Revista Pijao
Zadie Smith: “Asistimos a la metástasis de la cultura de las ‘celebrities’”
Zadie Smith: “Asistimos a la metástasis de la cultura de las ‘celebrities’”

Por Carles Geli   Foto Gabriela Herman / The New York Times

El País (Es)

Sostiene Zadie Smith (Londres, 1975) en uno de sus ensayos de Cambiar de idea que toda novela ha de revelar “información escondida sobre lo personal, lo político y lo histórico”. Lo lleva haciendo desde hace casi 18 años, tras su rutilante debut con Dientes blancos, reflejo de la fragua incandescente de una Londres multicultural. Si entonces usó a dos gemelos, como en Sobre la belleza utilizó un matrimonio, en su ahora quinta novela, Tiempos de swing (Salamandra), son dos mestizas, amigas desde la infancia de sus clases de ballet e hijas de sendos matrimonios mixtos de blancos y negros, las que reflejan el supuesto futuro éxito adulto de una, Tracey, y el supuesto fracaso de la anónima narradora, particular asistente de una cantante blanca, Aimee, paradigma del triunfo de la cultura de las celebrities, una de las instantáneas sociológicas del hoy. “Vivo en Nueva York y a esta gente te los encuentras en los cafés y en los colegios de los niños… Esperaba que esa cultura de las celebrities, típica de los 90, se desvanecería en el tiempo; pero al contrario, hemos asistido a su metástasis, que ha acabado con que el más famoso de la sala se ha convertido en presidente de EEUU”. Lo dice con voz cansada tras un largo viaje y a pocas horas de cerrar ayer el octavo ciclo Converses a La Pedrera en Barcelona, con su homólogo catalán Jordi Puntí.

Aimee transparenta muchas de las características de Madonna, en un caldo donde riqueza y ética no van de la mano, por más que la celebrity, artística o empresarial, sea supuestamente de izquierdas; un cínico “filantrocapitalismo”, como lo ha bautizado la activista Naomi Klein en su libro Decir no no basta. “Estrellas del pop, pero también esos jóvenes de Palo Alto o de San Francisco, que creen que con el poder de su dinero tienen capacidad para influir en los gobiernos y que pueden legislar el mundo sin haber sido elegidos democráticamente… Quería reflejar todo eso… A mí, Aimee me gusta, ella cree que tiene más poder y que por ello es más libre, pero tiene un comportamiento y unas preocupaciones similares a las de la narradora… ¿Filantrocapitalismo? Limpiar la conciencia social con el arte es de las cosas que más me molestan en la vida”.

No puede Smith abandonar esa área del noroeste de la City, donde ya encajó Dientes blancos o también NW London. “Es el mismo barrio, pero con historias y personas diferentes; pero hace 20 años no creería que aún estaría escribiendo sobre él; hay algo ahí subconsciente”. Lo que sí es nuevo en su obra y a plena consciencia es su debut en el uso de la primera persona: “Siempre me ha parecido un estilo restrictivo, difícil para dejar margen, pero es cierto que la primera persona proporciona un efecto de realidad, creen los lectores que ese texto es entonces autobiográfico; son bastante crédulos y ese estilo es útil para hacer verosímil una larga mentida”, dice quien admite que en ese aspecto se ha visto impregnada por el estilo de Elena Ferrante o las autobiografías noveladas de Karl Ove Knausgård. Bajo esa capa formal aparecen los personajes, que admite Smith que plantea “un poco como un videojuego, como avatares que están vacíos y que el lector debe rellenar y encarnar; es más fácil para un blanco un proceso de identificación con David Copperfield o Jane Eyre; yo llevo 20 años esforzándome para que el lector no vaya de turista con mis personajes sino que se identifique también con ellos”.

Tocada con uno de sus carismáticos turbantes (“cuando tenía 20 años, me molestaba que se hablara de eso y el machismo implícito que comportaba: venían a hacerme entrevistas y me traían modelitos para que me las pusiera en las sesiones de fotos y les decía: ‘¿Cuando vais a hablar con Ian McEwan también le lleváis trajes?’; ahora todo esto tiene aún menos sentido, es una pérdida de tiempo para todos”), Smith, paradigma de lo multicultural, ve en estos tiempos de radicalización política un peligro añadido. “El multiculturalismo no es una idea política es una realidad práctica, degradada como lo está en tantos aspectos la vida social y política, y este intento de restaurar la supremacía blanca es una idea muy peligrosa que ya está impactando en lo multicultural”.

Miembro de la Royal Society of Literatura, profesora de escritura en EEUU, dos veces (2003 y 2013) mejor novelista joven británica, Smith está ya en otra novela, de la que apenas deja ir el título: “Se llamará El fraude y estará ambientada entre 1840 y 1850, algo terapéutico esto de poder ir a esa época y escapar de ésta. ¿Argumento? Dos personas que, cada una a su manera, son un fraude para ellos mismos y para los demás”. Actualidad rabiosa, o eso, novelar como una manera de revelar información escondida sobre lo personal, lo político o lo histórico.


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