Actualidad

Travesía por Comala: Ida y vuelta en el destiempo

Por Tatik Carrión   Foto Agencia EFE

El Espectador

Acabo de re-leer la novela “Pedro Páramo” de Juan Rulfo. Hace muchos años la leí y la abandoné porque tal vez no tenía desarrollada todavía la capacidad de tejer párrafos, desatar nudos y anticiparme a los desenlaces, siempre lo he amado en silencio y a gritos, sobre todo a sus cuentos, aquellos que me hicieron recordar a Anton Chéjov, a Tomás Carrasquilla, a mi adorado Fernando Soto Aparicio y por supuesto, a William Faulkner.

Viajé a Comala a través de las palabras de gente desconocida, de un hombre ilusionado con descubrir sus raíces y de vecinos que no sabían lo que era el silencio. Fui y volví en tres noches. Anduve con ellos, escuchándolos y adivinándolos, guiada únicamente por sus voces. A tientas fui siguiendo diálogos y descripciones de paisajes que me resultaban familiares y que pude encontrarlos luego, en el álbum de fotos de mi madre. Me perdí en las calles y en las casas, galopé y caí de bruces con el mismísimo Miguel Páramo y lloré su muerte con las lágrimas de Don Pedro. No entendí varias veces quién intervenía y me devolví a párrafos anteriores con la sed de comprenderlo todo, de no dejarme vencer. Me pregunté con un poco de temor sí los muertos leían porque los muertos de Rulfo parecen más vivos que los vivos. Traspasé las fronteras del juicio porque los personajes de esta obra no las tenían tampoco. Extravié a Juan Preciado por quedarme escuchando los monólogos de Susana o ver cómo Justina realizaba sus tareas. No conocí los tantos hijos de Pedro Páramo, en cambio, subí al cielo a ayudar a buscar entre los ángeles al hijo de Dorotea.

Rulfo logró en mí lo que logró con Juan al principio, desesperarme con los murmullos. Me tomó como personaje pasivo, oyente de los monólogos y diálogos que iban al presente y al pasado narrando varias historias que van comprendiéndose fragmento a fragmento y que tienen como personaje, amado y odiado, a un hombre con mucho poder económico y con poder para decidir si alguien vive o muere, o si alguien es dueño o no de su terreno. Una historia que parece ser la misma para todos los países… ¡Tantos Pedros Páramo regados por el mundo! Pero eso no es lo realmente maravilloso, lo que es realmente atractivo y hasta enloquecedor es que no sabes si los personajes viven o no, si duermen o están muertos, si los que hablan están en sus sentidos y si los sentidos de los vivos, están buenos…no sabes nada hasta que todas las revelaciones indican la misma dirección y entonces, una luz se enciende para mirar alrededor y hacia adelante.

Grande la maestría de Rulfo, el juego con el lenguaje, las pistas imperceptibles que va dejando, proponiendo no solo una estructura narrativa diferente, sino un lector diferente con el reto de estar pendiente de cada palabra, de cruzar puentes cuando los hay o de devolverse por la ruta del laberinto para encontrar la salida, si es que la hay o la hubo y desapareció. Un lector que no va de la mano, porque Rulfo no da la mano, da poesía, acertijos, conversaciones sin conectores, sin avisar que ya está del otro lado, sin sugerir nada. Un lector que relee, que se detiene varias veces a pensar en qué momento perdió el hilo, cuándo fue que todo cambió de manera tan abrupta. No basta con pasar los ojos por las letras, tampoco reconocer a cada personaje durante su intervención, hay que tener presente la historia de México, reconocer y comprender las interpolaciones, sin tener en cuenta las propias, o sí, pero sólo las que están atentas a seguir la ruta trazada, una ruta sin muchas señales, nueva y antigua al mismo tiempo, y, tan bella como dolorosa. Confusión y la claridad, bruma y cielo despejado en cada fragmento.

Eso fue lo que me dejó esta lectura, un rompecabezas en todo el sentido de la palabra, unas ganas infinitas de seguir buscando pistas y de aprender que, lo bueno, no necesariamente tiene que ser mucho, sino más bien de alta calidad como la excelsa literatura del maestro Juan Rulfo.