lo de las tejas muerta, encima de ellas, doblada, cercenada. Vimos el paisaje gris. Las partes de los cuerpos. Un sofá sobre el que un perro ladraba. Niños llorando. Y sin aviso, una avioneta.

—Alfonso, nos van a rescatar —le dije.

En ese momento comenzó un correo humano apenas se fue la avioneta, que era la de Luis Rivera, quien avisó de la avalancha por Caracol. Ese correo era más o menos así:

“Aquí estoy yo, Alfonso tal”.

Y alguien por allá.

“Papá, acá estoy yo”.

Y así.

Alfonso, mediante ese método, encontró a su familia. Entonces le pedí que gritara por mí. Pasaron los minutos. Nada de respuesta. Bueno, pensé, no quedó nadie.

Como a las 9:00 de la mañana le dije a Alfonso:

—Venga, usted ya encontró a su familia, váyase con ellos, y cuando pueda se devuelve y me saca.

El lodo nos tapaba las piernas ahí sentados.

—No, doc, yo no lo dejo acá. Yo no me voy —me contestó.

—Váyase, hombre, váyase.

—No, solo no lo dejo.

En eso se levantó a seguir gritándole a su familia y, pin, lo empujé.

—Lárguese —le grité. Y traiga a alguien que me ayude.

Alfonso se recuperó y comenzó a saltar entre el lodo, de escombro en escombro y lo vi alejarse. Estaba intacto, no tenía ni un raspón. Se fue yendo en el horizonte.

En eso, la señora que estaba al frente de mí, se volvió a quejar. De inmediato miré hacia donde se había ido Alfonso y vi a un tipo caminando hacia nosotros. Traía un lazo. Y un machete.

—China —le dije a la señora—, nos van a sacar, tranquila. Aguante, aguante.

El tipo se demoraba. Una niña, detrás de mí, comenzó a gritar:

—Ayúdenme, ayúdenme, sáquenme de acá, mañana tengo examen de Matemáticas, yo soy del colegio Americano.

El tipo se acercaba más y más. Yo pensé: ah, por fin Alfonso me mandó a alguien. Sin embargo, cuando lo pude ver mejor, me espanté. Lo que estaba haciendo era sacar los cadáveres y quitarles todo lo que tuvieran de valor. Al fin llegó hasta donde yo estaba.

—Uy, hermano —le dije—. Al fin vinieron a sacarme.

—Cuál sacarlo, hijueputa.

Me mandó la mano a la cadena y me rasgó.

—Fresco —le grité—. Tenga —le di el reloj—. Qué más quiere.

—La argolla.

—Tome —y sentí que me la arrancaba con las manos—. Tome, pero sáqueme —volví a gritarle.

—Cuál sáqueme. Muérase, hijueputa, un muerto más.

¿Qué mundo es este? ¿Qué mundo es este? De pronto, la niña comenzó a gritar más fuerte. Se estaba ahogando. Comencé a gritarle:

—Señor, señor, saque a la niña, sálvela.

No volteó.

La niña se murió ahogada.

A ese señor me lo encontré después. Tres meses después yo estaba en Resurgir, en Ibagué, haciendo fila. El señor de adelante miró la hora y le vi el reloj. Era el mío. Le mandé la mano. Si tengo un revolver en ese momento, hago una locura. Después no, pero en ese momento le dije:

— ¡Usted qué hace con ese reloj! ¡Qué hace! Mire y verá que ese reloj está marcado por detrás con mi nombre. Usted es un hijueputa. Usted dejó morir una niña, usted es un pícaro que me atracó estando metido en el barro.

Le quité el reloj. El tipo salió corriendo. Alcancé a coger los datos que había llenado en el formulario. Jamás hice nada. Me lo encontré varias veces en Lérida. Hasta que lo mataron en una pelea de borrachos.

Al rato vi otro tipo que venía hacia nosotros. ¿Y ahora?, pensé, ¿Qué más nos van a robar? Cuando estuvo cerca, nos miró.

—Soy empleado de don César Castro —dijo—. Y vengo por ese perro que está ahí en ese sofá.

Cogió el perro y se fue.

El ser humano es eso. No el colombiano, como dicen. Todos los seres humanos son capaces de lo peor en situaciones de catástrofe.

Nos quedamos ahí. A las 1:00 de la mañana comencé a pensar: ¿Y qué tal venga otra avalancha y nos toque aquí?

