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Despedazando a Andrés Caicedo

Por Sandro Romero Rey*  Luis Ospina**

Revista Arcadia

A partir de una carta de sus hermanas, Pilar y María Victoria, publicada en nuestra pasada edición, decidieron escribir una síntesis de los hechos ante la evidencia de que la correspondencia de Caicedo será el libro del año jamás publicado.

“Mierda, no le estoy sacando copia a esta carta.  En fin, no importa.

Algún día que nos veamos me la muestras, o si no, ya tú la ofrecerás a quienes

deseen publicar un volumen de mis cartas, después de mi muerte, ja, ja.

Ahora la deseo más que nunca, Jaimito, pero tómalo con humor”.

Carta de Andrés Caicedo a Jaime Manrique Ardila. Sin fecha.

Si el 5 de junio de 2017 la mayoría de los miembros de la Junta de la Fundación Caitela SAS (con excepción de Rosario Caicedo) hubiese decidido autorizar la publicación del libro Correspondencia de Andrés Caicedo, seguro no estaríamos padeciendo las consecuencias de semejante arbitrariedad. Todo lo que se vino después es una absoluta vergüenza. Pareciera una orquestada campaña de expectativa ante la inminente aparición de un libro de chismes, de intimidades no resueltas o de caprichos familiares que deberían permanecer en el arcón. Los periodistas, los curiosos, los chulos o los despistados, todos a una, se han lanzado como buitres a los famosos “Archivos de Andrés Caicedo”, en la Biblioteca Luis Ángel Arango, en busca de lo que no está allí, en unas cajas sin ningún orden que la institución guarda con benevolencia, de acuerdo a una lógica que ni el más aguzado de los caicedianos logrará entender. 

Pero vamos por partes. No hemos querido opinar alrededor del tema de la publicación de sus cartas, porque ya habíamos escrito y trabajado lo suficiente sobre y por Andrés Caicedo, como para meternos, además, en estas peleas de egos familiares. Sin embargo, la sangre se nos subió a la cabeza al leer comentarios, a cual más inexactos, sobre la evolución de los acontecimientos. Y como la memoria es débil o simplemente nadie se ha tomado el trabajo de leer o ver nuestros trabajos sobre el tema, los prólogos, las presentaciones, no ha oído nuestros programas de radio, nuestras obras de teatro o nuestros documentales, o simplemente se ha inventado su propia versión de los asuntos, nos permitimos aclarar algunos malentendidos como consecuencia de la excelente reflexión publicada por la revista Arcadia, en su número 142, firmada por Christopher Tibble.

Debemos aclarar que nunca hemos tenido ningún tipo de enfrentamiento, ni personal ni público, con ninguno de los miembros de la familia del escritor. Al contrario, nos hemos respetado y hemos mantenido complicidades o distancias, de acuerdo con las circunstancias que rodean a esta tumba que parece estar cada vez más sin sosiego. Ni siquiera quisimos abrir nuestra boca, tras el estreno de la película titulada Que viva la música de Carlos Moreno, donde parte de la familia (con excepción de Rosario Caicedo) decidió poner toda la carne en el asador, a pesar de las advertencias de moros y cristianos. Pero, parafraseando a El atravesado, nos sacaron la piedra. En el número 143 de la citada revista, Pilar Caicedo, una de las hermanas mayores del clan, ejerciendo como gerente de la memoria de su hermano, se va lanza en ristre contra el artículo de Tibble y, literalmente, destapa sus cartas. Tras leerla desconcertados, viendo cómo la historia se va acomodando para que los albaceas de la obra de Caicedo terminen siendo los dueños de su memoria cuando, en vida, fueron quienes estuvieron más distantes, nos permitimos recordar, o contarles a los lectores de las nuevas generaciones, algunos detalles al respecto:

