Crónicas

Hafez: Irán y la poesía

Por Marcos Bonilla

Revista Arcadia

Hace calor en Shiraz. La luz de la hora dorada golpea el bazar y se filtra por entre las claraboyas. El mercurio de los termómetros bulle con las altas temperaturas, que rompen la barrera de los cincuenta grados centígrados; pero la agitación en el ambiente obedece a razones menos atmosféricas que políticas. Aquella mañana, en un acto inédito en la tranquila Irán, militantes del autoproclamado Estado Islámico han irrumpido en el Congreso y en el mausoleo del imán Jomeini dejando una decena de cadáveres a su paso.

Shiraz, capital cultural de Irán, conocida como la ciudad del vino, el opio, las rosas y las luciérnagas, está vacía. Ni un alma en sus mezquitas de colores ni en el bullicioso bazar. La gente se ha ido temprano a sus casas. El único lugar que se encuentra ocupado, y a tope, es la tumba de Hafez (1325-1389), el más grande de los poetas persas, un verdadero héroe nacional.

Quien es convidado a compartir el reino de la intimidad doméstica, inmediatamente nota que en cada casa iraní hay dos libros: el Corán y los poemas de Hafez. Y es que en la meseta iraní es tan importante la fe islámica como la poesía. Los iraníes aman la poesía y Hafez es su símbolo nacional, un común denominador, un santo y seña. Aquel poeta que representa las ricas complejidades de la sociedad iraní. Sus poemas, brillantes metáforas sobre lo sagrado y lo profano, amalgaman una sociedad esencialmente diversa. Durante el Nowruz, el año nuevo persa, las familias kurdas, turcas, afganas y persas se reúnen, abren un libro de Hafez en una página aleatoria y leen el poema, en el que creen encontrarán indicaciones sobre el año por venir.

Hagiografía de Hafez

“No sé quién habita en el interior de mi corazón cansado, apagado estoy yo,

pero él, en gritos y alborotado”.

- Hafez

Hafez vivió en una época muy convulsa de Persia. Las invasiones árabes habían arrasado con el Imperio persa sasánida y la sociedad recientemente islamizada tuvo que vérselas con las invasiones turcas y mongolas. El califato abasí se encontraba en sus cenizas; la vida era frágil y una sensación de milenarismo apocalíptico cundía por cada valle y cordillera entre el mar Caspio y el golfo Pérsico.

Muy pocos detalles se conocen de la vida de Hafez, cuyo verdadero nombre es Shams al-din Mohammad. Probablemente nació en 1325 en Shiraz, ciudad de la que se separó en contadas ocasiones y en la que vería su último atardecer. Se cree que vivió una infancia precaria debido a la pérdida temprana de su padre. Aun así logró obtener una educación en una escuela coránica donde aprendió el árabe, dominó el persa y aprendió de memoria el Corán (el sobrenombre Hafez es un título dado en las madrasas a quienes llevan el santo libro en el corazón). También entró en contacto con la poesía de Rumi, Saadi, Farid ud-Din y Nizami. Por la belleza de sus versos algunos monarcas lo apoyaron; ellos, desde Bagdad hasta la India, se peleaban por ampararlo con su mecenazgo. Pero, dadas sus opiniones políticas, otros lo repudiaron y lo persiguieron.

Los detalles biográficos se confunden con las leyendas. Sus seguidores afirman que a los sesenta años llevó a cabo una vigilia de cuarenta días en el desierto, sentándose sobre un círculo de arena que él mismo trazó. La última noche, bajo el efecto del vino, se dice que se unió a la “conciencia cósmica”, episodio que trasluce en algunas de sus piezas.

Seiscientos años después de su muerte (1389), su presencia resuena en la sensibilidad nacional, en su cine, su literatura, su arquitectura y sus artes escénicas. Su carácter fundacional –la poesía en farsi existía desde hacía siglos, pero en Hafez parece resonar una expresividad propiamente persa– lo equipara con Shakespeare, Cervantes, Rabelais o Pushkin.

Su colección de poemas, conocida como Diván, consiste en 693 piezas, de las cuales 573 tienen una estructura similar al soneto. Por su riqueza semiótica y su musicalidad, es la joya en el tesoro de la poética persa. Goethe, Henry David Thoreau, Ralph Waldo Emerson y Friedrich Engels admiraron, encontraron inspiración y ahondaron en las profundidades de su significado.

