Revista Pijao
Robar libros para saltar a la fama
Robar libros para saltar a la fama

Por Sergio C. Fangul

El País (Es)

El robo de libros siempre ha tenido mejor reputación que el de otros bienes como bolsos, cámaras fotográficas o dinero público. "Existe la creencia errónea de que así se fomenta la cultura", dice el escritor Miguel Albero. "Sin embargo, a nadie se le ocurre pensar que escapando sin pagar de un restaurante con estrella Michelín se fomenta la alta gastronomía". Así que es común cierta comprensión hacia ladrón de libros (al fin y al cabo solo quiere leer, una actividad sin tacha), tanto que muchos escritores de reconocido prestigio (Bolaño, Fresán o Palahniuk, entre otros) han reconocido abiertamente esta práctica, al menos como "pecadillos de juventud". Luego está Jean Genet, que robó libros pero dentro de un historial de delincuencia muy bien nutrido, sobre el que asentó su leyenda y su literatura.

De todos ellos, y muchos más, trata el ensayo Roba este libro. Introducción a la bibliocleptomanía (Abada editores), recientemente publicado por Albero y cuyo título es, a su vez, un robo: también bautizó así su obra más conocida el estadounidense cofundador del Partido Internacional de la Juventud Abbie Hoffman (1936-1989), líder yippie de las revueltas contraculturales en los Estados Unidos de los sesenta. El volumen viene a ser un spin-off de otro anterior, Enfermos del libro (Universidad de Sevilla), que daba cuenta de los diferentes trastornos mentales de los bibliófilos (en algunos casos el amor al libro puede conducir a la muerte).

Albero entrega aquí, con precisión de entomólogo, una refinada (y casi obsesiva) clasificación de las diferentes tipologías de ladrones de libros impregnada de humor y una profunda documentación: desde los que roban para atesorar o revender hasta los que lo hacen para leer o porque no pueden evitarlo. Hay incluso libreros que roban libros de las bibliotecas que custodian. Tampoco se olvida de los "mutiladores de libros", que causan daños a los volúmenes, o esos que no devuelven los volúmenes prestados, porque también circula la creencia popular de que no hay que hacerlo. "Los libros nunca se prestan, se regalan", recomienda Albero, "así se evita perder el libro y el amigo". Por último, hay un repaso de la bibliocleptomanía dentro de la propia literatura y algunos "inútiles" consejos preventivos.

Entre los casos más notables está el del Conde Libri, algo así como el patrón del gremio, que robó cerca de 30.000 volúmenes siendo inspector de bibliotecas en la Francia del siglo XIX, investigando él mismo sus propios robos, sin hallar culpable, claro. Stephen C. Blumberg, el mayor ladrón del siglo XX, roba por el mero hecho de robar, pura cleptomanía, hasta 19 toneladas de material, con valor de 17 millones de euros en 327 instituciones repartidas por 45 estados de EE UU, y dos regiones de Canadá. Quería ser el mejor ladrón de libros de la historia, superar los récords del célebre David Shin. En 1991 fue condenado a 71 meses de prisión. Cuando salió de prisión, reincidió.

Entre los ladrones de libros antiguos figuran Massimo De Caro, genio de la falsificación, o Forbes Smiley III, el gran ladrón de mapas. Joe Orton robaba libros para luego devolverlos intervenidos: cuando el dramaturgo británico ganó celebridad, esos ejemplares únicos se revalorizaron de forma astronómica. Y cualquiera que piratee libros electrónicos en Internet tendría aquí cabida. "Los hay de todos los colores, todos interesantes", dice el ensayista, "yo creo que el producto hace al ladrón, y los de libros son más divertidos que los ladrones de plasmas y dan más juego que los butroneros".

¿Es la precariedad lo que lleva a los escritores a robar libros? "Creo que no", dice el autor, "más bien esa precariedad genera lo que Martínez de Pisón llama la 'muerte del escritor de clase media'. Habrá que buscarse profesiones alimentarias o perpetrar 'bestia sellers'. Pero los escritores son, cómo no, ladrones de libros... y hay quien no se siente escritor hasta que alguien no roba un libro suyo. Allá él".

Y usted, ¿ha cometido esos "pecadillos de juventud"? "Jamás los confesaré, no vaya a ser que pierdan el diminutivo. Uno es padre de familia y persona supuestamente respetable".

La imagen que acompaña el artículo: Joe Orton (derecha), con Dudley Sutton y Madge Ryan, actores de su obra 'Entertaining Mr Sloane' en 1964. Keystone Getty Imagens


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