Actualidad

“Sigue siendo un misterio de dónde vienen las ideas”

Por Nicolás Lauber   Foto AFP

El País (Uy)

A sus 46 años, el periodista y escritor español Javier Sierra obtuvo el Premio Planeta en su 66° edición. Se trata de uno de los galardones más importantes de las letras en castellano, que este año tuvo un número récord de obras inscriptas: 634. Sierra, que se presentó con un seudónimo al premio, habló con El País sobre su novela, El fuego invisible (aquí se lanza en diciembre), la creación literaria y lo que significa ser best seller.

— ¿Cómo recibió a este premio?

—Con mucha emoción, porque de alguna manera es entrar en la nómina de una larga lista de nombres que han sido esenciales para la lengua española, y es el reconocimiento a una trayectoria literaria, más allá de una novela puntual. Así que estoy muy emocionado.

—Ya era, antes del premio, un autor consagrado con obras traducidas a 40 idiomas. ¿Por qué decidió presentarse usando un seudónimo?

—El presentarme con seudónimo lo hice porque forma parte del juego del Premio Planeta. Si me hubiese presentado con mi nombre, probablemente el jurado se hubiese sentido condicionado desde el primer momento. Básicamente desde hace muchos años, los autores lo prefieren así, para darle más libertad a los que tienen que decidir sobre el destino de las novelas. Pero presentarme al premio, para mí, era como un anhelo de principiante. Cuando comencé, hace ahora 20 años, en la imaginación de aquel joven escritor estaba el poder, un día, tener el Premio Planeta en su estantería. Ese sueño se ha cumplido.

— ¿Se siente cómodo con la descripción de best seller?

—En la tradición literaria hispana, lo que es etiquetado como best seller parece como literatura de poca calidad. Se la compara con la comida rápida, pero no tiene nada que ver. Un best seller es un libro que vende, pero de ellos surgen los clásicos. Esto pasó con El Quijote, que fue un best seller en tiempos de Cervantes. Don Miguel tuvo la suerte de ver cómo traducían su obra a otras lenguas europeas y no por eso es un libro de mala calidad, es el pilar de las letras en español. Hay que ser benévolo con los best seller y encontrar los de calidad.

— ¿Por qué la novela, situada en España, comienza en Irlanda?

—Necesitaba un personaje con raíces españolas, que comprendiera el pensar de los españoles, pero que los observara con cierta distancia. Y se me ocurrió Irlanda por la enorme tradición literaria, y como los hilos son literarios, me venía muy bien este origen.

—El jurado dijo que la obra presentaba una “tremenda erudición”, ¿cuánto tiempo demoró en escribirla?

—Es verdad, fue uno de los comentarios que le hizo el jurado a mi obra y le agradecí mucho, porque es una novela en la que estuve trabajando durante casi cuatro años. Está llena de referencias a obras literarias, porque a mí me conocen como escritor de novelas de misterio y enigmas, pero también hay un gran misterio, enorme, en la creación literaria. Desde Mark Twain a Victor Hugo, pasando por españoles como Unamuno o Valle-Inclán o Borges, se han preguntado en alguna ocasión de dónde vienen sus ideas, y han ofrecido todo tipo de especulaciones sobre esa cuestión. A mí me intrigaba esa obsesión de los creadores sobre este particular, porque muchos creen que las grandes obras maestras no son de ellos, sino que han sido dictadas. Incluso los grandes músicos escuchan sus melodías como si alguien se las susurrara. En la antigüedad eran las musas, en el siglo XIX los espíritus y ahora se habla de biología molecular. Pero sigue siendo un misterio de dónde vienen las ideas, y me he querido enfrentar a este tema en clave de novela.

—Leí que se inspiró en la obra En busca de la lengua perfecta de Umberto Eco, pero por la temática se acerca a El Péndulo de Foucault.

—El Péndulo es una novela más conspirativa y tiene que ver con el ejercicio del poder. Mi novela tiene que ver con el poder, pero con el de las palabras. De ahí su vínculo con En búsqueda de la lengua perfecta, porque lo que hace Eco en ese ensayo es buscar la lengua primordial, la que según la leyenda hablaron Adán y Eva. Es una búsqueda quimérica pero apasionante. Yo quise hacer algo así construyendo un personaje, David Salas, que es un lingüista que de alguna manera homenajea a Eco y que está preocupado por la etimología, por el ADN de las palabras. Se da cuenta de algo muy llamativo: la palabra “grial”, que es uno de los ejes de la novela, se inventa en el siglo XII. Nadie había utilizado antes la palabra “grial”, jamás en los 1200 años anteriores y la inventa un poeta francés, Chrétien de Troyes en 1180. Ese punto de partida, un debate muy de especialistas pero muy fascinante, es el que me sirve para arrancar la historia de mi novela.

—Por la temática también hay similitudes con la novela El Código Da Vinci.

—El código Da Vinci toca el tema de grial, pero las fuentes son todas muy posteriores. Dan Brown no tuvo intención en buscar la semilla de la creencia en el grial. Él utiliza el mito, al igual que Steven Spielberg lo utiliza en Indiana Jones y la última cruzada. Ellos gestionan el mito a su voluntad, lo que me parece perfecto porque un creador puede hacer eso. Pero quise irme a la semilla, y el origen está en la palabra. En el fondo, el Génesis tiene razón cuando dice que Dios lo primero que hace es crear el verbo, lo primero que crea es la palabra. Con la palabra da nombre a las cosas y esto lo dice también Eco, que si no se le pone nombre a algo, eso no existe. Hasta que no tiene nombre no tiene entidad, y eso es algo que esta sociedad moderna que malversa las palabras, las utiliza a todas horas y no correctamente, se olvida. Y yo quise recuperarlo para una ficción literaria y creo que lo que he encontrado es como un plutonio, una fuerza de energía maravillosa, porque los personajes y la trama tienen fuerza a partir de todo esto.

— ¿Cómo dosifica la ficción con los hechos verídicos?

—Esa es la parte más difícil de mi trabajo. Porque para una obra de estas características estuve trabajando casi cuatro años, visité todos los lugares donde la trama se desarrolla. Visité todas las iglesias de mil años donde están las pinturas, no solo el Ábside de San Clemente de Tahull, sino otras siete más perdidas en los pirineos. Y es verdad que cuando tengo todas esas piezas, lo difícil es encajarlas. El trabajo de mis novelas es como el de un relojero, tienes que ir ensartando cada pieza para que garantice el movimiento del resto. No puedes hacer que la teoría la convierta en un ensayo a la novela.