Crónicas

El clásico moderno: crónica de una cacería

Por Mario Libertella

Revista Ñ (Ar)

A ver, miremos.

Lucio Aquilanti, el hombre detrás de la tradicional librería porteña Aquilanti & Fernández Blanco, pone las manos sobre el teclado e ingresa en Mercado Libre. Se mueve con parsimonia, su cara apenas iluminada por una lámpara amarilla, tenue, de otra época. Hace apenas dos horas Fernando Turrín Sabot, de la librería La Lengua Absuelta, en el barrio de Belgrano, me había asegurado que una primera edición de César Aira se podía vender en 10 mil pesos y cuando se lo transmito a Lucio abre los ojos y dice que eso es un disparate. Usa esa palabra: disparate. Entonces enciende su computadora, tipea el nombre del escritor argentino en el buscador y bucea.

–Siete mil pesos este libro. Firmado. Es absurdo. No puedo entender quién está poniendo estos precios.

– ¿Y por qué sucede esto?

–Bueno, esa es la pregunta.

Esa es la pregunta. ¿Cómo es que un libro editado hace apenas quince o veinte años de pronto se venda a precios de anticuario? ¿Qué factores determinan que un ejemplar se convierta en un objeto de deseo para coleccionistas y buscadores de rarezas? En definitiva: ¿Cómo funciona el mercado del libro moderno?

– ¿Y por qué sucede esto? –insisto y Lucio Aquilanti baja la música para que sus palabras se incrusten con fidelidad en el grabador.

–Porque aparece un loco y pone este libro a siete mil pesos. Entonces aparece otro y dice “el mío vale 5, entonces”. Y todos parecen precios buenos. Pero después no hay nadie que lo compre. Sucede también al revés. Viene alguien y un libro que vale 500 lo pone a 50 y entonces viene otro y mira y lo pone a 49 y otro hace lo mismo y lo ofrece a 48. Entonces parece que ese es el precio del libro, porque hay tres que le pusieron ese precio. Y yo, que soy el experto, que me dedico a esto, sé que el libro vale mil, y entonces no lo pongo. Se complica mucho el tema de los precios en Internet. Nosotros tenemos que formar los precios.

– ¿Y qué pasa si ese libro ya no se consigue más? ¿No será este el caso?

–Bueno, sube de precio. Pero si hay tantos libros en Mercado Libre significa que tan inconseguible no es.

Una recorrida por Buenos Aires, entonces, arroja este estado de situación. Con la consolidación de las ventas de libros por Internet y la democratización del acceso a los fondos de libros y sus vendedores, se han disipado los parámetros rectores respecto de cuánto vale un ejemplar y de por qué ese ejemplar vale eso. Los precios, hoy, se ponen a ojo. Aquilanti sostiene incluso que esa indeterminación, además, tiene efecto en las dos puntas de la cuerda; con los libros muy antiguos no hay parámetros fijos (un libro religioso del siglo XVII, por ejemplo) y con los más recientes tampoco (primera edición de La invasión de Ricardo Piglia, editado por Jorge Álvarez, por caso). Así, puede suceder que alguien herede una biblioteca cargada de libros de los últimos cuatro siglos y decida poner todos en venta. Separa un libro del siglo XVIII y exclama, en un rapto de euforia: “esto lo voy a poner a 20 mil dólares”. Y quizás vale 200. Y en cambio en la misma biblioteca encuentra un libro de Cortázar y dice, con visible resignación, que eso vale 50 pesos, porque está en todos lados, cuando en realidad ese ejemplar sí tiene valor: hay primeras ediciones de los años sesenta muy buscadas. “Una primera edición de Rayuela, por ejemplo, se puede vender a mil quinientos dólares, justamente porque hay mercado”, asegura el librero. Hay, en efecto, muchos coleccionistas que buscan primeras ediciones de Cortázar, pero en cambio hay muy pocos que busquen libros de Sabato: esa diferencia define un mercado. Existen también coleccionistas que viven a la caza de primeras ediciones únicamente de libros emblemáticos –Cien años de soledad o Ficciones– y esa demanda es el más implacable de los generadores de precios reales.

