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Valentí Puig o el fructífero hábito de escribir

Por Carles Geli   Foto M. Minocri

El País (Es)

Se sorprendió a sí mismo Valentí Puig no hace mucho al tropezar con un poema suyo mientras revisaba uno de los cuadernos de su futuro dietario. No debería haber sido así porque Puig (Palma de Mallorca, 1949) es, según algunos estudiosos, el eslabón con más derecho a formar parte de una cadena de intelectuales que tocan todos los géneros literarios posibles, instrumentos con los que, además, desea analizar el mundo y, en consecuencia, intervenir en él, como hicieron Agustí Calvet, Gaziel, Josep Pla o Baltasar Porcel. La última prueba de ello es numerosa porque coinciden ahora en las librerías cinco libros suyos: La bellesa del temps (dietario), Oratges de la memoria (poesía), El bar de l’AVE (novela; como los anteriores, editado por Proa), la recuperación, en formato de bolsillo, del Diccionari Pla de Literatura (La butxaca; en castellano, en la mítica colección Austral) y La vista desde aquí, una conversación sobre la actualidad con Ignacio Peyró (Elba).

También un poco por azar, Puig acabó en 1990 como corresponsal en Londres para el diario ABC, base de su ya quinto dietario. “Vi la esquela del titular hasta entonces y, como soy licenciado en filología inglesa y había estado en Irlanda del Norte, me postulé”. Así se asentó en el periodismo y, como admite, “fue como hacer seis másteres seguidos: la labor de corresponsal comporta la voluntad de pensar el mundo, leer libros, conocer gente y, con todo ese bagaje, te permite luego extrapolar mejor al analizar la política de aquí”.

Entre 1990 y 1993, Puig se cruza con uno de esos momentos únicos de lo que parece un cambio de ciclo histórico: el relevo de Thatcher (por la que el escritor muestra simpatía) por Major; la llegada de Gorbachov y Yeltsin como reformistas de una URSS que se desmorona y de la unificación alemana. Todo pespunteado, como en diarios anteriores —Dones que dormen (2015), Rates al jardí (2011), Matèria obscura (1991) y Bosc endins (1982), su elogiado friso memorialístico—, con reflexiones de corte vital (“L’adolescència és brutal, injusta, salvatge, cruel, protofeixista”).

También aparecen los diversos episodios que conformaron el Annus Horribilis de la familia real británica, que culminó con la muerte de Lady Di. “Ese fue el big bang del emocionalismo de la vida pública, el momento en que se globalizó”, resume Puig, que enlaza esa idea con la otra gran conclusión del momento marcada por el desmoronamiento del totalitarismo comunista que haría proclamar a Francis Fukuyama El fin de la Historia. “Parecía que el mundo lo tenía fácil, se respiraba optimismo, pero la Historia no se acaba nunca, tiene un componente trágico; hemos olvidado que la Historia acostumbra a acabar mal, impregnados como estamos por el supuesto buenismo y las emociones”, asegura quizá dejando entrever actitudes mucho más próximas. También en aquella época le pareció detectar dos fenómenos muy actuales. Por un lado, “un claro precursor de Donald Trump, que él detectó en el Ross Perot candidato republicano en el duelo presidencial Clinton-Busch, cuya campaña cubrió. Por otro, el cambio de la escuela clásica inglesa a la moderna, que comportó “esa bajada de calidad que ahora ya impera en toda Europa, un sistema más hecho por psicólogos que por pedagogos y que ya no sirve ni para ascensor social… Es curioso, hemos progresado en todo menos en el sistema educativo: ya hasta los padres han perdido el respeto a los profesores”, resume Puig con su característica voz baja.

No hay en los diarios la acidez ni la sátira que sí destilan tanto la novela como el poemario. “Los poemas no sé de dónde vienen; no tienen métrica, son intensidad del lenguaje, una masa de coágulo de tiempo, memoria, sensaciones y cierta irracionalidad ante la vida". Dice que no los ha escrito bajo el influjo de la situación política catalana, aunque algunos versos podrían indicar lo contrario, como los de Tribu: “De fet, construïren un odi solid, de llarga durada. / Així és com les tribus esdevenen civilitzacions”.

Entre Pla y Baroja

Hombre de orden y de costumbres, Valentí Puig suele acabar el año terminado un libro y empezando otro el primer día de enero. Tanto o más contento por sus novedades como por la recuperación de su ensayo sobre Pla (“es el catalán más leído en España y me gusta que esté por fin en Austral, que fue la gran colección de bolsillo en España”, terminará este 2017 con un ensayo sobre Pío Baroja: “Lo leí mucho de joven; es de una coherencia intelectual notable y su novelística se adaptaría muy bien a estos tiempos, con esa forma asimétrica, como descosida, ese río de personajes, como en un tranvía con gente que sube y baja...”, describe Puig, cómodo entre Pla y Baroja: en forma y fondo.

El misterio de la culpa

Con la narrativa de ficción es distinto. “Mis primeras novelas eran sátiras… Con la sátira se pueden hacer buenas, pero no grandes novelas; además, todo novelista ha de tener piedad por sus personajes; la acidez la dejo más para las circunstancias sociales que para las personas”. Admite que hace novelas “por el mero disfrute de construir personajes; cada vez es lo que me gusta más”, mientras se declara ferviente defensor de las que llaman “novelas-esponja, las que absorben e interpretan la realidad”, una manera de saltar la narración por la narración, batalla que hoy han ganado, en su opinión, las series de televisión, como Mad Men, “que tiene un punto de Scott Fitzgerald: él hubiera podido escribir el guión”.

La otra gran desventaja hoy de la novela es, en su opinión, “la desaparición de la clase media que leía novelas, ni que fuera por esnobismo; el libro ha desaparecido de las salas de estar y las mesillas de noche; y con ello han arrastrado la desaparición de una clase de magníficos escritores medios como Zweig o Somerset Maugham, que no son, claro, Musil o Kafka”.

Entre el escepticismo y el sentimiento que tan bien caracteriza obra (y quizá vida) de Puig, admite que sí transita por su producción literaria cierta corriente subterránea de culpa: “Sin culpa no hay civilización, creo que decía Baudelaire; la siento, aunque no haya hecho algo para ello o simplemente no haya mal; la culpa es un misterio, quizá sea cosa de la educación religiosa…”. En cualquier caso, de donde provenga quedará bien anotada en esas libretas en las que, antes al anochecer, ahora a primera hora de la mañana, toma notas sobre la jornada, labor sistemática desde hace años. “Es un hábito”, dice. El fructífero hábito de escribir.