Crónicas

Emmanuel Carrère, en busca del húngaro perdido

Por Emmanuel Carrère

El País (Es)

El escritor Emmanuel Carrère viajó a conocer a András Toma el día de su regreso a casa. En 2001 narró el encuentro en este reportaje. El relato forma parte de ‘Conviene tener un sitio adonde ir’ (Anagrama), un libro que recopila ensayos y textos periodísticos del autor de ‘Limónov’.

1

Nyíregyháza, en el este de Hungría, es una ciudad tranquila, rodeada de una nube de aldehuelas verdeantes. A una de ellas debe regresar hoy András Toma, el último prisionero de la segunda guerra mundial, al cabo de 56 años de ausencia. Son las diez de la mañana, no se le espera antes de mediodía, acabamos de llegar a Budapest y vagamos a la ventura de los caminos vecinales, saludados por cacareos de corral. No nos preocupamos demasiado: el primer lugareño que encontremos sabrá forzosamente dónde va a celebrarse el acontecimiento.

El primero que encontramos es una anciana que, apoyada en su bastón, toma el sol delante de su portal. ¿Conoce la casa de la familia Toma? La conoce, por supuesto. Y, por casualidad, ¿no habrá conocido también al propio András Toma, antes de que se fuera a la guerra?

Una risa fresca y bonita, casi una risa de muchacha: “¿Si le conocí? Fue el que me dio el primer beso, cuando yo tenía 16 años”.

Cuando sólo se escribe un reportaje y oyes estas cosas, al principio se te caen los brazos y luego los levantas y reanudas la conversación. Un reportaje para la televisión es distinto: en cuanto se te caen los brazos se te quedan caídos, ya no filmarás lo que no has filmado en el buen momento, y una frase de ensueño así, soltada cuando estás desprevenido, constituye una pequeña catástrofe. Cuando Geza, nuestro intérprete, nos traduce lo que acaba de decir la anciana, Alain y Jean-Marie se han mirado y luego han dicho al unísono: “Alto, alto, alto, que se calle”, se han precipitado hacia el maletero del coche y, 30 segundos más tarde, cámara y micro en ristre, han pedido que le digan a la señora si tiene la amabilidad de repetirlo. Esta respuesta es, por tanto, la única de todo nuestro reportaje que, como en la dirección de una película, ha requerido dos tomas.

Erzebet reveló ser una actriz de excelente voluntad. Puesto que la filmábamos, se quitó la pañoleta, se ahuecó su hermoso pelo blanco y repitió su respuesta con una risita aún más fresca y pícara, si fuera posible. A continuación nos invitó a café en su casa, a café y sobre todo a pálinka, ese licor de ciruela que en los campos húngaros te ofrecen o más bien te imponen con ­simplicidad desde las nueve de la mañana. Mientras nos lo sirve en vasos grandes de mostaza y nos ordena que lo apuremos de un trago para poder escanciarnos otro vaso, nos habla de la boda del otoño de 1944 en que conoció a András Toma. Ella tenía entonces 16 años, él 19. Era guapo y bailaba de maravilla. Como ­estaba prohibido, por temor a los bombardeos, encender las luces después de anochecer, todo el mundo había salido a bailar en la oscuridad de fuera. Alguien tocaba la trompeta en sordina. Fue entonces cuando la besó.

Tres días más tarde él volvía de la aldea donde trabajaba de aprendiz de calderero cuando los alemanes le alistaron por la fuerza. El ejército ruso acababa de entrar en Hungría. La Wehrmacht se batía en retirada hacia el norte y a su paso arrastraba a soldados húngaros que iban a librar en Polonia los últimos combates de la guerra. András Toma forma parte de aquellos contingentes, al igual que otros jóvenes del pueblo. Muchos fueron hechos prisioneros por los rusos e internados en campos. Los que no murieron regresaron en 1945, 1946. Él no. Le lloraron y luego le olvidaron. Erzebet se casó con uno de los antiguos prisioneros de guerra que llegó a ser presidente de la cooperativa del lugar, por lo que todavía hoy la llaman con deferencia la “presidenta”. Tuvo hijos que a su vez murieron. Ahora es viuda, vive sola, pero basta pasar un cuarto de hora con ella para comprender que no se deja vencer por la tristeza: le sigue gustando cantar y bailar, despacha valientemente su pálinka.

