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Martín Casariego: “La literatura juvenil es más inocua de lo que debería”

Por Jorge Morla   Foto Samuel Sánchez

El País (Es)

Dos rupturas acechan a Fernando, el protagonista de la última novela de Martín Casariego. Una es la sentimental: recién separado, decide irse a vivir a Lavapiés y, aunque sea un poco tarde (aunque quizá nunca es tarde), recomenzar su vida por otro camino. La otra es generacional: su padre acaba de morir. Es en ese barrio madrileño, caótico y heterogéneo, donde Casariego (Madrid, 1962) construye Como los pájaros aman el aire (Siruela).

“Todo surge de una historia real, de un conocido que me la contó. Un hombre que pierde a su padre y se queda con sus gafas, y con ellas comienza a tomar fotos de desconocidos. También, de una mujer que conoce, entre atractiva, misteriosa, a través de esas fotografías”, cuenta Casariego en la cafetería del madrileño Círculo de Bellas Artes. “Me apropié de esa historia y la novelé”, explica, café en mano, encogiéndose de hombros.

Eso narra el libro: un comienzo, los primeros pasos artísticos de una pasión que siempre estuvo latente, las relaciones nuevas, el naufragio en medio de una gran ciudad. De entre todos hay un concepto que sobresale (y que sobrevuela toda la novela), al que Casariego se refiere en el libro como física sentimental. “Como dicen en la ópera Carmen, el amor es un pájaro caprichoso. Me gustaba esa idea de no posesión, la imagen del amor como algo caprichoso. El protagonista fue feliz cuando se posó sobre él, pero no era suyo. Luego se fue flotando y se posó en otro. Así de simple”.

De bar en bar, de frutería en frutería, Fernando va tramando su fotografía: siempre retratos en blanco y negro de gente que posa con las gafas de su difunto padre. En una de las elucubraciones en las que se mete, habla del efecto Dragan, de cómo la teoría dice que un buen retrato debe revelar algo del retratado. ¿Y una novela? ¿Revela algo de quien la escribe? “Claro. La vida propia es una de las fuentes más potentes que nutren una novela”, explica Casariego. “Ese personaje no soy yo, pero claro que muchas de sus reflexiones son mías, muchos de mis pensamientos son suyos”. Y cita a Vargas Llosa en eso de que el escritor está desnudo y se disfraza, pero antes de recalcar que, en la medida de lo posible “me gusta ocultarme, no contar al Martín Casariego real”. Agazapado en sus novelas. Ajeno, pero presente.

En el centro de la cafetería del Círculo de Bellas Artes hay una figura femenina de mármol que se retuerce. Es el salto de Léucade, de Moisés Huerta. Casariego la mira de reojo varias veces durante la entrevista hasta que comenta que ambas, cafetería y escultura, tienen una aparición en El juego sigue sin mí, la novela con la que en 2014 ganó el premio Café Gijón, y que narra la convulsión de la adolescencia. “La verdad es que yo me tomo la novela juvenil muy en serio”, cuenta el autor de éxitos juveniles tan sonados como Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero, de la que se vendieron más de 150.000 copias y fue adaptada al cine. “La novela juvenil debe ser asequible para el joven, pero también interesante para alguien de mi edad”, señala.

“Pero claro, la literatura juvenil, por el público a quien va dirigida, tiene un problema. Imagínate que un profesor recomienda una novela en una clase. Pues si de 60 alumnos que lo leen, un solo padre tiene un problema con el libro, ya te buscas un problema”, reflexiona. Y termina señalando la asepsia con la que muchos autores encaran estas obras para no meterse en ningún lío: “Todo esto, al final, hace de la literatura juvenil algo más inocuo de lo que debería”. Quizá sea hora de mirarla con otras gafas.