Cada uno de sus poemas, que adopta la forma paradigmática del gazal, está cargado de un mensaje que habla del ser humano como el más grande de los tesoros y de la nobleza innata del alma humana. En esta forma exaltada de lírica, el amor sensual se confunde con la experiencia mística de unión con Dios, de disolución del yo en una totalidad universal.

Como místico sufí, Hafez considera el alma humana de esencia divina, capaz de conquistar los elementos agónicos de su propia naturaleza. Se trata de versos que no dejan indiferente ni al más rabioso de los agnósticos. En su poesía encontramos todas las luchas internas, las penas, las alegrías y las esperanzas de la especie humana. Es una poesía que genera una empatía inmediata, que se salda con poderosas imágenes que se quedan en la mente para siempre.

Por esas resonancias dentro del alma humana, su obra desbordó los límites de Irán y su influencia ha alcanzado las lejanas tierras de Bengala, Asia Central, Cachemira, los países árabes y el áfrica subsahariana. Hafez forma parte, junto con Rumi y Basho, del pequeño grupo de poetas asiáticos que han entrado en las listas de libros más vendidos en Europa y Estados Unidos. Y el mundo de habla persa (principalmente Afganistán e Irán) está cargado de dichos y proverbios extraídos directamente de sus versos.

Peregrinaciones literarias

“El día inicial emergió en epifanía la luz de tu belleza. Se reveló el amor y prendió fuego al mundo entero”.

- Hafez

Su fe en la existencia y pureza del alma humana explica su vigencia a pesar de los siglos y la copiosa presencia de seguidores en su tumba aquel caluroso y tenso día de junio. Ante su sarcófago, los iraníes venidos de todos los rincones del país practican una forma muy particular de turismo literario. Visitar y rendir homenaje a los grandes poetas del pasado es parte importante de la industria turística doméstica.

Los jardines Musalla y el mausoleo de Hafez, en la parte norte de Shiraz, más allá del río Ruknabad, fueron construidos en 1773, durante el reinado de Karim Khan Zand, y reformados en la década de los treinta por orden del Ministerio de Educación. En ellos, los peregrinos encuentran solaz ante la pesada realidad de la política.

Mientras el sol desaparece en el cielo, la atmósfera dentro del mausoleo se hace más y más festiva. La tumba de Hafez está rodeada de un jardín inmaculado en el que descollan las fuentes de agua, y los naranjos y rosales inundan el aire con un aroma dulzón. Las fuentes en el patio central, un elemento esencial en todo jardín persa, le dan a la escena un aire orientalista, como salido de un cuadro de Jean-Léon Gérôme.

A media distancia algunas parejas jóvenes, bajo la complicidad de los árboles y amparados por la espesa oscuridad de una noche de verano, se dicen palabras dulces, robándole a la república islámica un momento de semiclandestinidad y de inusitado romanticismo. Los niños sumergen los pies en las fuentes de agua, contagiando a todos con su alegría y espontaneidad. Una imagen cercana al paraíso; una imagen que lleva consigo las paradojas de la sociedad iraní.

El sarcófago de Hafez está en el centro del jardín, bajo un modesto domo soportado por un conjunto de veinte columnas y decorado profusamente con motivos shirazíes. A su totalidad marmórea se acercan uno a uno los peregrinos, quienes ubican con suavidad los dedos sobre la piedra mientras recitan sus poemas. Los amigos y las parejas  de enamorados se comparten, a media voz, sus versos más románticos. Algunos parecen hablarle a la tumba. Los más devotos ven en su Diván el supremo Fal Nama, o libro de adivinación para predecir el futuro.

A unos veinte metros del sarcófago, protegido por la penumbra, un hombre atiende a una pareja a punto de casarse; el hombre sostiene una edición completa del Diván, un voluminoso volumen forrado en cuero. Es uno de los pocos oráculos a quienes se les permite trabajar en el lugar, convirtiendo los poemas de Hafez en sortilegios, augurios y premoniciones. La pareja parece ansiosa. El hombre abre el libro y, poniendo un dedo de la mano izquierda en la página que el azar ha seleccionado, lee el poema en voz alta. La pareja, con una expresión de tranquilidad en los rostros, se aleja después de pagar al hombre con unos arrugados billetes que tienen el rostro del ayatola Jomeini.