Hace dos meses, al igual que todos sus compatriotas, se enteró de la historia de este húngaro al que hallaron pudriéndose en un hospital psiquiátrico en el fondo de Rusia. Estaba allí desde 1947, no hablaba ruso, se había convertido en un absoluto autista. Le repatriaron, las televisiones de todo el mundo mostraron algunas imágenes de su retorno: las puertas de cristal del aeropuerto de Budapest se abren ante una silla de ruedas donde se acurruca, bajo una manta de viaje, un pobre viejo aterrado. Crepitan los fogonazos de los fotógrafos, le deslumbran. Alrededor del coche al que le suben, mujeres de edad avanzada se agolpan haciendo grandes gestos y gritando nombres distintos: ¡Sándor! ¡Ferenc! ¡András! En las semanas siguientes le reclamaron decenas de familias. Era el padre, el tío, el tío abuelo desaparecido. Encargaron las investigaciones a una pequeña célula de psiquiatras y de militares. Hicieron hablar al resucitado, en la medida en que es posible con un hombre que ha vivido tanto tiempo al margen de toda comunicación, una mezcla de Hibernatus y de Kaspar Hauser. Poco a poco le revivieron los recuerdos, recogieron de sus labios, entre fragmentos de frases incoherentes, nombres de lugares y de personas que orientaron las pesquisas hacia Nyíregyháza y hacia una familia Toma que, convencida de que era la suya, aguardaba pacientemente que llegasen a ella. Pruebas de ADN confirmaron que Ana Toma era en efecto la hermana del soldado perdido, y János Toma, su hermano. Los dos están ansiosos de acogerle, y de este modo, al cabo de dos meses en observación psiquiátrica en Budapest, András vuelve con los suyos al rincón campestre que abandonó hace 56 años.

Erzebet ha seguido todo el asunto con una emoción creciente. Ha encontrado una foto de la famosa boda en la que, unas horas antes de besarla, posan los dos delante de la iglesia. Ella rememora su pasado, su vida. Ha sido una buena vida, muy llena, no era una mujer de las que se consumen recordando a un muerto. Pero este regreso inesperado le despierta algo a la vez dulce y cruel que le acelera los latidos del corazón. Lo que sin duda no fue más que la promesa de un amorío se convierte en el fantasma de su juventud, y la infatigable dame Tartine [personaje de una canción infantil francesa. (Nota del traductor)] Que corretea toda achacosa por su cocina para sacarnos de su despensa, con un ritmo disparado de dibujo animado, montañas sin cesar renovadas de pasteles de amapola, nos muestra con una desinhibición absoluta y deliciosa, por debajo de su rostro ajado, el de la muchacha enamorada que fue y que, resucitada hoy, sólo piensa en precipitarse, apoyada en su bastón, hacia una cita de la que espera todo.

Todo esto puede parecer muy sentimental, pero Jean-Marie, Alain y yo volvemos de Rusia, de la ciudad en que el desventurado Toma ha vivido durante 53 años sin que nadie le hable nunca ni le toque ni le mire como a un ser humano, en la más completa privación de deseos, de ternura, de calor, y nos conmueve, en suma, nos vienen lágrimas a los ojos al escuchar a esta anciana campesina que nos canta con una voz asombrosamente clara y juvenil la canción que ha preparado para el retorno del soldado: una bella canción popular, que podría haber sido un lied de Schubert o de Brahms, en que se habla de un hermoso muchacho que emprende en primavera un largo viaje y promete a su chica que volverá cuando caigan las flores blancas de la acacia. Las flores de la acacia caen 50 veces y he aquí que un otoño regresa al pueblo un viejo de cabellos grises. “Ya ves, amiga mía”, le dice él a su amada, que también es ahora vieja y gris: “He cumplido mi promesa, he vuelto cuando han caído las flores blancas de acacia”.

El problema de Erzebet es que ha previsto recibir a su amor, que vuelve de entre los muertos, cantándole la canción de la acacia, pero no la han invitado a la fiesta. János, el hermano, que vive en el pueblo, al igual que ella, sólo siente respeto y afecto por la Presidenta, pero Ana, la hermana, que vive en la ciudad y en cuya casa va a residir András, la ningunea. Erzebet es orgullosa: está desconsolada, pero no irá si no la invitan. ¿Y si la invitáramos nosotros, que tampoco hemos sido invitados?