Pilar Caicedo dice: “Por muchos años… nos hemos dedicado a difundir su obra”. Permítannos poner en duda tal afirmación. El “trabajo” de divulgación de la obra de Andrés se debió, en primera instancia, a su padre, Carlos Alberto Caicedo, quien sirvió de facilitador para que sus textos vieran la luz. Gracias a él, primero Sandro Romero Rey, le dio un primer orden al baúl con los tesoros. Luego, con Luis Ospina nos encerramos durante meses a darle cuerpo al asunto. Con los años han seguido otros (Ramiro Arbeláez, Cristóbal Peláez, Mauricio Domenici, Alberto Fuguet…) pero ¿las hermanas mayores? Permítannos recordarles la diferencia entre “ser dueñas de los derechos” y otra, muy distinta, conocer su obra desde la mirada de alguien que estudia a un autor, desde la especialidad por el cine, la literatura, el teatro, la historia o la poesía. Carlos Alberto Caicedo sirvió de puente, para que los libros por los que se conoce el genio de su hijo (El atravesado, ¡Que viva la música!, Angelitos empantanados o historias para jovencitos, Destinitos fatales, Ojo al cine) llegaran a los lectores. Con el nuevo milenio, entre tumbos y retumbos, todo se ha publicado a retazos (El cuento de mi vida, El libro negro de AC…) o simplemente no se ha avanzado en claros criterios editoriales, salvo cambiar de casas que reeditan cada vez menos sus títulos. Y la obra completa de Andrés Caicedo, con la seriedad que siempre se ha solicitado, nunca se publicó. Lo mejor, las 6 traducciones de ¡Que viva la música! Pero, a 2017, la obra completa de Caicedo duerme el sueño de los justos.

En el “Prólogo” (“Las cartas sobre la mesa”; inédito) a la Correspondencia, escrito por Luis Ospina y Sandro Romero Rey, recordamos lo siguiente (cito un fragmento de un texto de 14 páginas): “La obra completa de Andrés Caicedo está compuesta por:

Narraciones tempranas (primeros relatos y una novela adolescente titulada La estatua del soldadito de plomo).

Calicalabozo (Cuentos)

El atravesado (novela)

¡Que viva la música! (novela)

Angelitos empantanados o historias para jovencitos (relatos)

Noche sin fortuna (novela)

Ojo al cine (textos de crítica y ficción)

Guiones para largometrajes (La sombra sobre Innsmouth, La estirpe sin nombre, No me desampares ni de noche ni de día, junto a la sinopsis de un western titulada Los amantes de Suzie Bloom).

Guiones para cortometrajes (Angelita y Miguel Ángel, Un hombre bueno es difícil de encontrar, Va a venir visita)

Obras de teatro. Adaptaciones libres: La cantante calva (Eugène Ionesco), Las sillas (Eugène Ionesco), La noche de los asesinos (José Triana), Fastos del infierno (Michel de Ghelderode), El mar (Harold Pinter, Herman Melville, Edgar Allan Poe), Los héroes al principio (adaptación de la novela La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa). Originales: El fin de las vacaciones, Los imbéciles están de testigo, La piel del otro héroe, Las curiosas conciencias, Recibiendo al nuevo alumno. 

Poemitas (según su propia denominación)

Diarios y reflexiones personales (algunos han sido publicados en los libros El cuento de mi vida, El libro negro de Andrés Caicedo y Mi cuerpo es una celda)

Correspondencia.”

La obra de Andrés Caicedo ha sido un continuo trasegar y una permanente cadena de frustraciones, como se puede leer en las cartas, hasta ahora, vetadas: la gran mayoría de estas misivas son propuestas a editores (en México, en Argentina, en Venezuela, en Uruguay) que, a pesar de pagarle, nunca lo publicaron. Aún después del suicidio de Caicedo, las peleas con los editores fueron constantes, pues desconfiaron por años sobre la “eficacia comercial de sus libros”. Es decir que los obstáculos editoriales no son nuevos: se han ido consolidando con los años. A pesar del éxito permanente y del entusiasmo contínuo de sus lectores.

Pilar dice: “en los años siguientes [a su suicidio] se publicó la novela [QVLM] en distintas editoriales”. No sobra recordar que QVLM la publicó Colcultura en 1977 y luego la familia entregó los derechos a perpetuidad a la Editorial Plaza & Janés. Durante años le insistimos a Carlos Alberto que debería liberar esos derechos, ante las descuidadas ediciones que siguieron una detrás de otra (ocho en total). Finalmente, en 1999, se logró negociar con Editorial Norma y salió la primera edición corregida, donde Sandro Romero trabajó en sus ajustes, sin ningún tipo de contraprestación, salvo el crédito en la presentación de la contratapa.