El ambiente es intoxicante: los corazones inflamados con la poesía de un autor de 700 años de antigüedad. Una peregrinación literaria en el sentido pleno de la expresión, un verdadero culto al poeta en las entrañas de la teocracia iraní. Los iraníes no sueñan con visitar La Meca; su idea de peregrinación es otra.

Poesía y clarividencia

“Un ruiseñor con su sangre hizo crecer una rosa, mas el viento de los celos

cien espinas le clavó”.

-Hafez

En la periferia del mausoleo, de forma no oficial, trabaja Afshar Hazhir*, un veterano de guerra convertido en vehículo de las artes adivinatorias poéticas que los iraníes atribuyen a Hafez. Con la ayuda de dos periquitos que sacan sus poemas de una caja de madera, Afshar y sus pajaritos sirven de vínculo entre los iraníes y el bardo.

Afshar es uno de esos hombres que portan esa delicadeza típicamente persa, con unos rasgos dulces, acentuados por una barba de pocos días. Luchó desde las trincheras en la guerra contra Irak entre 1985 y 1988. Antes de la revolución islámica había sido profesor de literatura en un colegio de Qalat, a pocos kilómetros de Shiraz. Como era comunista y ateo, la revolución lo convirtió en enemigo del islam. Un compañero lo acusó falsamente de actividades contrarrevolucionarias y fue encarcelado por algunos meses. Pero, como parte de la reserva del Ejército, fue reclutado y puesto en el frente, dentro de territorio iraquí. Un agnóstico luchando a muerte en nombre de una teocracia.

“En mi compañía había quince personas, solo sobrevivimos tres. Después de la guerra me fue difícil encontrar trabajo, pero como conocía la obra de Hafez como las huellas de la cara visible de la luna, decidí comprar dos pajaritos y vivir de sus poemas”. Resultaba incomprensible cómo alguien surgido de lo más profundo de Irán había crecido sin religión. La explicación era bien sencilla: sus padres no le habían dado educación religiosa, no lo habían llevado a la mezquita, no lo obligaban a ayunar en el mes santo de ramadán. “Yo no tenía fe religiosa –afirma mientras sus periquillos se mueven merced a ínfimas corrientes de aire–. Apenas comprendía los rituales chiíes. A los doce años tuve una profunda crisis de fe que fue reparada por mi padre, quien siempre tuvo ideales socialistas y seculares. En mi familia la revolución reemplazó a la religión como idea vivificadora. En casa tan solo dos libros eran indispensables: El manifiesto comunista y el Diván de Hafez”.

Después de la guerra le fue imposible conseguir trabajo. Parecía un apestado. Era un héroe de guerra, pero en Irán los héroes que gozan de reconocimiento están muertos y representados en cada calle y escuela del país que lleva el nombre de uno de sus miles de mártires. Era un héroe inservible para los objetivos de la revolución y quien había estado en prisión por comunista. Recorrió decenas de colegios públicos y privados, pero todos parecían saber de sus actividades prerrevolucionarias. 

Finalmente tuvo una revelación. Con los pocos ahorros que conservaba compró un par de periquitos en el mercado de aves de Shiraz. Durante meses los amaestró para que extrajeran los poemas de Hafez de una cajita lacada, pintada con una rosa con sus tallos enroscados sobre sí mismos. La clave estaba en dejarlos sin comida toda la mañana; así picotean con más decisión los sobres de papel de color.

Mientras Afshar extiende sus recuerdos como las cartas de una baraja sobre una mesa, una azafata regordeta, con las huellas de una rinoplastia recientemente realizada, se acerca a Afshar con un gesto de inquietud profunda marcado en el rostro. Camina sin mirar a nadie, de forma un poco forzada, embutida en un pantalón color pastel. Lleva el velo suelto, dejando ver los hombros con un descuido provocador. La mujer le paga a Afshar con un par de billetes. Uno de los pajaritos, cuyas plumas amarillas brillan bajo la luz de las farolas, baja el pico y se aferra firmemente a un sobre azulado que contiene un poema. La mujer le pide a Afshar que lo lea en voz alta.

El poema resultó ser “el Regalo”. La mujer no formula su inquietud a Afshar, se supone que la pregunta que se le formule a Hafez debe permanecer en secreto. El hombre de los pajaritos lee el poema en un farsi que a mí me suena a una lejana melodía. La mujer parece satisfecha y se despide antes de ser engullida por la espesa oscuridad de la noche iraní.