¿Si vamos todos juntos? Erzebet es orgullosa, pero no se hace de rogar: aplaude, pide el tiempo justo para ponerse sus mejores galas; mientras la esperamos sólo tenemos que hacer los honores al pálinka.

2

“¡Esto es Hungría, ven!”, repite suavemente el joven psiquiatra que se parece a John Lennon. Pero el viejo no se decide a bajar del minibús. No está nada seguro de que esto sea Hungría. Desde su regreso, los que se ocupan de él tienen que repetírselo continuamente, tranquilizarle. Allí, en Rusia, le dijeron que Hungría ya no existía. Borrada del mapa. Entonces, ¿quiénes son estas personas que le hablan en esta lengua desaparecida? ¿Que se comportan como si le conocieran, le tienden ramos de flores, le mandan besos? ¿No esconderá esto otra trampa?

Debajo de la gorra, la cara está devastada. Una cara de zek, como se llamaba a sí misma la gente del gulag, el rostro de individuos cuyas vidas destruidas han narrado Solzhenitsin y Chalamov. Sólo le queda una pierna, le sostienen, le acercan las muletas, tarda sus buenos cinco minutos en plantar el pie en el suelo. Tampoco le quedan dientes y por eso escupe mucho: “Soviet culture…”, nos murmura un miembro de la familia, con un asco entristecido.

¿Qué comprende Toma de lo que le sucede? ¿Qué significan para él estos periodistas que se agitan a su alrededor, que le apuntan con sus cámaras llenas de reflejos negros? ¿Le molestan solamente como una luz muy viva, un insecto que zumba cuando quisieras dormir? ¿Le asusta todo esto? Hay tópicos inevitables: “una mirada de animal acorralado”, “que te miren como a un animal curioso”, es exactamente así.

Ha habido una comida, brindis, manifestaciones de afecto sinceras, conmovedoras y que probablemente le espantaban. Todo el mundo se maravillaba de su parecido con su padre. Su hermano János, un campesino endomingado, muy cariñoso, que era todavía un niño cuando él partió a la guerra, ha querido hacerle preguntas, sin duda para mostrarnos que era capaz de responderlas. Repetía nombres de otro tiempo: Sándor Benkö, el maestro de escuela… Smolar, el vecino que tenía una segadora trilladora… Y el otro, bajo la gorra, escupía, miraba a otra parte, a veces musitaba pedazos de frase indistintos que el amable János se desvivía para interpretar como la respuesta correcta. La Presidenta no se siente bienvenida y se ha quedado en la puerta de la casa, con su bello vestido de bordados tradicionales. Ha visto a András, le ha devorado con la mirada, pero él no la ha visto. Ella no le ha cantado la canción. No ha descorchado para él la botella de champán que había insistido en comprar en el trayecto. Hemos decidido llevarla a su casa. Había demasiada gente, demasiados periodistas que de todos modos pronto se irían, sólo habían venido a filmar unos minutos para el noticiario de la tarde. Nosotros, en cambio, íbamos a quedarnos, disponíamos de todo nuestro tiempo.

Invitamos a Erzebet a comer con nosotros en el restaurante de nuestro hotel. Estábamos tristes, y ella también, como después de una cita fallida. Acabábamos de ver a un hombre del que habían borrado todos los rasgos de la humanidad. Le habían vaciado por dentro. Estaba muerto. Le contamos a Erzebet que hace días estábamos en Kotelnitch, donde él vivió esta muerte.

3

Capturado en Polonia al final de la guerra, pasó un año en un campamento cerca de Leningrado, y después fue deportado mil kilómetros más al este, y su destino probable fue Siberia. Según sus relatos, sembrados de lagunas, parece que durante el viaje en tren un buen número de sus compañeros murió de hambre, de frío y de agotamiento. Él sobrevivió, pero roto. Lo cual le sirvió para que le trasladaran de un campamento de tránsito al hospital psiquiátrico de la ciudad más cercana: Kotelnitch.

