Crónicas

Heker, la sabia de la tribu

Por Violeta Gorodischer   Foto Victoria Gesualdi

Revista Anfibia

Está sentada en una silla de madera, la cabeza gacha, los ojos cerrados, las manos entrelazadas en torno a la nuca. El saquito de hilo amarillo cuelga del respaldo y la lámpara de pie la ilumina en un tono ocre. En la mesa ratona de madera, amplia y despejada, cuatro tazas de café y una botella de Coca Light. La estufa está encendida y el aire se percibe denso, cargado de la adrenalina que precede a la exposición. Afuera Venezuela y Argentina se disputan las eliminatorias para el Mundial 2018 pero ninguno de los presentes lo menciona. En este departamento de San Telmo sólo se habla de enanos con jorobas, de cavernas y campamentos, de lagos misteriosos y esperas angustiosas. El hombre termina de leer su texto y entonces, recién entonces, Liliana Heker abre los ojos. A su alrededor los alumnos revisan los cuadernos con anotaciones. La consigna es la misma para todos: nadie está exento de la devolución. Una vez que cada uno dio su punto de vista, llega el turno de ella. “No me convence el final”, sentencia. “Este cuento es sobre la culpa. Yo sé que vos querés un final conmovedor, pero en esta historia el chico siente que lo mató y ahí está la fuerza. Vos tenés que transmitir eso”. El tono es dulce, agradable. El mensaje contundente. No hay lugar para mucho más.

Más de cincuenta años atrás Liliana Heker no hablaba como ahora pero escuchaba con la misma atención. Apenas pisaba los 16 y ya se sentaba a la mesa con Abelardo Castillo en las míticas reuniones de El Grillo de Papel, que se hacían en Los Angelitos. Y con Humberto Costantini. Y con Roberto Santoro, entre otros miembros de la revista. Sin pensarlo mucho se había animado a escribirle una carta a Abelardo, con un poema de su autoría. La respuesta se hizo célebre: “El poema es pésimo, pero por la carta se nota que sos una escritora”. Abelardo la citó en Las Violetas, hojeó el cuaderno Rivadavia que Liliana había llevado y le habló de unas cuantas cosas. La Cuestión Judía. El significado ideológico de la discriminación. La influencia de William Saroyan en sus escritos. La necesidad de debatir las ideas. Ese mismo día, la invitó a formar parte de la revista. Liliana dijo que sí, y durante los 57 años que siguieron, nunca dejaron de verse.

Se juntaban semanalmente, pasara lo que pasara. Las del Grillo eran reuniones cargadas de discusión y testosterona, un despliegue de competencias ideológico-literarias que encontraban a Heker sentada a la mesa con los machos de la literatura local, los ojos muy abiertos, siempre en silencio. Ella, que todavía cursaba materias en la carrera de Física, escuchaba porque quería aprender: de Camus, de Kafka, de literatura argentina. “Yo sólo había leído a Martínez Estrada y a los poetas del Pan Duro”, recuerda desde el bar iniciático donde Castillo la citó por primera vez. A Gelman lo había descubierto en un campamento del club Hebraica, cuando una compañera, más tarde desaparecida, se lo leyó a la luz de la linterna en la intimidad de la carpa. “Pero no sabía nada de los clásicos, ni de nada, mis lecturas eran muy atolondradas”, dice. Por eso, apenas terminaba las reuniones, la adolescente corría a la librería El Fiorentino para llevarse todo lo que hubiera de los autores imprescindibles. De Sartre a Arlt, los libreros de la época la fueron orientando.

Con el tiempo llegó a ser secretaria de redacción de la revista y cuando el gobierno de Arturo Frondizi la cerró por considerarla una publicación de izquierda, ella y Castillo fundaron la mítica El escarabajo de oro, para la cual Heker misma se ocupó de conseguir la imprenta. Fue cuando sintió que por fin había llegado a “su lugar”. De a poco, la publicación fue apuntando a una fuerte proyección latinoamericana y el nombre Liliana Heker comenzó a asociarse a la imagen de una crítica implacable, curtida en el ámbito del debate y la contienda. Quienes no la conocían se sorprendían al verla: “Como mi apellido suena alemán y mis críticas eran muy duras, se producía una especie de decepción cuando me veían por primera vez porque me imaginaban como una valquiria”, se ríe. Pero ella era peticita, como ahora, y tenía incluso aspecto de nena. “Nunca me voy a olvidar de la cara de David Viñas cuando me conoció. Yo había hecho una crítica durísima de Dar la cara en El Escarabajo y en esa época David estaba muy hemingweiano, acostumbrado a arreglar todo a las piñas. Cuando me vio no sabía qué hacer. Yo tenía 19 años en ese momento”.