–Yo tuve una colección completa de los libros de Cortázar –dice Aquilanti–. Todas primeras ediciones, catálogos de arte donde él publicó textos: todo. Ahora está en la Biblioteca Nacional. De esos libros hay ejemplares que ves por todos lados, como los Cuentos completos editados por Alfaguara, y otros muy raros, como un libro publicado en 1981 en Venezuela por una compañía de electricidad. Editaron 300 ejemplares. Inhallable. Vale por lo menos dos mil dólares y es un libro del año 81, ¿entendés? En esa colección hay libros que van de 20 dólares a 2 mil ó 3 mil. Me llevó 27 años de trabajo.

–Si te escribe un coleccionista francés que busca una primera edición de Rayuela, ¿cómo hacés para conseguirlo? No sé si te estoy pidiendo el truco del mago.

–No, acá no hay truco. A veces uno lo tiene. Nosotros tenemos una librería muy grande. Otra cosa que hacemos es estar en contacto con los colegas. A veces le indicamos dónde está. O yo mismo me fijo en Internet. O sé que lo tiene Alberto Casares, librero amigo mío, y se lo compro. Pero es difícil conseguirle los libros a la gente, porque se encarece mucho el trámite. Hay que agregarle la búsqueda, el envío, etc. No justifica. Muchas veces entonces se lo busco y le digo quién lo tiene y gano clientes y no dinero. A mí me encanta esto.

Fernando Turrín Sabot tiene 57 años, el pelo blanco, la sonrisa irónica. Está sentado en una silla negra de computadora y a su alrededor pilas y pilas de libros en perfecto estado, editados por Tusquets, por Anagrama, por Siruela. Su librería está en el interior de una galería en Belgrano y es algo así como un pasillo cargado de libros donde Fernando recibe a los compradores que se llevan, por goteo, los títulos que él va publicando en Mercado Libre. De eso vive. La suya es una de las pocas librerías puramente de usados modernos: todos los libros que pueblan sus estantes son de fines de los sesenta para acá.

Fernando habla rápido, gesticula, se para, camina, se vuelve a sentar. Una electricidad recorre sus palabras.

–En esta época de malaria, ¿sabés cómo circulan los libros, negro? Porque todo el mundo necesita guita. Se los sacan de encima.

– ¿Y vos cómo te enterás de que esa gente está vendiendo sus libros?

–Y, es uno de mis secretos. Yo tengo todo. ¿Qué querés, Severo Sarduy en primeras ediciones? Te tiro todo Sarduy en primera. ¿Qué querés, todo Lezama Lima? Lo tengo todo. El canon completo. Pero no hay que confundirse: yo no vivo de eso. Esa debe ser la fantasía tuya. Vivo del día a día, de libritos que vendo por Internet.

– ¿Y los batacazos cada cuánto suceden?

–A ver... la librería ya tiene su clientela. Los buenos libros se los doy a mi clientela. Mi mapa es el siguiente. ¿Vos querés Moreira, de César Aira? Yo tengo el radar de diez Moreira que andan circulando. Esas cosas no las meto en Internet. A mí no me interesa un paracaidista que me venga a comprar eso. Cuido a una clientela fija. No le doy los buenos libros a cualquiera, se los doy a los que vienen siempre y que también a veces me traen libros. Yo mantengo el perfil, además. La cuido a la librería. La porquería que levanto cuando compro la biblioteca no entra acá, tengo otros canales por donde se van. Esta es una biblioteca de una casa. A veces viene una señora y me dice: “tengo para venderle esta primera edición de 62, modelo para armar. Mi nieto dice que vale 8 mil pesos”, y yo le digo: “No se ofenda, señora, pero no le doy ni trece pesos”.

– ¿Por qué?

–Porque no hay clientela para eso, negro. Esa es la gran confusión. ¿Vos creés que hoy alguien puede comprar una primera edición de García Márquez acá en Argentina y que valga algo?

– ¿Y hay gente que compra un libro de Aira como El juego de los mundos a 15 mil pesos?