—China, china —le dije a la mujer—. Salgamos de acá, salgamos. La mujer no respondía. ¿Y si me hundía en el lodo?

—Doctor, usted verá. Yo no puedo mover nada —me dijo al rato.

Al fin me decidí. Tenía una mano herida. Casi no la podía mover. Cuando me metí, me hundí. Comencé a sentir un maremágnum de chuzos. Algo me rajó la sentadera. A 10 metros había un comprensor volteado y unas tablas pegadas. A 30 o 40, estaba la tierra firme. Tengo que llegar hasta allá, me decía, tengo que poder. Si cojo las tablas, salgo de esta. Me arrastré, una y otra vez, hasta llegar. Me dolía mucho la mano. La señora se quedó atrás. La miré. Ya no decía nada. Le dije:

—China, ya llegué hasta acá, empújese dentro del barro.

—Doctor, no puedo, no tengo aliento.

—Véngase pa’cá.

—No puedo, me voy a morir.

—Pues todos nos vamos a morir algún día. Venga, venga.

—No puedo, no puedo. ¡No puedo!

Estaba bocabajo. Sus brazos salieron del lodo. Se puso las manos en la cabeza y se hundió ella misma. Me boté a cogerla. No pude. Se ahogó ella misma. No pude hacer nada.

Si esta vieja verraca pudo, pensé, si tuvo el valor para dejar de sufrir, yo tengo que poder. Lo que ella hizo me dio el motor para salir adelante.

Mi meta entonces era agarrar la tabla, echarla adelante y agarrar la otra y hacer lo mismo, como un camino. Pero la mano no me respondía. La intenté mover y sonaba fracturada. ¿Qué hago? Necesitaba ponerla en posición de agarre. Con la otra, me la puse encima y, tras, descargué sobre el hueso: crac, sonó esa vaina. Se me fueron las luces. Cuando se me pasó el dolor me paré en la primera tabla. Pun, una puntilla se me clavó en la planta del pie. Qué importa, me dije. Ya tengo que salir de acá, tengo que poder. Hasta mejor, grité, así no me resbalo. Por fin llegué a unos bultos de café. Me quité la tabla. Me paré en el primero y me resbalé. Al reincorporarme, pude saltar sobre los otros bultos, y me paré justo en el centro. Listo, estaba a punto de llegar a tierra firme. Listo, me salvé, pensé. Antes de llegar a la tierra, vi decenas de cadáveres. Todos grises. Eran como máscaras. Me senté ahí. Exhausto. Cuando escuché: “¡Ahí viene la otra avalancha!”.

—No sea güevón —grité. Toda la mañana en estas y ahora se viene la avalancha otra vez, pensé.

Pasaron como cinco minutos en los cuales yo esperaba el lodo. Pero nada. Ah, me dije, ya perdí cinco minutos, si me hubiera afanado, ya habría podido llegar a la tierra. Me metí y arranqué a correr. Empujé los cadáveres con las piernas. Me paré sobre ellos. Experimenté la sensación más inmunda que haya podido sentir. El frío de la muerte. ¡Hijueputa, llegué a tierra!

Vi una casa hundida. Corrí hacia ella y me trepé al tejado. Cuando llegué a la bajante, me lancé como en un rodadero. Caí de rabo en un pastizal. Suaz, sentí otro quemón y me miré los pies. Me había bajado un dedo. Alguna teja me lo mochó. No me importó. Era tal mi ansiedad que salí corriendo. Trepé una colina y del otro lado me encontré una escena como la de un leprocomio o un campo de concentración. Una cantidad de gente con la mirada perdida acurrucados en la cocina de una casa campesina. Todos sentados.

Era una mirada vacía, inexpresiva, sin sentimientos. Me dolió el pie. Les dije que me ayudaran a subir más, hasta donde estaban ellos. Solo se oía: ay, ay, ay. Una muchacha sentada, calladita, alzaba la cabeza y el cuero cabelludo se le iba hacia atrás, como una peluca. Comenzó a llover. Pude llegar por fin. Me senté al lado de ellos. El frío era tremendo. Tenía sed. Ya iba a ser la 1:00 de la tarde. Esperé como 20 minutos. Luego me levanté y seguí subiendo otra colina, hacia el cementerio de Armero. Cuando alcancé la cumbre, volví a ver colores. Pasé de una película blanco y negro a una tecnicolor. Y cuando atravesé la colina, encontré una calle y una tienda abierta. No había nadie. Entré a la tienda, en bola, cojeando. Vi que había una vitrina llena de liberales. Abrí varias gaseosas y me puse a comer bizcocho con gaseosa. Como cinco me empaqué. Miré la trastienda y vi una cama. Uy, dije, me voy a recostar a recuperar energía. Cogí una sábana verde clarito, me tapé y me dormí.