En el siglo pasado, Kotelnitch debía de ser la clase de lugar donde los personajes de Chéjov suspiraban: “¡A Moscú! A Moscú…”, viendo partir los trenes que no tomarían nunca. Hoy es un poblacho gris y fangoso donde hace 10 años que ninguna casa tiene agua caliente y donde sus habitantes, con un tono de evidencia, hablan de ese decenio, es decir, del fin del comunismo, como de una catástrofe histórica: antes no vivían demasiado bien, pero al menos no pasaban frío, tenían trabajo y, sobre todo, todo el mundo sufría más o menos la misma penuria. Ahora Moscú o San Petersburgo se parecen a Manhattan, anuncios publicitarios de la tele certifican que en este universo de ciencia ficción la vida es a la vez lujosa y trepidante; en suma, se sienten definitivamente abandonados, estafados.

Al desembarcar en el hospital, cincuenta y tres años después que András Toma, vagamente esperábamos encontrar a contemporáneos de los primeros tiempos de su estancia: una enfermera muy vieja y jubilada, por ejemplo, a la que hubiéramos reavivado los recuerdos por medio de traguitos de vodka.

Pero lo primero que nos explicó el jefe médico, el doctor Petuchov, es que nadie, enfermo o personal hospitalario, conoció aquella época. Así que no hay testigos.

Y sin embargo sí: hay uno. El día de su llegada le abrieron un expediente médico con el nombre de Toma, Adrian Adrianovitch; nacionalidad: húngara; edad: 22 años; diagnóstico clínico: esquizofrenia. Su historia completa está en el historial que nos dejaron consultar y donde, cada 15 días durante medio siglo, los psiquiatras anotaron sus observaciones. Es un documento impresionante: una vida entera y un proceso de destrucción implacable despachados en pequeñas frases neutras, insulsas, repetitivas. Ejemplos:

“15 de enero de 1947: el paciente no habla ruso ni alemán. Permanece pasivo durante los exámenes, trata de explicar algo en húngaro.

30 de octubre de 1947: el paciente no quiere trabajar. Si le obligan a salir, grita y corre en todas direcciones. Esconde sus guantes y su pan debajo de la almohada. Se envuelve en trapos. Sólo habla húngaro.

15 de octubre de 1948: el paciente tiene sexualidad. Se ríe burlonamente en la cama. No se somete al orden del hospital. Corteja a la enfermera Guilichina. El paciente Boltus está celoso. Ha golpeado a Toma.

30 de marzo de 1950: el paciente se ha encerrado totalmente. Se queda en la cama. Mira por la ventana.

15 de agosto de 1951: el paciente ha cogido lápices a las enfermeras. Escribe en húngaro en las paredes, las puertas, las ventanas.

15 de febrero de 1953: el paciente está sucio, colérico. Colecciona basuras. Duerme en lugares inconvenientes: el pasillo, bancos, debajo de la cama. Molesta a sus vecinos. Sólo habla húngaro.

30 de septiembre de 1954: el paciente está débil y negativo. Sólo habla húngaro”.

Siguen páginas y páginas iguales. Al leerlas es inevitable hacerse preguntas. Está muy claro que desde el comienzo de su cautividad y sobre todo desde el terrible episodio del tren, la cabeza de András Toma había perdido el juicio. Y por mucho que se sepa que en pleno estalinismo la institución psiquiátrica soviética no tenía por misión prioritaria cuidar a los enfermos mentales, es evidente que no se trata de un internamiento político y que Toma necesitaba realmente cuidados. No recibió ninguno. En ninguna parte de su historial se mencionan medicamentos, y menos aún terapias. Es cierto que las medicinas que permiten tratar la esquizofrenia no existían en aquella época, no las descubrieron hasta los años sesenta, y es poco probable que incluso entonces hubieran llegado a Kotelnitch. ¿Pero era de verdad esquizofrénico o solamente le había trastornado un traumatismo tremendo? Nadie intentó nunca hablar con Toma, escuchar a aquel joven visiblemente tocado, amurallado en el espanto. Cuando preguntamos por qué al doctor Petuchov, se encoge de hombros, como si fuera algo obvio, y responde que sólo comprendía el húngaro y que nadie lo hablaba en el hospital. Al hilo de las páginas se convierte en una letanía:

“El paciente habla húngaro” es su síntoma. Y de hecho constituye uno de ellos. Un individuo que año tras año se obstina en hablar su lengua, que nadie comprende, y se niega a aprender la que todo el mundo habla a su alrededor sufre por fuerza un grave problema de adaptación. ¿Habrá creído que así se protege, que se refugia en una fortaleza inexpugnable, como hacen los niños autistas? ¿Era una forma de resistencia, como la de algunos héroes de Kafka o la del Bartleby de Melville? Lo que es seguro es que ningún psiquiatra intentó, de un modo u otro, entrar en comunicación con él.

