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Jorge Franco: ‘La literatura me salva del odio’

Por Maria Paula Lizarazo Cañón

El Espectador

El paso de los recuerdos en su cabello –que ya no es netamente negro–; las cejas negras y pobladas sobre una mirada atenta, pausada, que se fija en el infinito mientras que el silencio se hace presente en tanto que busca la respuesta más sensata ante cada pregunta. Empieza a responder, para, reorganiza ideas, sigue, redondea lo dicho; el acento paisa: intacto, así como el encanto espontáneo que suscita por cuidar el sentido de cada palabra que pronuncia, cual relojero que repara las piezas de un pulso.

La conversación reposó alrededor de la literatura, la recepción y la crítica literaria, la industria editorial y los cánones. Solo una pregunta trajo a colación uno de los temas que, junto al de la muerte, ha sido núcleo de grandes obras de la literatura: el amor, el enredijo más profundo que habita nuestro ser.

¿Qué hay de Antonio (Rosario Tijeras) en usted?

Pues supongo que bastante, aunque como autor reparto lo mío entre varios personajes. De todas formas, en una época de mi vida tenía la mala costumbre de involucrarme en amores imposibles, un poco como Antonio.

Sobre la recepción y la crítica: es importante el análisis literario, pero prefiere no leer nada acerca de una obra sino hasta después de haberla leído. Sobre el monopolio editorial: considera que no es algo del todo malo, que de hecho responde a este orden mundial, y que las grandes ventas de best sellers permiten que las editoriales se arriesguen y les den la oportunidad a nuevos autores, de igual modo, terminan surgiendo editoriales independientes que también lo hacen. Sobre los cánones: innecesarios, el canon más válido es el pasar del tiempo: las obras que logran perdurar.

Dice que tiene mala memoria, que no sabe muy bien cuáles fueron esos primeros libros que lo llevaron a leer otros. Piensa en ediciones viejas que conserva y que le dan una pista sobre lo que pudo haber leído cuando empezó su vínculo con lo literario, por allá a los 14 o 15 años. Por ejemplo, los cuentos de los Hermanos Grimm, o las sagas de Los Cinco y Los Siete, de las que luego saltaría a leer todo lo que pudo encontrar de Shakespeare.

Para Sábato la literatura era como algo fantasmagórico, como un sueño, una descripción no fiel. Fuentes, al hablar de Rulfo, decía que su literatura no era una descripción, sino una imagen, casi que una fotografía. ¿Usted cómo la concibe?

Yo siempre la he mirado –a la literatura– como una radiografía: hay que interpretarla, hay que saber leerla, hay que aprender a descifrar a esas manchas, esas formas que aparecen ahí, a veces un poco borrosas, a veces en contraste con otras, a veces superpuestas con otras, para entender cuál es el síntoma que está manifestando. No es una copia fidedigna de la realidad, siempre hay un filtro que es el autor mismo: el lenguaje, el tono, el estilo, los distintos quiebres que haga el autor a esa realidad. En ese sentido no es totalmente una fotografía, por eso, la veo más como una radiografía, en el sentido en que hay que interpretar esas manchas, esas sombras, esos claros, esos oscuros.

Hablamos de su vínculo con la literatura, de cómo estudiando cine dio un vuelco, por tantas historias que le ponían a escribir, hacia la creación literaria, y terminó en Estudios literarios, en la Javeriana. “Cuando fui estudiante de literatura, yo tenía mucho miedo de que un análisis muy profundo de la creación literaria me fuera a afectar esa frescura, esa espontaneidad que yo siento que se necesita a la hora de escribir. Yo creo que el escritor tiene que tener una mezcla entre lo racional y lo visceral bien equilibrada para dejar que eso de adentro salga”.

Jorge Franco empezó por publicar cuentos, en la década de los 90. Sabía que llegaría el momento de escribir algo más largo, una novela, simplemente esperó.