Algo de ese espíritu belicoso de los ‘60 se mantiene ahora en sus talleres, aunque con más suavidad, tal vez por la idea formativa que sobrevuela cada encuentro. Heker coordina tres grupos (de ocho personas cada uno) tres veces por semana, en una sala de su casa. Debatir y criticar son consignas obligatorias de este espacio. ¿Qué hace si percibe mala leche en el aire? “La invitación a retirarse no se hace esperar”.

En sus sillones color beige se han sentado, martes tras martes, año tras año, Samanta Schweblin, Pablo Ramos, Guillermo Martínez, Romina Doval. La lista sigue creciendo y Heker sonríe condescendiente cuando hoy alguno la llama con eso de “quiero ser escritor”. Y los llamados, por estos días, son más frecuentes que antes. Es que sus ex alumnos, devenidos figuras del star system literario, aluden a ella cada vez que pueden: con proyección internacional y luego de haber ganado varios premios, por ejemplo, Schweblin prologó el año pasado los Cuentos Reunidos de Heker que publicó Alfaguara, ponderando su tarea como escritora pero también, tal vez incluso por encima de eso, su rol como tallerista. Su recuerdo más pregnante de aquella época lo transmite por mail, desde Berlín: “Me acuerdo que estaba muy nerviosa en mi primera sesión, y había preparado unos brownis de chocolate para hacer unos puntitos. Cuando Liliana me vio llegar con la bandeja se horrorizó. ‘Acá cuando se trabaja no se come’, me dijo. Mi fuente quedó en la otra punta de la habitación. Los brownis todavía estaban tibios y el perfume a chocolate nos torturó a todos durante las casi cuatro horas de taller. Sólo al final, cuando se había hablado hasta del último punto del último texto que trabajamos, Liliana trajo la fuente y la dejó sobre la mesa”. En Alemania, Schweblin también dicta talleres. Todo lo que hace, dice, lo tomó de Heker. “Es el punto en el que más cerca me siento de ella. Gran parte de lo que enseño en mis talleres lo aprendí con Liliana, es una tradición particular, un modo de trabajar y de leerse”.

La escritora y periodista María Eugenia Ludueña, que trabajó en el marco de esas clases su libro Laura, sobre la hija de Estela de Carlotto, como si fuera una novela, recuerda su paso por el departamento de San Telmo con una mezcla de gratitud y nostalgia. Con un libro de cuentos recién salido de imprenta (El mundo no necesita más canciones), menciona la efectividad del “método Heker” basado en el rigor, la técnica y el análisis: “En su visión, parte del oficio de escribir es reescribir, con lo cual uno podía llevar diez versiones del mismo cuento”. Ludueña también habla de ceremonia, de silencios absolutos mientras los compañeros leían, de un oído particular, la sensación del “trance literario” y Liliana Heker como una suerte de gurú de las letras argentinas. “Ella crea una comunidad a partir de la literatura”, sintetiza.

“Yo aprendí en su taller que mi destino de escritor era valioso, que era respetable y que debía ser respetado por mí. Llevar la vanidad al mínimo posible para poder trabajar; Liliana me ordenó, me orientó, me hizo ver la posibilidad concreta de que yo podía ser escritor”, cuenta por su parte Pablo Ramos, que llegó a esas clases en el contexto de una internación por alcoholismo. Cuando habla de ella, su discurso se vuelve espiritual. “Pablo, a vos te salva la literatura o no te salva nada”, le dijo una vez Liliana, casi como una epifanía. Y él tomó la frase al pie de la letra. “En la cárcel de Caseros yo había leído “Don Juan de la Casablanca”. Caí ahí, en su casa, por recomendación de Castillo. A veces me acompañaba El Gitano, un compañero de internación, Liliana lo hacía quedarse en el estudio de su marido. Yo no tenía absolutamente nada. No tenía una orientación, no sabía qué quería de mi vida”, recuerda Ramos, y se entusiasma: “Liliana es una persona de una honestidad intelectual increíble, que se pone feliz cuando alguien escribe bien. Ahí uno aprende a cortar caminos.”