Pilar dice: “Cuando ya habíamos llegado al que consideramos puerto seguro – la Editorial Norma – surgió la idea de publicar más cosas.  Luis Ospina y Sandro Romero se acercaron a mi padre y fueron elegidos y contratados por la familia como editores para esta labor”. Lo sentimos, Pilar, pero con esta frase estás afirmando lo que cuestionas líneas más arriba: “nos llama la atención ver la forma como se nos califica como personas ignorantes y ajenas a la obra de Andrés”. Nos permitimos informarte que nuestro trabajo (sin cobrar un peso) como organizador del archivo de Andrés Caicedo comenzó en 1983. Sandro Romero viajó casi a diario a Ciudad Jardín, a la casa de la calle de La Escopeta. Tanto Nellie como Carlos Alberto le abrieron las puertas y le dejaron trabajar en la habitación del difunto, hasta tener catalogado, un año después, el tesoro al que nos referimos. Nunca, ni hoy ni en los años 80, “fuimos contratados” por la familia Caicedo. El trabajo de compilación se hizo en el apartamento de Luis Ospina en el Barrio Centenario y el primer libro compilatorio salió, con la Editorial “Oveja Negra”, en 1984, bajo el título Destinitos fatales en su Colección de Literatura Colombiana. La Editorial Norma apareció en la historia de nuestro autor cuando el milenio terminaba. Ese libro, con los años, la Editorial Norma lo partió en tres y lo convirtió en Calicalabozo, Angelitos empantanados y Noche sin fortuna. Desde esa época, ya teníamos listo el libro Ojo al cine, una inmensa compilación dividida en varias secciones donde estaba, entre otras, la “Correspondencia” y los “Guiones” originales de AC. Estas dos últimas partes decidimos retirarlas, por razones de extensión.

Tanto Luis, como Andrés, como Carlos Mayolo, fueron más que amigos, desde los tiempos en que se fundó el Cineclub de Cali y luego la revista “Ojo al cine”. A esa relación corresponde el libro de Sandro Romero Rey titulado Memorias de una cinefilia, donde se cuenta toda la saga del llamado “Grupo de Cali". Pero parece que la historia o no se recuerda o no se lee, o no se ve. Así que nos permitimos recordarla. Con el tiempo, conformamos un férreo grupo de amigos que nos hemos querido, protegido y respetado, por encima de cualquier escollo. Han pasado 40 años, desde la muerte de Andrés, 10 desde la muerte de Carlos, Nosotros, Luis y Sandro, seguimos muy unidos, cuidándonos las espaldas y rindiendo homenajes, desde la amistad, a nuestros pocos buenos amigos, tal como está manifiesto en películas ya clásicas como Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (1986: ojo a la fecha, querida Pilar) o Todo comenzó por el fin (2015). Está claro que no somos los “dueños” de Caicedo, ni más faltaba, pero sí hemos sido, a no dudarlo, los encargados de sacarlo del baúl. Y lo hemos hecho, sin retribución alguna, desde múltiples ángulos. O si no, pregúntenle a Frank Wynne, traductor de QVLM al inglés o a Bernard Cohen, traductor al francés, ¿quiénes estuvieron en estrecha relación con ellos para explicar, frase por frase, los misterios de la obra del hermano maestro? Todo, valga decirlo, mientras seguíamos con nuestra actividad profesional que no ha dependido, ni mucho menos, “de vivir del muerto”, como algunos desinformados insultan, sino en la mitad de nuestra vida académica y creativa.

Pilar dice: “Durante 30 años leímos y releímos todo lo que nuestro hermano dejó”. Para luego “donar el Archivo de Andrés a la Biblioteca Luis Ángel Arango”. Nos perdonarán, pero lo que hay en la BLAA no es lo que conocimos, leímos y catalogamos a comienzos de los 80. Todo ha sido partido, seleccionado o, simplemente, desaparecido. Durante años nos pasamos recogiendo piezas aquí y allá con Luis para armar los libros y de las 198 cartas que recogimos no creemos que esté ni el 30 % en la Biblioteca. Así que no es cierto decir “la mayor parte de las cartas que nosotras supuestamente estamos censurando están allí disponibles”.  Aclaremos: La mayoría de las cartas a personas que no son de la familia, existen porque desde 1971 tanto Andrés Caicedo como Luis Ospina, hacían copia carbón de todo lo relacionado con el Cine Club de Cali y la revista “Ojo al cine”, archivo que siempre estuvo en poder de Luis Ospina. Me pregunto si Pilar y María Victoria habrán leído con atención en qué consiste “el archivo Andrés Caicedo” en su totalidad. Así como Luis Ospina salvó la única entrevista filmada para la televisión del amigo suicida (sus realizadores, del programa “Páginas de Colcultura”, lo botaron), así mismo a él se debe que se haya salvado buena parte de su correspondencia. Nos encantaría retarlas, como en un western, a ver qué saben ellas de lo que allí hay. Nosotros sí lo conocemos y lo podríamos citar de memoria. Pero no estamos para duelos y el amor por las películas del oeste dejémoslo que lo siga manifestando el genio de Caicedo en sus textos irrepetibles. Por lo demás, y que se sepa de una vez por todas, las 198 cartas de Andrés son piezas maestras de la literatura, “donde se encontrará, después de mi muerte, algo de lo mejor que he escrito”, tal como se lo dijo Caicedo a Miguel Marías en una de las misivas. No son cartas de revancha, como temen sus hermanas sino tesoros de la poesía y, a no dudarlo, uno de los mejores epistolarios de la literatura y del cine latinoamericano. 