–Hay. Hay. Hay fanáticos que quieren tener los tres numeritos de la revista Literal, original. Vos vas a lo mejor a Casares y un libro de Emeterio Cerro no vale nada. Ese libro puesto acá tiene otro valor, porque mi público busca ese tipo de libros. Acá no va a venir nadie a buscar la primera de El túnel de Sabato.

Sobre la avenida Federico Lacroze, casi esquina Luis María Campos, hay una pequeñísima librería, que casi no se ve. Es lo que antes llamábamos “un sucucho”, ubicado en el antiguo garaje de una casa de los años 20. Se llama La Teatral y la atiende Javier Moscarola, un librero joven, de 37 años, que montó ese local en el 2009. Todos los años, la librería produce un catálogo de cien selecciones bibliográficas para sus clientes regulares y, entre aves raras de anticuario, Javier cuela siempre dos o tres libros actuales, como un modo de “llamar la atención” y poner el foco de luz sobre algo que parecía común.

–Hay cosas que antes estaban en todos lados y ahora empiezan a ser buscadas. En algún momento me puse a buscar las ediciones de poesía de la pequeña editorial Siesta, por ejemplo, y no están. Es raro: parece algo de anteayer, pero no están. La gente las atesora, o las perdió, y ya no circulan. Hay libros de la colección Biblioteca del Sur de Planeta que hace unos diez años yo no hubiera comprado pero ahora si los veo los levanto, porque hay otro público o porque empiezan a faltar. A veces también uno sospecha que algo después va a faltar y lo compra.

–Y cuando vos encontrás algo, ¿cómo hacés para luego ponerle un precio de venta? ¿Cómo definís ese precio?

–Una librería de segunda mano con ciertas pretensiones anticuarias siempre tiene dos clases de libros. Los libros que tienen un valor real de mercado y los que yo considero que tienen valor, que quiero cuidar, que quiero mostrar. En ese caso a mí no me interesa si alguien lo tiene a un precio diferente: yo le pongo un valor porque tengo ese libro por razones subjetivas.

–Y si uno pone una primera edición de Fogwill por Mercado Libre a 15 mil pesos, ¿hay alguien que compre ese libro?

–No. Y no es no. Pero quizás esta persona nos está diciendo: “Yo tengo este libro, lo vendo a 15 mil. Ustedes no lo tienen, empiecen a buscar”. En 20 años quizás esa persona le puede vender a la Biblioteca Nacional la colección completa de Fogwill. Pero hoy en día muchos de los precios que ves no sirven como referencia. Yo acabo de comprar una Odisea y una Ilíada del siglo XVI a 5 mil pesos. Si veo uno de Aira a 15 mil pesos...

Lucio Aquilanti no solo colecciona libros de Julio Cortázar. Entre los autores contemporáneos de su colección particular están Antonio Di Benedetto, Enrique Molina y Juan José Saer.

–Armé esas colecciones en un año. Es muy fácil. No son tan buscados, no hay tantos compradores para eso, son más baratos. Hoy te puedo vender la colección completa de Di Benedetto pero el precio no va a ser tan alto como un Cortázar, obviamente. En Saer hay un poco más de rareza en las primeras ediciones.

– ¿Más allá de que Seix Barral reeditó todo Saer?

–Sí, pero Shakespeare fue editado mil veces: tráeme una primera de Shakespeare. El Quijote fue editado mil veces: tráeme una primera. Vale dos millones y medio de euros. Hay un señor que ofrece eso hace mucho tiempo y no la consigue vender. Muchas veces, mientras más editado, más valor tiene la primera edición. Si hay mil ediciones en mil idiomas, la primera es la primera.

En su última novela, El artista más grande del mundo, Juan José Becerra imaginó a un artista conceptual extremo, un hombre lleno de ideas que tiene un amigo escritor. El artista sabe que su disciplina es rentable y que la literatura no lo es, y entonces le regala a su amigo esta idea: “El problema de la literatura es que no se puede no publicar. Eso es un error. Un error de sistema. No vendas más tus libros a las editoriales. Te los vendo yo en Sotheby's. Vamos a presentarlos como verdaderos originales, como libros que se niegan a la reproducción mecánica. Porque hoy lo mejor que le puede pasar a un libro es que se parezca a un cuadro. Tenés que anticiparte porque la literatura va camino a ser un arte de museo, los libros se van a subastar, va a haber marchands de libros y cada libro tendrá un solo lector. Mil libros, mil lectores. Lo estoy viendo”.