Hay una cosa desgarradora en este historial. Los 10 primeros años, András Toma fue un paciente arisco, violento, rebelde. Un joven robusto y belicoso, que escribía en las paredes como quien lanza botellas al mar, que escupía juramentos a la jeta de sus carceleros. Un caso difícil. Cambió hacia mediados de los años cincuenta y este cambio coincide con algo que sucedió en su pueblo, en Nyíregyháza.

4

La vida se reanudaba. Los prisioneros de guerra volvían unos tras otros. Y hubo que decidirse a declarar muertos a los que no regresaron. Es un acto doloroso, pero psíquicamente indispensable: un desaparecido es un fantasma, fuente de una angustia sin fondo capaz de contaminar a varias generaciones, mientras que se puede guardar luto por un muerto, llorarlo, olvidarlo. El 11 de diciembre de 1954, 10 años después de su partida, entregaron a su familia el certificado de defunción de András Toma. Él no lo supo, pero extrañamente fue como si lo hubiera sabido. Estaba muerto, ya no existía. Entonces bajó los brazos.

Se volvió un paciente dócil. Siempre encerrado en sí mismo, sin congeniar con nadie, mascullando en húngaro, pero tranquilo. Trabajador. “Estabilizado”, dice su historial. Del pabellón de los excitados le trasladaron al de los apacibles. El doctor Petuchov nos autorizó a visitar este último, a filmar a nuestro antojo; en fin, casi: al cabo de tres días se alarmó un poco al vernos siempre allí y nos dio a entender que nos propasábamos. Con una mezcla de ingenuidad y de glotón fisgoneo, nos esperábamos que el hospital psiquiátrico de una pequeña ciudad de la Rusia profunda fuese un lugar dantesco, un círculo especialmente apartado del infierno. En realidad es así, pero no más que muchos otros establecimientos de Europa Occidental. Está abierta la verja que da a la lluviosa carretera principal, el patio parece un solar en cuyo centro termina de herrumbrarse un viejo vehículo del ejército que Dios sabe cómo habrá ido a parar allí. Tristes y decrépitos, los edificios están limpios. Carteles de lagos polinésicos hacen lo que pueden por alegrar las paredes de un color pis verdoso. La vida se va en esperar la hora de las comidas, invariables potajes que las enfermeras transportan en grandes cubos esmaltados. La radio transmite durante todo el día músicas apaciguadoras. Cuando llegamos era una Fantasía de Mozart, uno de esos fragmentos misteriosamente desolados que, sin que parezca que te afecta, te arrancan el corazón. Alain la grabó mientras Jean-Marie filmaba el pasillo, la luz amarilla, a un viejo enfermo que llevaba el compás sentado en un banco, y los tres pensamos que aquella música sobre aquellas imágenes, con el agudo timbre de un teléfono en segundo plano, un portazo metálico, zapatillas que se arrastran, tenía un auténtico sello de ultratumba. Pensamos también, aunque es un problema distinto, que aquello sólo tenía sentido en directo, si el espectador sabía o al menos adivinaba que aquellas notas habían sonado realmente en el pasillo amarillo, que las habíamos grabado en vivo, pues de lo contrario, si teniendo las imágenes hubiéramos buscado una música para acompañarlas —oye, ¿por qué no Mozart?—, aquel encuentro perturbador habría sido una pura obscenidad. En fin.

Dos meses antes de nuestra visita, András Toma vivía todavía en aquel pabellón. Dormía en aquella cama, en el rincón del dormitorio, y su vecino era el hombre al que llamábamos el postrado porque se pasaba todo el día tumbado, rígido, con los dedos cruzados sobre el pecho y un rictus fijo en la cara que es probable que desde hace mucho tiempo ya no significa nada. Otros tienen un aspecto menos enfermizo. Deambulan de un lado para otro, incluso algunos leen. Han acabado aquí porque la vida era demasiado dura fuera, el alcohol demasiado fuerte, su cabeza estaba saturada de voces amenazadoras, pero ahora también están “estabilizados”. No son peligrosos, apenas se excitan. Se les podría mandar a su casa, pero no lo hacen porque no la tienen. En realidad no les cuidan, casi no les hablan, pero les alojan. Es poco. Ya es algo.