El lenguaje devenido en literatura es su medio para acercarse a lo oculto, a eso oculto que atraviesa la condición humana y se manifiesta cuando aparece la noción de muerte en la vida de un hombre. Palabra tras palabra, se acercaba –no revelaba, no cree que sea posible– a ese misterio, pero entonces necesitaba más; una letra, una página, una historia, lo llevaban a otra, necesitaba conocer otra, crear otra, los cuentos no eran suficientes, como si el misterio se alejara a medida que él se acercaba, intuía que ya era hora de algo más grande. La necesidad poética y el medio editorial lo llevaron a su primera novela.

“Lo imaginé, vi un callejón estrecho, sucio, como en el centro de una ciudad, cualquier ciudad, era de noche, llovía y de pronto veía una mujer con tacones muy altos caminando en ese callejón, y de pronto patea una cabeza suelta”.

De esa imagen onírica resultó Mala noche, la primera novela de Jorge Franco. “A partir de esa idea surgió un ejercicio literario: a ver qué sale de ahí, hasta dónde me lleva esa idea. Es una fórmula que sigo aplicando con todas las novelas, hasta dónde llego, hasta dónde puedo llegar, ese impulso lo alimento con muchas preguntas: quién es esa mujer, por qué era de noche, por qué caminaba de noche en ese callejón, esa cabeza por qué está suelta ahí, de quién es; tratando de dar respuesta a esas preguntas es que comienza a salir la historia. De todas maneras había también un encanto por el mundo de la noche, he sido casi toda la vida muy noctámbulo y son mundos opuestos: la gente que lo habita, las cosas que se hacen, lo que se piensa…”.

¿De qué lo ha salvado la literatura?

De una neurosis. Del odio. Yo me siento a veces tan enfurecido por el mundo que si no fuera por la literatura, manejaría una dosis de odio alta. Me enfurece el mundo, me confronta, me parece que la condición humana es estúpida, violenta y que tenemos más defectos que virtudes… La literatura me ha permitido canalizar esa furia, esa ira, y hasta entenderla.

Su estudio alcanza a mirar la infinitud bogotana desde el cerro hasta el occidente. Hay un sofá blanco, una mesita de centro y dos sillas no importa de qué color, detrás de las cuales está enmarcada en un tablero grande la portada de El mundo de afuera, novela que lo consagró como premio Alfaguara de Novela en el 2014.

El escritorio, su escritorio, está más adentro: es su lugar para lo visceral, para la rabia, y las imágenes, es el testigo número uno de lo que escribe y lo que tacha, de los momentos en blanco y de lucidez excesiva, del comienzo de cada novela y la palabra final de las mismas, incluso el primer enterado de las historias que simplemente mueren, como aquella –una– que tuvo que abandonar en la página 100 porque no había más preguntas que hacerle, por tanto no había respuestas que le sumaran vivencia a la historia.

Creció rodeado de mujeres, sus hermanas. Hoy en día, el mundo que lo rodea también es mayoritariamente femenino. En su casa no había diferencias marcadas por el machismo en cuanto al género, los criaron por igual. Desde siempre pudo escuchar las historias de los romances de juventud de sus hermanas, sus temores, sus sueños y sus secretos, y entendió la complejidad del alma femenina, eso de lo que él se ha valido para su literatura.

Le pregunté por Brenda (Mala noche), por Rosario Tijeras, ¿qué le da una mujer como personaje? Dijo que mucho; me puso como ejemplo a un hombre y una mujer que tuvieran que llegar a un mismo fin: el hombre iría en línea recta, mientras que la mujer andaría por un tramado curvo, con giros y obstáculos, es, pues, allí donde se hallan las historias, y las vuelve sus historias, sus novelas.

¿En qué medida dialoga consigo mismo en sus novelas?

Yo creo que muchísimo. No he hecho novelas estrictamente autobiográficas, pero sí creo en eso que dicen por ahí de que toda novela es una autobiografía en la medida en que es un diálogo con uno mismo a través de uno o todos los personajes de la historia, y de diferente manera. Yo me he dado cuenta de que los libros se parecen mucho a sus autores, en el tono, en el lenguaje, a veces uno ve las cosas pulcras, muy limpias, y conoce al autor y se da cuenta de que su forma de hablar, ser y vivir es muy similar a eso.

El autor no puede esconderse en sus libros.