Así que vetar la publicación de las cartas de Caicedo es minimizar su propio genio como artista. Es decir, simplemente: “de Joyce, Pizarnik, Cortázar o Flaubert, sí. Pero de Caicedo, no”. Las cartas de Caicedo son el equivalente colombiano de la correspondencia de H. P. Lovecraft, monumentos de la literatura, del cine, de la poesía. Negarle la posibilidad al lector de que las conozca en su totalidad, es negar de un brochazo que, 40 años después, Andrés Caicedo ya es un clásico de la literatura latinoamericana.

Aunque Pilar dice que con el Fondo de Cultura Económica se comenzó a hablar del libro Correspondencia (es decir, desde el 2016), le recordamos que ese libro está diseñado desde 1984. Se publicaron adelantos en la Revista “El Malpensante”, en los Cuadernos de Cine Colombiano de la Cinemateca Distrital “Cartas de un cinéfilo, 1971-1973, 1974 – 1976”, en el libro Mi cuerpo es una celda (editado por Alberto Fuguet), o El cuento de mi vida entre otros. En total, hay casi 60 cartas ya publicadas. Pilar se justifica en el editor, Mario Jursich, por no haber entregado “el contenido propuesto”. ¿Para qué? ¿Para decir cuáles cartas sí y cuáles no? ¿No decía, un párrafo atrás que “leímos y releímos todo lo que nuestro hermano dejó”? Si ya lo conocía, ¿para qué querían conocer “el contenido propuesto”?

Pilar dice: “Al revisar el índice, vimos que se incluían varias cartas que, a nuestro criterio, no aportan a la obra literaria de Andrés, ya que son cartas de la esfera privada”. Aquí está el meollo del asunto. Y aquí sí, nos atrevemos a decirlo, Pilar está prejuzgando. Si ella y María Victoria no conocían el material, ¿de dónde sacaron que eran cartas “de la esfera privada”? Podemos asegurar, sin temor a equivocarnos, que las cartas más delicadas del conjunto son las que ELLAS MISMAS publicaron en el libro El cuento de mi vida. Tanto, que una de las destinatarias las demandó. Me gustaría saber entonces qué es lo que entienden por “esfera privada”. Las cartas a sus padres son hermosas, duras y concretas, como puede ser la mirada de un joven genio de 19 años que necesita marcar los límites para que los adultos no se metan en su vida. Parece que el eterno adolescente que es Caicedo, 40 años después, no ha conseguido su cometido. Pero las tensiones en la vida de Caicedo YA SON PARTE DE SU OBRA. La vida y la muerte de Andrés Caicedo, hoy por hoy, son un solo asunto. Su suicidio no hay que esconderlo: forma parte de sí y él mismo lo pidió a gritos en su correspondencia. No publicarlo es seguir vetándolo, es seguir callando a una de las figuras más desgarradas y hermosas de la contracultura latinoamericana.

Pilar dice: “Aquí no ha habido ninguna censura, lo que hubo fue una selección del material del autor”. Si Pilar y María Victoria ofician ahora como las “expertas” en la obra de Caicedo, ¿por qué confiaron en “los oportunistas” de Sandro Romero Rey y Luis Ospina? ¿Para qué nos necesitaban? ¿Estaban esperando que nosotros hiciéramos todo el trabajo “por contrato” (¡qué bueno sería saber cuánto nos iban a pagar!) para luego oficiar como “gerentes” de la memoria de su genial hermano?

En la carta de respuesta de Pilar, no sólo se debería hablar de censura hacia la obra de Andrés. Se debería hablar de censura hacia la figura de Rosario Caicedo, protagonista en la sombra de esta batalla, defensora a ultranza del legado de su hermano y verdadera adalid del amor y respeto integral por su memoria. La borraron de la carta a Arcadia, como Stalin borró a Trotski de las imágenes de la Revolución de Octubre. Así como “desaparecieron” la dedicatoria a Guillermo Lemos en las primeras ediciones de Norma de El atravesado, u omitieron las referencias afectivas al mismo Guillermo en la carta de despedida de Andrés a sus padres. Nos atrevemos a decir que toda esta batalla de hibris se debe a la necesidad empresarial de demostrarle a la hermana menor quiénes son las que deciden sobre la obra del más frágil. Y, 40 años después, Pilar y María Victoria destapan sus cartas: ellas son las que imponen la forma de mantener la memoria de su hermano: con concursos de cuento financiados por el Alcalde de Cali, fundando un “Cineforo” y convirtiendo a Andrés Caicedo en “una figura respetable”. Todo lo contrario de lo que escribió su autor, a través de la pluma de la protagonista de ¡Que viva la música! A propósito, ¿recordarán las hermanas Caicedo cuántos “Concursos Literarios Andrés Caicedo” ha creado la Alcaldía de Cali? Recordamos tres. Hasta Sandro Romero Rey se ganó uno… ¡en 1989! Y ahora, para conmemorar los 40 años de su muerte, ¿se inventan un concurso de cuento juvenil? ¡Con todo lo que había por hacer en 2017!

