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Detección y juicio

Por Carolina Sanín

Revista Arcadia

Si la literatura se ha enamorado del personaje del detective y tanto se ha dedicado a describir el proceso de la detección criminal, esto se debe a que, al tratar sobre ellos, trata sobre sí misma y descubre en qué consiste la lectura de un texto literario. Dicho de otro modo, cuando leemos una historia de detectives nos emociona saber -consciente o inconscientemente- que nos vemos a nosotros mismos leer. Pues leer literatura siempre es detectar: seguir pistas, confiar en testimonios, descreer de esos testimonios, asociar instancias que parecen inconexas entre sí y, entre tanto, relacionarse con la ley y considerar la violación de la ley -de la ley positiva de los hombres y de la ley de la coherencia que el texto encuentra en sí mismo y cumple consigo mismo-.

El detective es un lector y, en la ficción detectivesca, casi nunca es el mismo personaje del juez. El detective sabe siempre más que el juez. Que este cumpla con la justicia depende de que aquel haya hecho bien su labor y haya presentado evidencias consistentes. El lector literario, por su parte, debe ser sucesivamente detective y juez.

El ejemplo más temprano que conozco de un relato detectivesco está en las Mil y una noches y se conoce como “El jorobado, el judío, el superintendente y el cristiano”. Trata sobre la dificultad de la asignación de la culpa, y por tanto, sobre la complejidad en la construcción de un texto literario; sobre cómo se separan y se unen las diversas partes de un relato para develar la verdad. Podría decirse que en este cuento el detective y el juez son el mismo: un gran rey indagador y escuchador. Al final de su investigación del crimen -después de la corrección de los juicios apresurados y de la reconstrucción de las acciones- resulta que ni siquiera había una víctima: el muerto sigue vivo y solo hay que curarlo. Leer bien -observar con cuidado y amplitud- es reanimar.

Hace unos días la columnista Catalina Ruiz-Navarro emitió en una columna de El Espectador un juicio según el cual Gabriel García Márquez era “machista”. “Basta observar por un segundo a las mujeres que construye en su literatura (…) para ver que todas son musas, mozas o madres”, escribió.

Si Ruiz-Navarro hubiera empleado a su juicioso detective y se hubiera ocupado menos de complacer a su apresurado juez, se habría dado cuenta de que en la obra de García Márquez (a quien ella llama “Gabo”, porque en Colombia la gente es confianzuda hasta para condenar) no solo no se incurre en el machismo, sino que se interroga con clarividencia la cultura patriarcal. Desde el cuento “Eva está dentro de su gato” (escrito en 1947, cuando su autor tenía 20 años), en el que un personaje femenino reflexiona sobre la maldición de la belleza física para las mujeres y analiza su propio deseo, García Márquez no paró de investigar la condición femenina, de ver la potencia de la mujer que se levanta sobre la opresión de su papel asignado, de explorar la violencia y los matices de la misoginia, ni de señalar las trazas perceptibles del matriarcado en el patriarcado. Por mencionar solo un puñado de ejemplos, en “En este pueblo no hay ladrones” examina la ciega y violenta vanidad del macho; en la “Cándida Eréndira” contempla uno por uno todos los cautiverios a los que son sometidas las mujeres (la servidumbre, la prostitución, las expectativas de sus antepasadas, el matrimonio y el amor) y celebra, al final, su liberación. De Crónica de una muerte anunciada ya escribí por extenso el mes pasado. Podríamos seguir con la gran matriarca de Cien años de soledad o con El otoño del patriarca, que es explícitamente una crítica de la monstruosidad patriarcal y -como se indica desde su título- la profecía de su colapso “con las campanas de gloria que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado”, que es su última línea.

a lectura sirve para algo tan básico como esto: para que el lector aprenda que ninguna cosa es como a él le parece que es antes de haberla leído (antes de que se detenga a detectar). Y no hablo de interpretar, sino de observar las palabras, una por una y todas juntas: de prestar atención. Si eso se hace, entonces el texto le dice al lector -como el cadáver al detective que, investigándolo, lo revive- su verdad. Tal cosa sucede hasta con el texto de Ruiz-Navarro. “Basta observar por un segundo”, se dice allí, y con eso se delata la verdad del resto de lo que se dice -o sea, en este caso, su falsedad-. Leer no es “observar por un segundo”. Es más: observar no tiene lugar en un segundo. “Observar por un segundo” es un oxímoron. No hay que ser Miss Marple para verlo, ni tampoco para ver todo lo anterior.