No es Ramos el único hombre que quedó cautivado con “Don Juan de la Casablanca”, aquel cuento icónico sobre la noche interminable de una mujer que convive con un alcohólico e intenta aferrarse a ese instante en que todo parece a punto de encauzarse, hasta que deja de parecerlo. “Vos me conocés”, le dijo Ernesto por teléfono mientras lo leía. “Estás hablando de mí”.

Ernesto es Ernesto Imas, el hombre que la acompaña desde hace 34 años, el nombre que se repite en cada encuentro, el que le abre la puerta a los alumnos e intercambia con ellos chistes y comentarios, el que juega con ella al tenis más de tres veces por semana en el Darling Club, aquel a quien Liliana Heker dedicó su obra reunida por considerarlo” su más bella aventura y su remanso”. “Ese cuento me tocó mucho en lo personal porque yo soy alcohólico”, detalla hoy, cristalinos ojos celestes y camisa de jean, un domingo lluvioso, entre cafés y masitas, en el estudio donde Liliana escribe. El relato de cómo nació el amor está a cargo de él: ella había llegado a su inmobiliaria buscando un departamento, a pura sonrisa y desparpajo, acompañada por otro vendedor. Ernesto quedó obnubilado. Consiguió su teléfono, la llamó y le dijo que había conseguido exactamente lo que ella buscaba. A los diez minutos, volvió a sonar el teléfono: “Es mentira -dijo Ernesto- No tengo ningún departamento pero me encantaron tus ojos. ¿Vamos a tomar un café?”.

Junto a la computadora hay un atril con las páginas que Liliana transcribe en la corrección. Los dos gatos, Brando y Praskovia, se han escondido con el revuelo, pero los dueños aseguran que Praskovia es una presencia omnipresente en los ratos de escritura, sentada sobre la impresora que la abraza con su calorcito. Hay una pequeña palmera. Y libros, muchos libros en la biblioteca de pared a pared. También una vitrina con originales de El escarabajo, el Grillo de papel y El Ornitorrinco, la última revista que Heker llevó adelante con Abelardo y Sylvia Iparraguirre, su mujer. Y un retrato enorme de Ernesto, que en la crisis del 2001 renunció a la inmobiliaria para dedicarse a la actuación. En los estantes, entre imágenes de sobrinos nietos y adornitos, la foto del civil: ella de mono color salmón, el de traje y barba candado. Abelardo Castillo y Sylvia Iparraguirre habían sido los testigos del casamiento, pero también de la historia que los unió. “Ustedes parecen la Yolanda Luján”, los cargaba Iparraguirre en alusión a la telenovela protagonizada por Verónica Castro. Y es que Ernesto, pese a su arrebato, ya tenía tres matrimonios, el último aún en proceso de disolverse y con hijos en el medio… “Pero a mí nadie nunca me dejó”, interrumpe Liliana. “Así que lo llamé a la inmobiliaria donde él trabajaba y le dije: ‘¿Ernesto? Habla Liliana Heker. Me debés un café y una explicación. Te invito a almorzar’”. El resto es historia.

Ser mujer nunca fue un problema para ella. Liliana era la única chica en la banda de machotes literatos y siempre trae a colación la misma imagen: “A la mesa se sentaban los escritores, las novias de los escritores, y yo”. Pero no, el género nunca fue una cuestión. Desde que empezó a escribir, Liliana Heker reniega de términos como “literatura femenina”. La suya es una toma de posición de otro tiempo (¿o no tanto?): aquel en que la adjetivación “femenina” implicaba una mirada devaluada del asunto en cuestión.

“Yo tomé conciencia de que ser mujer y ser escritora era un conflicto cuando me vinieron a hacer una entrevista de un suplemento y me preguntaron qué escriben las mujeres, qué leen las mujeres. Me agarró una furia terrible, me sentía un chimpancé. ¿Si yo no puedo dar cuenta de mí misma cómo iba a dar cuenta de todas las mujeres? ¿Quién le iba a preguntar un hombre cómo escriben o leen los hombres?”, recuerda con indignación. En los años 60, además, lo que el mercado daba en llamar “literatura femenina” giraba en torno a tres nombres claros: Silvina Bullrich, Beatriz Guido y Marta Lynch. “Beatriz Guido era una escritora notable, Marta Lynch quería figurar y tuvo una trayectoria bastante lamentable, porque empezó como radical, siguió gritando “Viva Perón” y terminó colaborando con Massera. Y Silvina Bullrich era una escritora de best seller”, explica Liliana.