Creemos, finalmente, que aquí hay un gran malentendido: nunca se le ha debido pedir permiso para publicar las cartas de Caicedo a las hermanas mayores, porque las cartas no les pertenecen a ellas. Las cartas son de Rosario Caicedo, Luis Ospina, Jaime Manrique Ardila, Isaac León Frías, Miguel Marías, Patricia Restrepo, Luis Britto García, Juan Gustavo Cobo Borda y demás destinatarios. Quizás allí haya unos celos dignos de las hijas del Rey Lear de Shakespeare o de Las 3 hermanas de Chejov: mientras que a Rosario Andrés le escribió cerca de 15 inmensas cartas (cada una de más de cinco páginas) o a Luis Ospina otro tanto, a Pilar sólo le escribió una en su vida y a Vickie otra. En ánimo del respeto “a la esfera privada”, las cartas de las hermanas mayores pueden permanecer en el silencio (una lástima: allí estaría explicado parte del secreto). Pero las otras, no. No quisimos publicarlas sin la autorización de Caitela SAS, por un mínimo de respeto hacia sus herederos. Pero ahora, el asunto es muy distinto.

Anuncia Pilar: “vamos a publicar un libro de Correspondencia pero no en las condiciones y con el contenido que nos enviaron del FCE”. Con ello, lo único que están confirmando es que sí, que ellas declaran ser las patronas de la memoria de Luis Andrés Caicedo Estela y que ellas se encargarán de moldear su figura de acuerdo a sus patrones morales. Vamos a ver si consiguen los derechos de los destinatarios. Creo que sólo podrán publicar las cartas dirigidas a ellas mismas.

Qué triste desenlace el de este destinito fatal. Pero la memoria de un artista, tarde o temprano, con sus fortunas y sus desgracias, su genio y sus penurias, su familia y sus amores, sus defensores y censores, finalmente, será la historia la que la ponga a la luz. No hay que olvidarse, como dicen los abogados, que Andrés Caicedo ya es un hombre público y su esfera de intimidad es más reducida que la de un hombre ordinario. Su vida tiene interés social e histórico, ya forma parte de la cultura de un país e incluso su intimidad es necesaria para la comprensión de una época y de una sociedad. Por lo demás, el hecho de que parte de la correspondencia esté bajo custodia de una entidad pública y de acceso público, Pilar y María Victoria no están protegiendo la intimidad de su hermano escritor, sino que, al revés, la están exponiendo a toda la ciudadanía, todos los días. La historia de la publicación de la obra póstuma de Andrés Caicedo, por desgracia, no ha terminado aún. Se va a conocer, por fortuna, tarde o temprano. A pesar de la arrogancia, de la mojigatería, o del pánico al caracol de siete príapos.

*Sandro Romero Rey (Cali, 1959). Doctor de la Universidad de Barcelona. Máster de la Universidad de París VIII. Licenciado en Arte Dramático del Instituto Departamental de Bellas Artes de Cali. Autor de más de 10 libros entre los que se destaca Memorias de una cinefilia (Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, Luis Ospina). Actual Coordinador del Programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes-ASAB de la Universidad Distrital de Bogotá.

**Luis Ospina (Cali, 1949). Realizador audiovisual. Entre sus películas más importantes se destacan Agarrando pueblo (1978, con Carlos Mayolo), Pura sangre (1983) o Soplo de vida (1999). Sus documentales La desazón suprema: retrato incesante de Fernando Vallejo (2003) o Un tigre de papel (2007) han tenido amplios reconocimientos internacionales. Fundador del Cineclub de Cali y de la Revista “Ojo al cine” con Andrés Caicedo. Ha realizado los largometrajes Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (1986) y Todo comenzó por el fin (2015) donde reflexiona sobre la obra del autor de ¡Que viva la música! Junto a Sandro Romero Rey, organizó la compilación y edición de la obra inédita de Caicedo.