¿No es esta, finalmente, la fantasía secreta de este grupo de hombres que viven a la caza del libro moderno? ¿No será su ilusión más privada la de un mundo de libros únicos, de tiradas reducidas al extremo de lo posible? ¿No será ese su fetiche inconfesable?

Hace unos años el escritor Mario Bellatin inició un proyecto utópico: imprimir y encuadernar él mismo cien mil libros de su narrativa, en ejemplares blancos y pequeños, sin diseño agregado, y vivir rodeado de su propia escritura. Cuando viaja, además, lleva ejemplares en un maletín negro y los vende él mismo. ¿Cómo se van a vender esos libros en 50 años? ¿Cómo ejemplares únicos, hechos a mano? ¿Cómo productos de la industria editorial de un solo hombre?

–Acá estamos hablando de muy poquitos libros. Debo tener 20 o 30 coleccionistas como clientes. Y como todo coleccionista, ya hizo la obra completa de Manuel Puig y ahora quiere las primeras de Ricardo Zelarayán y cuando se le acabe va a querer las primeras de Jorge Di Paola –dice Fernando, en su silla de La Lengua Absuelta.

– ¿Y cuáles son los tres tótems centrales en tu rubro?

–Hay tres mojones. El Fiord de Osvaldo Lamborghini, Moreira de César Aira y Los Sorias de Alberto Laiseca.

Son poquitos libros, entonces: apenas gotas de un océano en expansión. Lo suyo es encontrar la auténtica aguja del pajar, porque el mercado del libro ha producido una cantidad de títulos imposible de comparar con cualquier otra época de la historia de la humanidad. El ensayista mexicano Gabriel Zaid relevó en Los demasiados libros que “en el primer siglo de la imprenta (1450-1550) se publicaron unos 35 mil títulos; en el último medio siglo, unos 36 millones: mil veces más. La humanidad publica un libro cada medio minuto”.

Los números son aterradores. Si un lector lee un libro por día, está dejando de leer 4 mil que han sido publicados ese mismo día.

Así como se ha dicho que el alcohólico toma por tomar y el jugador juega por jugar, quizás se pueda decir que el coleccionista colecciona sin mayores motivaciones que el propio acto de coleccionar. “Todos habrán oído sobre personas a las que la pérdida de sus libros los ha convertido en desvalidos, o sobre aquellos que para adquirirlos se han vuelto criminales”, escribió Walter Benjamin en “Desembalo mi biblioteca”, uno de los textos emblemáticos sobre esta práctica obsesiva. “La fascinación más intensa para el coleccionista está en encerrar los objetos individuales en un círculo mágico en el cual quedan congelados una vez que la última emoción, la emoción de su adquisición, pasa sobre ellos”.

Benjamin fue un reconocido coleccionista de su época y su biblioteca rayó los tres mis volúmenes, pero los exilios y las persecuciones amputaron esa colección de manera dramática. En el 2006, Herbert Blank, un librero de anticuario alemán, anunció que llevaba años reconstruyendo esa biblioteca perdida. Todavía no terminó.

Javier Moscarola cierra la puerta de La Teatral, a la que le endilgan un viejo adagio inglés: “cuanto más pequeña la librería, mejores los libros”. Se está yendo. Hay tiempo para una pregunta más: –Existe esa fantasía de que en una feria perdida de barrio te podés encontrar un libro muy codiciado a un precio baratísimo. ¿Es factible eso?

–Es factible, pero improbable. Por eso los libros valen lo que valen. Porque es muy improbable encontrarlos. Si fuera muy probable, no valdrían tanto porque uno los encontraría todo el tiempo.

La fotografía que ilustra el artículo corresponde a De ocasión. Walrus, en San Telmo, una de las decenas de librerías de usados y anticuarias de Buenos Aires.