“A mí me avergonzaba ese grupo. Yo no pertenecía a eso. Porque además, entre ellas, entraban en lo que se consideraba “el Eterno Femenino”: se criticaban y al mismo tiempo se besaban en público, se cuestionaban la edad, la ocultaban, competían a ver quién era más aristocrática que la otra cuando, en realidad, eran todas mantenidas. Yo pertenecía a una pequeña burguesía, como la mayoría de los escritores de mi generación”. El resultado fue su célebre ensayo “Las hermanas de Shakespeare”, donde enfatiza el rechazo a esa etiqueta. “Lo femenino y lo masculino son categorías estáticas: existen por definición. Entre estas categorías rígidas -vacías- hay intersticios, zonas de intersección, superposiciones y nebulosas: entre una y otra, digamos, está la realidad. Lo revulsivo -y la literatura contribuye a ello- es iluminar estas zonas de indefinición, cuestionar la rigidez, la cristalización de ambas definiciones. Pero no me parece que agregar otra cristalización, la de la “literatura femenina” sirva de mucho”, escribió en ese entonces. “Que un hombre cada cien mujeres o una mujer cada mil hombres elija escribir, que el tres o el noventa y cinco por ciento de cada grupo lo haga bellamente, son meras cuestiones estadísticas. No hay, en el territorio de la literatura, ni fatalidad social ni fatalidad biológica. Todo escritor ha elegido su oficio; debe entonces responder por esa elección.”

Pero… ¿el machismo? ¿Es posible que nunca haya vivido esa segregación, desvalorización, esa objetuación que prolifera ahí donde los hombres son mayoría, cofradía, y arman una suerte de sistema? “Mi generación, Ricardo Piglia, Miguel Briante, era una generación potente, y la verdad es que ellos desdeñaban mis temas. Se sentían portadores de la violencia”, admite Liliana. Un día, charlando con Abelardo, Heker le dijo que estaba harta. “¿Y por qué no escribís sobre un boxeador?”. Liliana no se inmutó con la respuesta. No se ofendió, no se indignó. Es más: se puso a ver peleas, a escuchar radio, investigó cómo los escritores saben hacerlo antes de abordar una historia y así se fue metiendo en ese mundo que derivó en el cuento “Los que vieron la zarza”, parte del libro titulado de igual forma que fue mención Casa de las Américas del año 1966.

Un boxeador en decadencia, una familia en vilo, la violencia contenida, los triunfos del pasado y la espera como un hilo conductor hacia la nada. Fue el único libro del grupo que llegó al Casa de las Américas. “No es que me hayan respetado más por eso, pero bueno, para mí es importante haberlo escrito”, dice con una sonrisa, y no ahonda mucho más.

“Sus temas” eran, básicamente, la infancia o la adolescencia. Y los resquicios, las grietas que se cuelan en la vida cotidiana observada desde esa perspectiva. ¿Algunos ejemplos? “La fiesta ajena” y el fin de la ingenuidad cuando la diferencia de clases sociales irrumpe en un cumpleaños. “Los juegos” y la elaboración de una voz narrativa agobiada por los mandatos de la niñez. “Las amigas” y la traición contada por la nena que observa cómo pierde a su compañera de banco. “Berkeley o Mariana del Universo”, donde la hermana mayor martiriza a la menor haciéndole creer que nada existe, que absolutamente todo, incluso la madre y ella misma, son un invento de su cabeza. “Los chicos tienen los mismos conflictos que los adultos pero sin atenuantes: no tienen el colchón del conocimiento de la vida ni cuentan con la hipocresía; tienen virtudes y defectos, pueden ser especulativos, tiernos, sensibles, crueles, insensibles; todo en crudo, por eso a mí me fascina tanto la infancia”, declaraba Liliana algún tiempo atrás en el diario Página 12. Por eso no sorprende que sus temas siempre hayan estado, sigan estando, ahí. “Sólo que ahora nadie me lo cuestiona”, susurra.