Escuché un ruido:

—Tío, tío, tío, aquí hay un güevón escondido, entre la cama.

—Mate a ese hijueputa sapo —gritó alguien desde fuera.

Saqué la cabeza, vi el cañón de un revolver apuntándome. Les grité:

—No, no, no.

—Mate a ese hijueputa —insistió el otro.

Me puse a llorar. A rogarles que no me hicieran nada. Ellos estaban robando y lo que les preocupaba era que yo los delatara.

—No me mate, yo no he hecho nada, yo qué voy a sapear. En ese momento entró el que estaba afuera. Lo miré.

—Yo a usted lo conozco —le dije.

— ¿Usted quién es?

—El doctor Gaitán.

— ¿Usted qué hace aquí?

—No, de paseo güevón, mire cómo estoy.

—Uy, doctor, usted me operó, yo le debo una. Fresco, doctor. Quite diai, quite, chino, que el doctor es buena gente. Fresco, doctor, ya vengo por usted. Espéreme tantico.

Apenas salieron, me fui a parar y, tun, me caí. No pude caminar. Me arrastré debajo de la cama. Me quedaban los pies por fuera. Pensé: ahora vuelven y me pegan un tiro.

A los 15 minutos regresaron.

—Venga, doc, no se esconda —me dijo al que conocía jalándome de los pies. Párese, párese, camine yo lo llevo adonde están los helicópteros. Pero donde me llegue a sapear, lo quiebro.

—Tranquilo, chino —le dije.

El tipo me empujó hasta afuera. Caminé despacito. Me llevó hasta una alambrada. Cuando pasé, me dijo:

— ¿Si puede, mi doctor? —viendo los helicópteros del otro lado.

—Fresco, sí, sí puedo. Ahí me tomaron una foto que salió en El Colombiano y que después alguien me mandó. Aparezco tapado con el chiro verde y el bluyín entre el tórax y el brazo. Eso era el mierdero más macho del mundo. Nadie me paraba bolas entre todos esos heridos. Cuando de pronto se me acercó Alfonso Peñalosa, un ganadero conocido del pueblo y le pregunté si había visto a mi familia. Él estaba buscando a la suya. “No, Juan, ni idea”, me dijo. Y se fue.

¿Y ahora qué hacía para subirme en el helicóptero?, pensé. Soy oficial retirado de la Fuerza Aérea. Así que les grité: “Soy oficial”.

—Uy, hermano, aquí hay un compañero, venga.

Me montaron al helicóptero. No podía creer como se veía todo abajo. Seguía preguntándome qué era lo que estaba viviendo. Nos bajaron en Mariquita. Empecé a escuchar gritos.

—Lávelos, lávelos con manguera —decían.

—No sean güevones —les grité—. ¿Acaso somos vacas o qué?

—Manguera, manguera.

—No, pónganos algo, yo soy médico.

—Ah, ¿usted es médico?

Me sacaron del grupo. Me lavaron como a un ser humano y al rato me dijeron:

—Doctor, se va para Bogotá.

—No —les dije—. Yo no me voy.

—Que se va.

—No, mi familia, mi familia.

Me subieron a la fuerza en una camilla. Llegamos al aeropuerto. Nos subieron a un avión. Nos abrazamos unos con otros entre los heridos para calentarnos. Cuando llegamos a Catam, a las 4:00 de la tarde, una turba de periodistas se puso en frente del avión a tomar fotos.

—Venga, pero ayúdenos a bajar —les grité. Mandé una patada.

—Qué pena, qué pena —dijo un periodista.

Nos subieron a una ambulancia. Bueno, pensé, me salvé. Cuando oí al conductor preguntándome:

— ¿A dónde quiere que lo lleve?

—Yo qué voy a saber. Pero pues lléveme a la San Rafael.

A las 6:00 de la tarde llegué a la clínica. Fui el primero que llegó. Los médicos no sabían qué era lo que había pasado. No sabían qué tipo de traumas eran. Si era por calor, por lava, por qué. No había información de ninguna clase. Y lo mismo otra vez. Una hora en un corredor hasta que tuve que decir que era médico para que me atendieran.