Se quedaron con Toma. Sin embargo, tenía una familia, un país adonde podrían haberle enviado, no era teóricamente imposible informar de su existencia al consulado húngaro en Moscú, pero a nadie se le ocurrió la idea: está tan lejos, Moscú, y no digamos Hungría. Se quedó allí como un paquete doliente, y poco a poco hasta se erosionó su sufrimiento. Pasados los años de rebeldía, su historial sólo registra un sobresalto: “15 de febrero de 1965: el paciente se ha encariñado con la dentista del hospital. La persigue para que le extraiga dientes sanos. Ella se niega. El paciente se fractura la mandíbula a martillazos”. Será su único acceso de violencia en el curso de esos años petrificados, también su único impulso hacia otro ser humano. Cada 15 días los psiquiatras escriben en su historial: “Sin cambios en el estado del paciente”.

Sin embargo, los psiquiatras no eran mala gente. El que nos hizo de guía, por orden del doctor Petuchov, era un hombre sonriente y triste, un auténtico personaje de Chéjov que, cuando le preguntan cómo se vive aquí, se encoge de hombros ligeramente y responde: “Aquí no se vive. Se sobrevive”. Volveríamos a oír esta frase, tal cual, en los labios de al menos dos habitantes de la ciudad. Nos habla de Toma con una especie de ternura, nos muestra la carpintería donde aquel paciente solitario y mudo se pasaba los días confeccionando ratoneras y surtidores de gasolina en miniatura. Era muy amable siempre que no le molestaran, así que le dejaban en paz. No estaba loco, no, sólo extraviado, encallado allí. Como tenía permiso para salir, le mandaban a hacer recados con un acompañante que hablaba ruso. Conoció las calles embarradas de Kotelnitch, su mercado pobremente abastecido. Atravesó la grisura soviética y la descomposición pos-soviética sin comprender nada de ellas. Cuando llegaba el buen tiempo le enviaban a trabajar al campo, en una granja de la periferia urbana que era propiedad del hospital. Volvía cargado de coles que repartía en silencio entre sus compañeros de dormitorio. En 1996, 30 años después del episodio de la dentista, le sucedió algo más. Cito del historial:

“11 de junio de 1996: el paciente se queja de dolores en el pie derecho. Diagnóstico: arteritis. Habría que consultar a la familia del paciente respecto a la amputación. El paciente no tiene parientes.

28 de junio de 1996: amputan al paciente dos terceras partes del muslo derecho. No ha habido complicaciones.

22 de julio de 1996: el paciente no se queja. Fuma mucho. Empieza a caminar con muletas. Por la mañana su almohada está húmeda de lágrimas”.

En principio, la arteritis se manifiesta simétricamente y, a su llegada a Budapest, los exámenes no han revelado rastro alguno en la otra pierna. De ahí a pensar que le habrían amputado sin motivo… Por deferencia hacia sus colegas rusos, los médicos húngaros no dicen nada oficialmente. Incluso algunos prefieren decir, porque es menos horrible, que en cierto modo la amputación sirvió para algo. Para que esta vez se percatasen de que podía experimentar emociones, quizá incluso sufrimientos, cosa que llamó la atención sobre él y condujo, en consecuencia, a su liberación. Por desgracia, esta versión piadosa es falsa. Transcurrieron otros tres años y medio sin que a nadie le conmoviera su suerte, hasta el día de diciembre de 1999 en que un jefazo de los servicios de sanidad fue a visitar el hospital. El doctor Petuchov, al pasear a su visitante, pasó por delante del hombre con una sola pierna y le presentó como el decano de sus pacientes. Le imagino pellizcándole cariñosamente la oreja, como Napoleón a sus soldados veteranos: un viejo bonachón y muy tranquilo, que sólo habla húngaro, ¡ja, ja! Contó lo poco que sabía de su historia. Resultó que una periodista local cubría el suceso y, como no debía de ser muy apasionante, dedicó su artículo al tema: “El último prisionero de la Segunda Guerra Mundial está entre nosotros”. Ya estaba acuñado el eslogan. Los periódicos de Moscú lo recogieron. Los medios de comunicación se presentaron en el hospital. El doctor Petuchov, bastante satisfecho de sí mismo, empezó a conceder entrevistas y a coleccionar las tarjetas de visita de Izvestia, de la CNN, de Reuter, hoy de Télérama… El consulado húngaro alertó a su Gobierno, que organizó el rescate del compatriota perdido. Seis meses después, sin comprender nada de lo que le ocurría, András Toma regresaba a Hungría.