Más allá de la anécdota, lo cierto es que su fortaleza venía de otro lado. “Yo sabía que haciendo crítica y polemizando era suficiente”, dice. Por eso sus intervenciones eran tan feroces. No la tomó de sorpresa, en 1996, el debate que circuló en torno a su novela El fin de la historia, en la que cuenta la historia de una ex integrante de la cúpula de Montoneros que colabora con los militares después de haber sido torturada. Una escritora, compañera de adolescencia y de los primeros tramos de militancia de la protagonista, es quien intenta reconstruir su historia. “Me interesaba señalar ciertas contradicciones que puede haber, sobre todo en ciertos militantes de jerarquía. Las hubo en Montoneros y en muchos movimientos”, plantea Heker desde La Poesía, otro bar que fue sede de la militancia y que hoy, a una cuadra de su departamento, define como su segunda casa.

-A mí me movilizó enterarme de esas contradicciones. A uno le gustaría que todo militante fuera irreprochable, pero no es así. Me interesaba un personaje en particular, yo no escribí sobre los montoneros en general-.

Las críticas fueron escalando. En La voz del interior, Héctor Schmucler habló de traición y la acusó de convertir la tragedia en divertimento literario. Graciela Daleo, por su parte, se ensañó con ella por haber focalizado en aquellos a quienes quebró el terror, muy cerca, según su punto de vista, de la teoría de los dos demonios. Heker no se amedrentó. Contestó y contestó las veces que fueron necesarias. “Siempre supe que esa novela iba a ser polémica. Se lo dije a Daleo, que había sido montonera y me criticó: para decir verdades consensuadas no hace falta escribir una novela”. No se sintió afectada en lo personal, porque es un territorio donde se mueve cómoda. Para ella no hay nada que esquivar si se tiene en claro lo que se quiere decir. “Me interesa la polémica, las he mantenido desde muy joven, nadie mata ni muere en una polémica, hay una confrontación de ideas, uno no polemiza con su enemigo. Creo enormemente en la discusión. La discusión fue para mí un acto de vida en medio de tanta muerte”.

Y aunque a la hora de señalar el punto dónde dieron las balas sólo menciona a su querido Julio Cortázar y el intercambio de ideas que tuvieron mientras él estuvo en París aludiendo ser “un exiliado político” pese a haberse ido en el ’51, el tono se vuelve sombrío, tirando a escueto, al mencionar a Humberto Costantini. “Publicó un texto muy ofensivo contra mí y contra Abelardo. Cuando Humberto estaba muriendo, Abelardo fue a verlo, pero yo nunca volví a acercarme. Fue muy agraviante lo que dijo, Cacho fue un tipo al que quise mucho, pero para mí el exilio le hizo muy mal, creo que enloqueció un poco. Pensó que al regresar todo iba a estar bien, pero la realidad era muy complicada aún, y muchas heridas no se habían cerrado”.

Resulta difícil encontrar voces de aquella época para complementar el relato. Ni Piglia, ni Briante, ni Costantini, ni Viñas están vivos. Tampoco Abelardo, que falleció hace meses y por quien Liliana aún está duelando. “Fue un privilegio ser parte de esa generación, pero lo cierto es que me quedo muy sola en este momento. Empecé muy joven, y todo eso que fue El escarabajo terminó. Murió Ricardo (Piglia), Briante murió muy tempranamente, murió Blaisten y la muerte de Abelardo lo culminó. Es fuerte. Me quedo sin poder compartir”, dice mientras revuelve el cafecito, los ojos empañados de nostalgia.

“Lo estoy viviendo por primera vez, que la gente que uno quiere se va muriendo, a lo mejor me voy a morir yo también. Es algo que nunca me había planteado. Eran mis amigos. De esa época, no me quedan interlocutores. Soy la depositaria de una historia que… O bueno, no sé, a lo mejor es una impresión. Se me acentuó con la muerte de Abelardo, 57 años de amistad, muchas cosas compartidas. Me quedé sin “el” interlocutor por excelencia, y eso es fuerte. Una manera del humor, una forma de discutir. Yo con él discutí como no discutí con nadie. Esa amistad de tantos años, no está más”.

