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“Quienes sufren se convierten en las personalidades más bellas”

Por Berna González Harbour   Foto Samuel Sánchez

El País (Es)

A la verdad le puede sentar bien el aplazamiento. Lars Mytting se ha tomado en serio su propia premisa y ha logrado al fin alumbrar un libro que perseguía casi desde niño, cuando su abuelo trabajaba la madera de abedul en la planta baja de su casa y él hojeaba revistas de armas. El escritor noruego que el año pasado triunfó en países de todo el mundo con El libro de la madera, un sencillo manual sobre la leña, sí, pero sobre todo acerca de la importancia de las cosas que nos vinculan a la vida y el valor del silencio frente al ruido exterior, regresa ahora con Los dieciséis árboles del Somme (ambas en Alfaguara). Una novela de oficio y alma que echa raíces en los terrenos más sombríos de la II Guerra Mundial; de las filas colaboracionistas y de la resistencia; y de las clases sociales de ricos y pobres donde estos, si están atados a la tierra, pueden ganar.

Hay muchos elementos valiosos en esta novela, pero el trauma de la ocupación nazi de Noruega (1940-1945) es probablemente la savia que la alimenta con mayor intensidad. El abuelo carpintero del Mytting real participó en la resistencia, pero en su familia también hubo quien cayó del lado nazi. “Los alemanes usaron nuestra mitología como propaganda, creían que los dioses vikingos y nórdicos eran una herencia común y la utilizaron para implicar a los jóvenes noruegos”, cuenta Mytting (Favang, 1968). El recuerdo de esas historias que oyó de niño, pero sobre todo los objetos que dejó el abuelo al morir le impulsaron a averiguar más. “Mi abuelo murió muy pronto y solo pude recordarle por objetos como muebles, cosas aparentemente muertas pero que nos hablan de lo que hizo, de su imaginación y capacidad. Todo eso se tradujo en el deseo de saber sobre él”.

El protagonista es precisamente un hombre criado con su abuelo que solo sabe un par de cosas: que sus padres murieron cuando él tenía tres años; y que él estuvo desaparecido varios días. Desvelar ese misterio se convierte en el motor de lectura a través de una extraordinaria dosificación de datos que, como en las grandes intrigas, nos hace avanzar y a la vez ampliar la historia. Una historia tan ficticia como ligada a puntales muy concretos de la historia de su autor: Mytting tenía 14 años cuando cayó en sus manos una revista sobre armas que le abrió los ojos acerca del poder cicatrizador de los árboles. “Supe que se habían encontrado restos de metralla napoleónica en nogales. Vi que los árboles más bonitos son los que han crecido de forma irregular, los que han tenido que cicatrizar heridas, y lo mismo ocurre con las personas en mi libro. Los que más sufren y más marcas acarrean se convierten en las personalidades más bellas”.

La historia no quedó ahí. A los 33 años, en una mudanza, descubrió escritos que no recordaba y que le costó identificar como apuntes de esta novela trazados por él a los 17 años. “Empecé a leerlo, me resultaba apenas familiar y tardé en descubrir ¡que los había escrito yo mismo! Fueron los primeros intentos”. Para conseguirlo aún pasaron muchos años, dos viajes al Somme (escenario de la cruenta batalla en la I Guerra Mundial) y visitas a las islas escocesas de Shetland, donde transcurre parte de la novela y donde vivió en carne propia la peor tormenta allí conocida en 25 años, clave para la novela. “Todo eso tuvo impacto físico real en mí”.

En las islas se produce el encuentro del protagonista con una joven de clase alta británica que será el espejo inverso de su historia. Él viene de la granja, las patatas y la leña. Ella, de los muebles exquisitos y ropa de marca. “Cuando vienes de la socialdemocrática Noruega, donde todos nos consideramos iguales, y vas a una Inglaterra donde las clases sociales sobreviven se produce una paradoja interesante”, cuenta Mytting, divertido. “Como se suele decir, no hay ningún objeto digno de recordar diseñado en un Estado socialista. Lo que admiras siempre es producto de artesanos especializados que trabajan para las clases ricas y es interesante y cínico para un noruego observar esto. Pero al final, el mundo de los objetos muertos te puede dejar solo, mientras que quienes crecen en modestas condiciones pero en contacto con la tierra y lo que crece, no. Él siempre podrá volver. Ella no tiene a donde volver”.

La verdad requiere tiempo para escribir y para descubrir, insiste, pero también duda de que sea siempre necesaria. “Hay cosas escondidas en el pasado que tal vez deberíamos dejar como secreto de esa generación, que duelen demasiado como para reavivar. Para nosotros, los nietos, es fácil abrir la caja de los secretos y mirar qué hay, porque la vemos como parte de la historia. Pero la verdad puede destruir. Destruir a alguien que hizo algo malo, después se arrepintió y siguió adelante. No hay respuesta definitiva. Es la gran paradoja”.