5

Tres días después de su llegada al pueblo fue la festividad de santa Erzebet, que la Presidenta nos invitó a celebrar con ella. Durante esos tres días habíamos recorrido el campo en busca de testimonios y no volvimos para ver al reaparecido. Ella tampoco le había visto. No hablaba de él, se notaba que le dolía la cita frustrada, la canción que se le había quedado en la garganta. Pero de todos modos había decidido celebrar la fiesta y había cocido el pan, puesto el pálinka al fresco y cubierto la mesa con embutidos y compotas. En el momento del primer brindis oímos que un coche aparcaba delante de la casa. Alain miró por la ventana y: “Pero… ¡pero si es él!”. Un instante después la Presidenta salió fuera.

Tuvimos que correr para encontrarla en la carretera, inclinada sobre la portezuela del coche. Había tomado la mano de András y ya le estaba cantando la canción. Se le quebró la voz en la tercera estrofa, cuando el hombre de cabellos grises vuelve debajo de la acacia que ha perdido 50 veces sus flores blancas. Nosotros tampoco estábamos muy serenos. Pero ella llegó hasta el final, llorando. Acurrucado en la trasera del coche, él miraba sin comprender a la anciana que le tocaba la mano, le acariciaba la mejilla, la besaba primero una y luego la otra, y que empezó a hablarle entre lloros y risas, llamándole András, mi pequeño András. “¿No te acuerdas de mí, mi pequeño András? Soy Erzebet, la Erzebet a la que besaste en la boda, tienes que acordarte, vas a acordarte…”. Los jóvenes que habían llevado a Toma, y a los que en la fiesta nos habían presentado como los hijos de su hermano János, sonreían con un aire un poco incómodo. “¿Sabes cómo se llama esta señora, tío András?”, preguntó amablemente la sobrina. “E… Er… Erz…”. Él negó con la cabeza, murmuró: “No sé”, y añadió, tras un silencio: “Me falta una pierna”. Cinco minutos más tarde, cuando partió el coche, Erzebet lo siguió con los ojos y le mandaba besos.

La había decepcionado que no la hubiera reconocido, pero se alegraba de haberle visto, de haberle hablado, de haberse liberado de su canción, y nosotros nos alegramos con ella, muy emocionados también después de haber filmado lo que debería ser, pensábamos, la última escena del reportaje. Había que festejarlo, y la comida de santa Erzebet acabó en una franca borrachera. Envasamos un pálinka tras otro hasta el anochecer e hicimos bailar a la Presidenta al compás de viejas melodías húngaras, por lo que arrastrábamos una resaca severa cuando, a la mañana siguiente, tras considerar acabado el reportaje, fuimos a despedirnos de András Toma y de su hermana.

La verdad es que no esperábamos gran cosa de esta segunda y última visita. Sólo pensábamos extraerle jirones de frases ya grabadas, y además estábamos un poco molestos porque el reencuentro de la víspera se hubiese producido sin que lo supiera la dueña de la casa, a la que, por oscuras razones campesinas, no le gusta la Presidenta. Por lo que habíamos comprendido, su sobrino y su sobrina habían ido a buscar a András so pretexto de dar un pequeño paseo por el campo y, sin que nadie se enterase, le habían llevado a escondidas de su hermana a la casa de su antigua novia.