Me subieron a cirugía. Cuando desperté, al siguiente día, el 15, no sabía dónde estaba. Solo vi una cara que me decía: “denos un número pasa avisar de usted”

Juan Antonio Gaitán duró hospitalizado varias semanas sin saber muy bien qué había pasado. El viernes 15 de noviembre apareció un amigo gracias a un número que recordó en medio del estupor. Hacía cinco años no vivía en Colombia y había llegado para ver nacer a su primer hijo. El sábado 15 lo subieron a un cuarto para él solo. Allí comenzó a hacer un duelo que no podía comprender. Tenía el brazo engangrenado. Ese mismo sábado, en una radio que había dejado alguien encendida escuchó la voz de Juan Gossaín, director de Radio Sucesos RCN, decir lo siguiente:

—En este momento es evacuada la señora Marion Kemper de Gaitán con su hijo recién nacido, varón, es A+, favor tener a mano la ampolla de Rhesuman.

En efecto, él es A+, Marion, su esposa A-, y sabían que su hijo podía ser A+ y, en consecuencia, habría que ponerle el Rhesuman para bloquear la respuesta inmune por incompatibilidad de grupo. Él pensó que ella se había salvado. Nadie podía tener esa información de primera mano. Ese mismo día, su hermano lo encontró en el hospital. Luis Gaitán la buscó en Lérida. Nunca apareció. Ese sábado hubo tres partos en Lérida. El único que no apareció fue el del doctor Gaitán. Con el tiempo, un amigo suyo le contó que él había estado con Marion cuando iba a tener el bebé, pero que lo sacaron de la carpa cuando iba a comenzar el parto.

Hoy, 30 años después, Juan Antonio no ha podido saber de ellos. Su teoría o mejor su esperanza es que si su bebé está vivo hoy, y es un hombre de esa edad, ojalá haya podido tener una buena vida. Marion, a lo mejor, murió después de transmitida esa noticia y yace en alguna de las cientos de fosas comunes que hay en Armero. Quizá eso es lo más probable. Una mujer de 1,85 de estatura, mona, que solo hablaba alemán, era mucho más factible de encontrar por su tipología. Aunque, como me dice Juan, “en ese momento no era nada de eso, era gris”.

Juan Antonio vivió dos años buscándola por todas partes. Cuando salió del hospital, apenas si tenía con qué vivir. A los dos años recordó que su padre le decía que “uno a todo el mundo lo acompaña hasta el hueco, pero nunca se entierra con ellos”. Cuando no pudo más, después de haber sufrido el rechazo hasta en la propia Universidad Javeriana de donde se graduó y en donde no le dieron trabajo, acudió a la embajada de Alemania en Colombia, que le ayudó consiguiendo un empleo en Girardot. En esa época decidió que debía ir hasta Alemania, pues su última teoría le decía que su mujer, Marion, podía haberse ido del país sin querer saber nada de él debido al trauma.

“Los acompañé, los busqué. Fui a todas partes. Le pregunté hasta a Juan Gossaín, que me dijo que él solo leía papelitos que le pasaban. Mi amigo, el hijo de Noelito Díaz, me aseguró muchas veces que él la había visto en esa carpa. No sabía qué hacer. Hasta que me enteré de que un telegrama sin firma le había llegado a su familia en Dresde, diciendo que ella había sobrevivido. Así que tomé la decisión de ir de incógnito a Alemania. Llegué a Dresde a la 1:00 de la mañana, una hora en la cual suponía que, de estar viva, podría encontrármela.

“Me senté en la sala a hablar con sus padres hasta las 6:00 de la mañana. Les conté cómo había sido todo. Puse la cara. A las 7:00 de la mañana me despedí y ese mismo día regresé a Colombia. La mamá de Marion, la primera vez que salimos de Alemania, me había dicho lo siguiente: “Mire, Juan, yo a usted lo quiero mucho, pero ojalá nunca lo tenga que odiar, porque tengo el presentimiento de que nunca más voy a volver a ver a Marion”.

— ¿Se acuerda de lo que le dije, Juan? — me preguntó ese día de 1988 cuando salí de su casa.

—Sí —le contesté— y nunca más los volví a ver.

*El presente texto hace parte del libro El barro y el silencio, de Juan David Correa. Todos los derechos reservados.