El calor de junio no ha cesado a pesar de lo avanzado de la noche. El aire está lleno de polvo, el viento barre los flancos de los montes Zagros y los arroja incesantemente sobre Shiraz. Acostumbrado al aire pesado de las ciudades iraníes, Afshar parece ignorar el aroma de tragedia que se respira aquel día. Mientras alimenta a sus pajaritos con una mezcla de alpiste y trigo mojado en leche, regresa a sus recuerdos. Me cuenta que fue gracias a Hafez que volvió a llenar de magia y misticismo su mundo de ateísmo y materialismo histórico.

“La poesía de Hafez me recordó que el universo está lleno de significado y que la belleza está alrededor de nosotros –afirma mientras enciende un cigarrillo–. Después de desencantarme con la revolución comunista me convertí en un creyente, recorrí las ciudades santas de Qom y Mashad antes de regresar a Shiraz con la idea de vivir de la poesía. Hoy en día puedo decir que creo en Dios, en el profeta Mahoma, en el imán Husein, en el Corán y en la obra de Hafez.

Es tarde y hay que regresar al hotel. Afshar me invita a su casa por una copa de vino. Ante mi rostro de sorpresa, me recuerda que, antes de la revolución, Shiraz era una ciudad amante del vino. Todo el mundo lo producía en esta región de vides. Afshar produce vino de uva y sidra de manzana en un alambique improvisado en el sótano de su casa.

“Tanto beber como rezar forman parte de la cultura iraní –me dice mientras abordamos un taxi con dirección a su residencia–. Se puede rezar y beber vino a la vez, pero sin abusar; es decir, sin beber demasiado ni rezar demasiado”.

Aún los ayatolas aman a Hafez

“No regañes a los bohemios, que el primer día nos liberó Dios de falsa abstinencia y de hipocresía”.

- Hafez

Hafez escribió alabanzas al amor, a la libertad, al vino y a la embriaguez, todos ellos temas poco apreciados por la República Islámica de Irán. Los mulás o clérigos chiíes han tenido que vérselas con la influencia del poeta, cuyo culto no decayó con el triunfo de la revolución. Las autoridades de los primeros años de la República Islámica tenían serios problema a los que enfrentarse. Ante el acoso de enemigos internos y externos, los esfuerzos de los islamistas no se enfocaron en el culto a Hafez, que se mantuvo intacto.

Los sectores más conservadores de la vida política y cultural iraní ven las alusiones al vino y la embriaguez en los poemas de Hafez como metáforas sobre el amor a Dios. Hafez criticó duramente a esos sectores durante su vida, señalando su hipocresía y su inclinación, no a la vida religiosa, sino a las intrigas mundanas del poder. La actual alianza entre religión y política le hubiera resultado escandalosa. La suya es una poesía, al mismo tiempo, mística y subversiva. Por ello, los iraníes más progresistas también encuentran orientaciones y significados políticos en sus versos. Todos, eso sí, están de acuerdo en que Hafez es una figura que trasciende los cambios de régimen en la turbulenta política del país de Ciro el Grande.

Un elemento sobresaliente del trabajo de Hafez es su ruptura con muchos tabúes que plagaban la lengua persa de su tiempo. Hafez se burlaba de muchas de las doctrinas religiosas islámicas. Con su poesía apuntó a la cabeza de las autoridades políticas y espirituales de su tiempo, lo que le causó numerosos dolores de cabeza. Lo que no sabía Hafez es que, con esos versos, inauguraba una larga tradición de crítica a las autoridades mediante el humor, la sátira y la poesía, elemento común en la política iraní hasta nuestros días.

Después de las revueltas de 2009 –la Primavera Persa–, los clérigos y los guardias de la revolución han consolidado su control del poder con centenares de purgas, detenciones y ejecuciones. Facebook, Twitter y Google Plus están prohibidos. El disenso se ejercita de manera sutil. Gracias a Hafez, Shiraz es la ciudad más liberal de Irán. Su alabanza del vino y de la embriaguez mística es un espejo en el que se reflejan los habitantes de esta ciudad en el borde de los montes Zagros.

Mientras Irán se abre tímidamente al mundo y el país vive un cambio generacional decisivo, la poesía de Hafez nos recuerda que ese país es mucho más que sus clérigos, sus fatwas y su revolución islámica.

*El nombre ha sido cambiado.