Para no llegar con las manos vacías habíamos comprado una botella de whisky, un acto de valentía en vista de nuestro estado. Brindamos. Él probó el whisky e hizo una mueca, pero tendió el vaso para que se lo rellenasen. Aparte de esto, seguía postrado en su rincón, escupiendo y a veces gruñendo. Su hermana hablaba de él, y por él, con afecto, pero como si él no estuviera presente. Una hora después nos levantamos para irnos. Metimos el material en el maletero del coche. Entonces, en el umbral, sucedió algo. András se puso a hablar. Los gruñidos se convirtieron en frases y no paró durante casi una hora. Jean-Marie y Alain corrieron a buscar la cámara y el micrófono. Geza nos traducía al vuelo lo que podía, es decir, poco. Nosotros, que no hablamos húngaro, evidentemente no entendíamos nada, pero Geza sólo comprendía la mitad de lo que mascullaba aquella boca desdentada, y la hermana no mucho más, y cuando, de regreso a París, desciframos las cintas con tres intérpretes húngaras sucesivamente extenuadas, necesitamos varios días, rebobinando sin parar, escuchando 10 veces la misma frase, para ampliar en una pequeña cuarta parte adicional nuestra inteligencia de aquellos jeroglíficos verbales. No obstante, vaya que si hablaba, y no totalmente solo. Después de 50 años de cavilación autística, se dirigía a otra persona y era tan conmovedor como las primeras palabras que articula el niño salvaje en la película de Truffaut o Kaspar Hauser en la de Werner Herzog.

Releo los cuadernos en los que anoté nuestras diversas tentativas de transcripción. Es un batiburrillo en el que Toma habla de Siberia, de batallones húngaros en un almacén de patatas, de su pierna, que un herrero húngaro quizá pudiese soldar, del suelo congelado donde no se podía cavar para enterrar a los muertos, del frío y el sol, de la travesía del Dnieper, de las muletas húngaras y las muletas rusas, que son de pacotilla, de cigarrillos, de coles, de trenes, de Adolf Hitler. Sobrenadan unas frases que son casi como las de Duras: “La nieve me ha robado la fuerza, ya no me queda más. Te roban la fuerza y luego no puedes ir a ninguna parte”. Los recuerdos del atroz exilio ruso se mezclan con los de su juventud en Hungría. Se pierde continuamente el hilo, pero existe uno.

Hubo un momento en que su hermana, encantada por su repentino deseo de comunicarse, quiso que cantara una canción húngara. Él sonrió por primera vez y su rostro de zek se transformó en el de un campesino taimado y el de un niño.

“¿Una canción húngara?”, dijo. “Conozco una”. Y empezó a canturrear: “Volví cuando ya han caído las flores de la acacia… Ayer me la cantó una mujer”.

— ¿Una mujer? ¿Ayer? —repitió su hermana, pasmada.

—Es una canción de mujer. Estaba allí, ayer, cerca del coche. La cantó para mí…

La hermana se rio. No comprendía y por tanto pensaba que no había nada que comprender. Pero nosotros, que habíamos estado allí la víspera, testigos de aquel minúsculo fragmento de su pasado, nosotros comprendimos. Lo esencial de la experiencia de András Toma se desarrolló sin testigos, en una soledad casi inimaginable, y por eso nadie comprenderá nunca todo lo que dice. Pero aun así intenta decirlo. Salido de un abismo de silencio, recupera su lengua y con ella la palabra, algo que se parece a un intercambio. Tiene 75 años, le han robado la vida, pero vive pese a todo. Y nos reconfortó enormemente pasar otra vez por la casa de Erzebet, antes de partir, para decirle que él se acuerda de la canción de la acacia.

Traducción de Jaime Zulaika. Este artículo, publicado en 2001 en la revista Télérama, acompañaba a un reportaje de 52 minutos que el autor realizó para el programa de televisión Envoyé spécial. Apenas concluido este relato doble, en palabras y en imágenes, Carrère empezó a sentir ganas de volver a Kotelnitch, un deseo insistente, misterioso. Y volvió, en efecto; allí filmó, durante largo tiempo, un documental que al principio no tenía tema y que encontró uno en el camino: una espantosa tragedia. Retour à Kotelnitch se estrenó en 2003. Pasó los cuatro años siguientes sin poder escribir. Finalmente, publicó Una novela rusa. Este libro es a la vez una novelización de su documental, un psicoanálisis a cielo abierto y la última etapa de este ciclo que cobró forma sin premeditación, con una fidelidad trastabillante a los bandazos de la vida y del inconsciente.