Hay dos personas con las que Liliana todavía habla de literatura. Una es Silvia Iparaguirre, que prefiere la reserva en pleno duelo por la muerte de Castillo. La otra es la poeta Irene Gruss, quien corrigió muchos de sus textos y entabló con ella un vínculo personal. “La vi por primera vez en las reuniones de El escarabajo de oro. Yo siempre desde un rinconcito-cuenta-. Tenía (tiene) una mirada que me daba terror. La admiraba no sólo por todo lo que había leído y yo no; era y es una fiera cuando discutía y argumentaba. Yo había leído algo de Liliana antes de conocerla. Creo que hubo una conexión inmediata en su modo de mostrar en los cuentos, por ejemplo, las fantasías o el terror de una nena. Eso no lo había visto nunca; me impresionó no sólo la originalidad sino cómo se metía en el pellejo y en el lenguaje del personaje”.

Hoy, Liliana consulta con ella los títulos y los proyectos de cuento o novela. “Tuve el honor de corregir Zona de clivaje y El fin de la historia, para Alfaguara. Ahí se creó un vínculo hermoso”, detalla Gruss, quien la considera un referente imprescindible. De hecho, ha titulado uno de sus poemas con un texto suyo: Era lo que Diana más temía, que la realidad irrumpiera. “Zona de clivaje me la sé prácticamente de memoria y me la digo cual cantinela necesaria. Su trabajo contra la autocompasión es magistral. El sentido del humor también es un lazo fortísimo”. Una anécdota las hermana y es la que ambas repiten en cuanta ocasión se presenta: Liliana siempre presentaba a Irene como “la poeta peor hablada”, cosa que, sacando lo de poeta, dice Irene, es así. En la corrección, Irene le ponía notas al margen respecto de una coma o alguna repetición y en una de esas notas, cuando Liliana repetía el error por milésima vez, ella puso: “La concha de la lora, eliminar coma”. “Me llama Liliana desesperada y pregunta: ‘Irene, ¿cómo, dónde va eso de la concha de la lora?’ Lo tomó literalmente. Es el día de hoy que nos reímos de eso”.

Heker dio su primer taller en 1978, cuando los escritores jóvenes se habían quedado sin lugares dónde reunirse y “cada uno trabajaba de lo que podía”. A ella la llamaron del teatro IFT para coordinar un taller de narrativa y no lo dudó. Tenía ocho inscriptos: siete varones y una sola chica. Lo repitió al año siguiente y luego siguió en su casa hasta el día de hoy. Desde entonces, sólo interrumpió sus clases en el ‘94 para escribir El fin de la historia, que le llevó dos años, y en el 2009, “porque estar tan metida en tantos textos de otros me chupaba mucha energía creadora”. Como si una actividad le quitara fuerza a la otra, escritora y tallerista en una suerte de contienda personal. Desde la publicación de La crueldad de la vida, en 2001, Liliana Heker no había vuelto a escribir porque no podía terminar ninguna ficción.

“Me tomé un año sabático aprovechando que me habían invitado a la universidad de Virginia y recién entonces pude arrancar y terminar La muerte de Dios. Luego volví a los talleres”.

La entrega, coinciden todos sus alumnos, es una de sus cualidades más notorias. Ella misma lo reconoce así: “No es algo que yo me proponga- se justifica-. Si alguien viene al taller y quiere ser escritor mi compromiso es muy grande, no puedo estar a medias. Le voy a dar todo lo que puedo darle”.

El presente la encuentra con sus tres grupos y algunos proyectos literarios de los que no quiere hablar, por ahora, más que de forma provisoria: “Todo lo que es -o va a ser- ficción (algunos cuentos, una hipotética novela, ideas de algo distinto que se mueve en la bruma) se mantiene en un inquietante y promisorio estado de caos del que no estoy dispuesta a sacarlo. Lo menos incierto es un proyecto de no ficción: La trastienda de la escritura, que algún día voy a terminar”, dice. Habrá que ver, cuando llegue ese día, cómo resuelve la ecuación entre el taller y su propia escritura, aunque el mentado multitasking no parece ser parte de su naturaleza. Lo sabe ella, lo saben sus alumnos: “Cada devolución que hace Liliana es una entrega espiritual, corporal, mental. Es como la sabia de la tribu”, resume Ludueña. La última sabia, tal vez. La de una tribu que se ha quedado sin miembros.