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Dos sofisticados vagabundos

Por Luis Chitarroni

Revista Ñ

De 1972 a 2011, Sam Shepard y Johnny Dark intercambiaron postales y cartas. Esta es una crónica a dos voces -que a veces parecen una sola- de un largo ciclo de vida que se atreve a no evitar la dicha porque no teme tampoco alojar su estrago. Las figuras secundarias son en exceso relevantes. Da gusto destacar las apariciones, sobre todo en el caso de Terrence Malick y de Roberto Bolaño, quien sin duda debía admirar a Shepard (la poesía de Bolaño, sobre todo, refleja el gusto por ciertas tendencias de los ochenta, los beatniks, lo destemplado y lo desceñido). A Shepard, que intenta ser recíproco, lo sume en la perplejidad. El enigma y el misterio nunca estuvieron lejos de la profesión de fe de este sofisticado vagabundo.

El amplio elenco de autores, en cambio, revela cierta convivencia con una convencional falta de curiosidad. ¿Por qué son, al parecer, siempre los mismos, los dictados para una carrera intelectual en todas partes del mundo? Una sola lectura, que Shepard dedica a sus hijos, parece fuera del canon generalizado del escritor moderno.

Entre los requisitos que cumple Dos buscadores como epistolario, el más imprevisible consiste en expulsar la biografía inherente a esta larga estrategia de puentes levadizos, en reemplazarla por una asistencia esporádica y llamativa, novelesca. A la vera del camino, en esta lección aprendida, no solo de Jack Kerouac, sino de Richard Fariña y John Clellon Holmes, el non sequitur consentido lo aporta una revisión de las causas y efectos para mejor desatenderlos, como si las dos últimas décadas del siglo veinte destinaran aprender lo aprendido a una función subalterna. Y permitir hacerlo, al oficio, aunque es el que inaugura la novela callada, incluso una más regular que la que escribieron muchos contemporáneos. Así como una primera etapa del realismo se encargaba de apropiarse de lo que sabía el mal sobre sí mismo en cuanto a técnicas -veleidades y minucias del hampa-, en la medida en que las proyecciones criminales exceden, generalmente, las de un pálido y manso intelectual, la segunda -no forzosamente más digna ni menos primitiva- se ocupaba de individuos solitarios, que pertenecían a una desperdigada e innominada secta. A este género pertenece, obviamente, Dos buscadores.

La amistad es un espacio aparte, que un dómine como Escher sabía incorporar con la misma destreza con que lo excluía. Un desapego en apariencia frívolo, que la amistad no desaprueba, capaz de prolongar, como en este caso, los anhelos, y cumplir órdenes a destiempo, prevalece. Solo a destiempo. El puente levadizo se tiende y no tiene que ocuparse de recuperar algo.

Aparte de consecuente, el epistolario Shepard/Dark tiene la ventaja de haber sido desfondado por los acontecimientos de dos vidas no tan dispares, en la medida en que lo son dentro del límite que fijan un tiempo y un espacio de misiones crepusculares, sombreadas por algo que daríamos en llamar, con distintas magnitudes, “la voluntad artística”. Las dos figuras que anteceden y presiden a distancia esta voluntad artística, comparecen de manera distinta también: formas, no necesariamente breves ni frágiles del destino. Cuando el epistolario comienza, una -Kerouac- ya ha muerto, en 1969; la otra -Beckett- ha recibido el Premio Nobel ese mismo año.

La elección de figuras titulares tan poderosas es algo que corresponde a un afanoso suicidio ontológico antes de someterse al ejercicio de la obra propia, y corresponde, sobre todo en el caso de Shepard, a una especie expiación y purificación, porque, aunque el rastro de Beckett no deja de encontrarse, el de Shepard se obstina en prevalecer. El contexto crea la reserva: hay más de Tennessee Williams, y hasta de Zane Grey, que de Montherlant, de Anouilh o de Ghelderode en los melodramas polvorientos de Shepard.

Después de una primera etapa que no destiñe el origen de cierta rebeldía neoyorkina, y de aceptar el aforismo proustiano de dejar las mujeres bellas a los hombres sin imaginación, Johnny y Sam se dedicaron con obstinación a las mujeres bellas. Estas escanden el lírico celibato de un epistolario entre varones. El ritmo que dimos en llamar de puentes levadizos es tan continuo, que incluso la interrupción (hay una pérdida de cartas y postales importante de 1999 a 2002) le otorga al intervalo el valor de una pausa -y una pauta- artística, a cuyo blanco o silencio se puede someter el rigor complejo de la obra colectiva.

Dos buscadores sin duda pertenece a la especie, como esa cadena de haikus (o haikai) llamada renga. También “las estaciones” de la poesía japonesa están presentes, en forma de contumacias o recurrencias temáticas. Una que encarna distintas formas, es el abandono, el apartarse del mundo, de sus conflictos, sosiegos y tentaciones. El de Tolstoi a los ochenta consterna a Shepard y parece remitirlo al carácter que el abandono ocupa en su propia vida. La carta final, en la que devuelve su parte a Dark, es la apoteosis precisa: “Ya no me interesa seguir revisando el pasado -burlándome del pasado - recordando el pasado o reescribiendo el pasado”. A mí me gusta ver tal escena privada como el cuento zen que recoge Elías Canetti en su libro de los muertos, el del maestro que quiere persuadir a sus discípulos de que lo persuadan a seguir en este mundo. Dos veces repite la insinuación el Maestro, disimulada, por pudor, en exégesis bucólica. Dos veces los discípulos la desatienden o la pasan por alto.

La edición es buenísima. Imágenes y caligrafía acompañan a la perfección, sin sentimentalismo, esta historia dramática.

Dos buscadores, Correspondencia 1972-2011, Sam Shepard y Johnny Dark. Trad. María Inés Castagnino. Editores argentinos, 501 págs.